Temarios de la Acción Católica General de Madrid
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SE NOS HA DADO LA ESPERANZA - Curso 2014/2015

MOTIVACIONES

La antigua imagen del ancla representando a Jesucristo, nos sugiere la roca firme que sostiene la barca de la Iglesia en medio de las tempestades. ¿Qué esperamos? La pregunta que guía a Benedicto XVI en la elaboración de la encíclica Spe salvi nos lleva a mirar cuál es el ancla de nuestra vida, en qué se sostienen nuestros afanes cotidianos. Un día, cruzando el lago de Galilea, (cf. Mt 8,23-27) los discípulos fueron sorprendidos por una terrible tormenta. Se llenaron de miedo y se acerca- ron a Jesús que dormía plácidamente en medio de la barca: “¡Señor, sálvanos, que perecemos!” La respues- ta de Jesús se dirige directamente a nosotros: “¿Por qué tenéis miedo?” Vemos cada día cómo nuestra fe se ve tambaleada porque distintos males amenazan continuamente la débil barca de la Iglesia. La tormenta de la enfermedad y del cansancio, de la incomprensión y de la división, del fracaso del amor propio y muchas otras, parecen golpear nuestra barca queriendo hundirla. Podemos preguntarnos, ¿de dónde viene esta tormenta? De fuera y de dentro de nosotros mismos. Vivir en el mundo significa aceptar que nuestra vida se desarrolla en una creación que, habiendo sido hecha buena por Dios, está tocada por el misterio de la iniquidad que ha sido sembrado en el corazón de los hombres. Ese misterio, que golpea la barca y amenaza con hundirla, no es capaz, sin embargo, de perturbar el sueño de Jesús, que estaba dormido. También nosotros pensamos muchas veces, en medio de la tormenta, que Él duerme, olvidándose de nosotros y le dirigimos la misma invocación que los discípulos: ¡Señor, sálvanos que perecemos! La respuesta a esta invocación nos viene hoy, con palabras de S. Pablo, del sucesor de S. Motivaciones 6 Pedro, que habiendo experimentado la magna tormen- ta de la Cruz ha sido a puesto al frente de la Iglesia: “En esperanza fuimos salvados”. La salvación ya se nos ha dado. El hombre ha sido creado para la Vida Eterna y ésta no la podemos alcanzar nosotros solos. Es Aquel que ya nos dio un día la vida quien quiere conducirnos hasta Él, pues vivir con Él es la Vida Eterna. La travesía en medio del océano de la vida, aunque muchas veces fatigosa, puede ser vivida con fortaleza y alegría porque nos ha sido dada una esperanza cierta. Aquel a quien esperamos, Jesucristo, ya está en medio de nosotros, aunque muchas veces parezca dormido; aquello que esperamos, la Vida Eterna, ya nos ha sido dada en esperanza y la vivimos en la fe. Hemos sido rescatados del mar de nuestro pecado por la mano fuerte de Jesucristo. Él nos ha subido a la frágil barca de la Iglesia, donde encontramos el resguardo de la fe y el alimento del amor. Esperamos que trabajando con el temario que te presentamos, puedas escuchar las palabras del Señor: “No tengáis miedo, pequeño rebaño. En esperanza habéis sido salvados. Id y anunciadlo a mis hermanos”.

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Ver los Temas:

EL PRIMER ENCUENTRO

“Mis ojos han visto a tu Salvador” (Lc 2,30)
OBJETIVO

Caer en la cuenta del asombro que produce el mensaje de Cristo en alguien que lo escucha por primera vez y renovar esa experiencia en mi persona a día de hoy.

INTRODUCCIÓN

La liturgia de la misa de medianoche, en la noche de Nochebuena, probablemente sea la más entrañable de todo el año litúrgico. Toda la celebración se desarro-lla a partir de un anuncio: hoy ha nacido el Salvador. Este anuncio se proclama en las llamadas “Calendas de Navidad”, que son un pregón en el que se recorre la Historia de la Salvación hasta que por fin se llega al momento, en el que, “cuando en el mundo entero reinaba una paz universal (…) nació Jesús, Dios eterno, Hijo del eterno Padre y hombre verdadero” (calendas de Navidad). El cántico empieza con las mismas palabras que dirigió el Ángel a los pastores de Belén: “Hermanos, os anunciamos una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo”, y añade, “escuchad-la con corazón gozoso” (ibid.).

Nosotros hemos oído muchas veces estas palabras porque vivimos en una sociedad de profundas raíces cristianas y, en la mayoría de los casos, hemos recibido una educación religiosa. Quizá por eso no producen en nosotros el efecto que provocaron en aquellos pastores que sin dudarlo, en mitad de la noche “fueron a toda prisa y encontraron a María, a José y al Niño” (Lc 2,16). Hemos perdido la impresión y el asombro que produce el primer encuentro con Dios. Ese primer encuentro con el Dios encarnado, que hace que los Magos que vienen de lejos, los gentiles, se postren ante un Niño y vuelvan a su casa por otro camino.

Tras el primer encuentro ya nada es igual. De tan oído como tenemos este anuncio, se nos vacía de significado, y algo tan grande como que Dios se encarne, se hace costumbre y lo celebramos, sí, pero a lo mejor de una manera un tanto superficial. La situación de los contemporáneos de Jesús no era ésta, como explica muy bien el papa Benedicto XVI en su encíclica Spe salvi. El mensaje de Cristo caló profundamente en las clases más humildes, compuestas en su mayor parte por personas que sufrían cotidianamente por el maltrato y la esclavitud. Recibieron un mensaje que no era de violencia o rebelión contra quienes los esclavizaban, sino un mensaje de esperan-za, de salvación.

Pero también hizo mella en las clases superiores porque la religión, sin contenido ya, se había visto reducida a ritos formales y el hombre se encontra-ba solo ante su desesperanza, por muy alta que fuera su condición social y sin “un Dios al que se pudiera rezar” (SpS 5). Se encontraron así con la cercanía de una Persona, una Persona que es amor. Realmente, no podemos prescindir de nuestra historia y nuestras circunstancias. Nuestra realidad dista mucho de ser la del siglo I. Aunque debemos darnos cuenta de que si Cristo no hubiera nacido, si no hubiera resucitado hace dos mil años estaríamos en una situación bien diferente: sin esperanza porque nadie habría venido a decirnos que Dios es amor; en tinieblas porque no habría venido la Luz al mundo; sin norte porque el que es el Camino no se habría encarnado; y muertos por el pecado porque la Vida, que es Cristo, no habría vencido en la Resurrección.

Debemos luchar sin descanso contra la rutina y vivir la celebración de los acontecimientos de la vida de Cristo como memorial, es decir, no como un simple recuerdo, igual que hacemos con los cumpleaños, en los que nada de lo acontecido se renueva; por el contrario, los misterios de la Salvación se hacen presentes cada vez que los celebramos, cada vez que celebramos la Eucaristía: “Cuantas veces se renueva en el altar el sacrificio de la cruz, en el que Cristo, nuestra Pascua fue inmolado, se realiza la obra de nuestra redención” (LG 3).

Hagámonos conscientes del gran regalo de Dios, que en su grandeza y poderío, sin necesitar nada, tiene un amor tan grande por cada persona, que le lleva a la locura de hacerse hombre. Un Dios que se encarna y pasa por las penalidades, la limitación y el sufrimiento propios del ser humano es un Dios que ama a sus criaturas, a mí, a ti, con toda la fuerza de su amor infinito. Y todo lo ha hecho para devolvernos la dignidad de hijos de Dios y darnos una esperanza firme que cambia la vida y hace capaz de luchar contra el pecado. Dejémonos invadir por el asombro que provoca esta situación inaudita, este insólito intercam-bio de papeles: “¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros! ¡Qué incomparable ternura y caridad!

¡Para rescatar al esclavo entregaste el Hijo!” (Pregón Pascual). El asombro revela la apertura a una esperan-za nueva que se ha instalado entre nosotros y aunque, desde luego, no nos evite conflictos, preocupaciones o tristezas, sí nos capacita para vivirlos de forma diferen-te, porque “Él mismo ha recorrido este camino, ha bajado al reino de la muerte, la ha vencido y ha vuelto para acompañarnos ahora y darnos la certeza de que, con Él, se encuentra siempre un paso abierto” (SpS 6).

 

VER. Partiendo de la vida

1. Seguro que la celebración de la Navidad es una fuente de hechos de vida sobre este tema. Puedo contar aquella vez en que sucumbí a esa corriente de opinión a la que no le gusta la Navidad porque les entristece o porque es una ocasión de conflictos y enfrentamientos familiares. Por el contrario, puedo compartir con el grupo esa otra ocasión en la que conseguí aislarme de tantas opiniones superficiales, centrarme en el misterio de la Encarnación y llenarme de alegría celebrando esta fiesta tan especial.

2. Hechos de vida que muestren cómo vivo los misterios de la salvación durante el año litúrgico: si lo hago de manera rutinaria como el simple pasar de los años, o si, por el contrario, los vivo con profundidad, como memorial, sabiendo que los acontecimientos que celebramos se hacen presentes y permanecen siempre actuales.

3. El nacimiento de Cristo es la culminación de la espera de un Salvador por parte del pueblo judío. Mostrar con hechos de vida cuál es mi actitud en Adviento: si es de anhelo auténtico de que nazca el Mesías o si doy por hecho que la fecha va a llegar, que Jesús ya nació y no me preparo para su venida ni valoro el hecho de que se haya encarnado.

4. Contar aquella vez en que me dejé invadir por la novedad del Evangelio y me sentí realmente redimido en presente y sintiendo que Cristo se ofrecía en ese momento por mí.

 

JUZGAR. Iluminación desde la fe

A) Sagrada Escritura

• Ya en el Antiguo Testamento podemos encontrar referencias al juicio final, donde se nos dice que Dios vendrá a hacer un juicio al final de los tiempos y Él será el vencedor (Dan 7,9-28).

• Desde la libertad y la “dureza de corazón” el hombre puede no aceptar a Dios, de lo cual responderá en el Juicio (Lc 16,22ss).

• La verdadera recompensa y riqueza nos espera tras el Juicio (Mt 16,26). Jn 3,17-21 es un canto a la esperanza del que obra según Dios. En Lc 23,43 (el buen ladrón) tenemos la promesa del Paraíso, por parte de Jesús, a una persona que implora el perdón a través de la fe.

• El contenido del Juicio será la caridad (Mt 25,31-46); el Señor anuncia la recompensa a cada uno según sus acciones (Ap 22,12-15). El apóstol Santiago nos recuerda que seremos juzgados en la misericordia (Sant 2,12-13).

• Pedro, ante el inminente fin de todas las cosas nos llama a la caridad entre la multitud de pecados (1Pe 4,7-8).

B) Magisterio de la Iglesia

• Podríamos decir que dos son los pilares del magisterio para este tema. Por un lado los números 668 al 679 del CEC, cuando se nos explica la parte del Credo que habla del Juicio. Sobre el juicio particular (CEC 1021-1022). Y por otra parte, los números 41 al 48 de la encíclica Spe Salvi que nos habla del Juicio como lugar de aprendizaje y ejercicio de la esperanza. Sobre la verdadera justicia (RMi 12).

• En la exhortación Reconciliatio et Paenitentia, se nos recuerda que el confesor es juez y médico, imagen de Dios y que en el sacramento el penitente entra en contacto con la misericordia de Dios (RP 31).

• Es necesario comparecer ante el tribunal de Cristo antes de reinar con Él (LG 48). El hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente (GS 16); El que cumpla la voluntad del Padre, que es que amemos a Cristo en todos los hombres, entrará en el Reino de los Cielos (GS 93).

• En relación al llamamiento a la caridad que nos hacía S. Pedro en su primera carta, Benedicto XVI nos explica que el compromiso misionero nace de la caridad de Cristo (PF 7); y nos invita a intensificar la unidad “fe y caridad” para subsistir (PF 14).

• El papa Francisco, en su encíclica Lumen Fidei habla de la fe como principio de salvación porque nos refiere a Dios (LF 19); así, el creyente es transformado por el amor para que viva Cristo en nosotros (LF 21).

ACTUAR. Compromiso apostólico

En el compromiso de este tema debemos buscar el ir tomado conciencia de que nuestra forma de vivir será revisada ante Dios. Así pues debemos ponernos a trabajar sin más dilación en asemejarnos cada vez más a Nuestro Señor. No en vano, en el atardecer de la vida se nos examinará en el amor (S. Juan de la Cruz).

Nos puede ayudar el examen de conciencia diario, que la Iglesia recomienda antes del rezo de Completas. Podemos revisar nuestra actitud ante el sacramento de la reconciliación. Si no lo hemos hecho ya, podemos fijarnos una periodicidad en la confesión. Si ya nos confesamos asiduamente, tal vez haya llegado el momento de plantearnos un paso adelante y pensar en la dirección espiritual.

También podemos plantearnos un compromiso que nos lleve a preocuparnos de manera concreta por la salvación de nuestros hermanos. Para no “perdernos” podemos pensar en alguien en concreto y proponernos hablarle, acompañarle, aconsejarle o aquello que creamos más oportuno para despertar en él la conciencia de su salvación. Como compromiso de grupo podemos proponer a nuestro párroco el organizar desde nuestros grupos una celebración comunitaria de la reconciliación, y ayudar a dar la propaganda, seleccionar los textos, acondicionar el templo, etc.

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LA FALSA ESPERANZA

“Nosotros esperábamos…” (Lc 24,21)
OBJETIVO

Descubrir hasta qué punto está arraigada en nosotros la falsa esperanza de un reino de Dios que se realiza en el mundo sin la presencia de Dios y ver cómo es este el origen de nuestras desesperanzas.

INTRODUCCIÓN

Como decíamos en el tema anterior, la situación actual es distinta de la del siglo I, pero no faltan en ella las sombras de la desesperanza. Ya observaba Juan Pablo II al contemplar la situación actual de Europa en la exhortación apostólica Ecclesia in Europa 7, que un rasgo de nuestra sociedad es el oscurecimiento de la esperanza. Tras el derrumbe de las utopías de los siglos XIX y XX, muchas personas viven no esperando nada, encerradas en el pragmatismo del «ir tirando».

Nos podemos encontrar a nuestro lado con muchas personas que “parecen desorientadas, inseguras, sin esperanza”. Y este estado de ánimo no toca sólo a aquellos que viven alejados de Dios, sino que vemos cómo muchos cristianos (quizá nosotros mismos) viven mirando al futuro sin saber bien qué esperar, o no esperando ya nada.

Para entender adecuadamente la situación actual es necesario que afrontemos la pregunta que plantea Benedicto XVI en el número 24 de la Spe Salvi: “¿Qué no podemos esperar?” Esta pregunta es necesaria, porque en la raíz de todo hombre está la necesidad de esperar. Si muchas veces la esperanza se oscurece y debilita, ¿no será porque hemos esperado lo que no podíamos esperar? Todo hombre espera una vida mejor que la que tiene.

Tocados a través de diversas causas por el mal y por el sufrimiento, todos esperamos vivir en un mundo mejor del que vivimos. Durante los siglos XIX y XX esta esperanza se ha ido sosteniendo sobre un cimiento distinto al de aquella luz que brilló hace dos mil años; al de la redención que recibimos de Jesucristo, que viene a anunciar y a traer el Reino de Dios, que es la vida en su sentido más pleno. Esos falsos cimientos han sido la ciencia y la técnica por un lado, y la política y las ideologías por otro. La ciencia nos ha permitido acumular un conocimiento cada vez mayor del mundo que nos rodea y del mismo hombre.

Además, la aplicación de la ciencia en avances técnicos nos ha llevado a multiplicar nuestra capacidad de transformar la creación. Realmente los progresos técnicos y científicos han llevado a eliminar muchas enfermedades y a limitar muchas causas de sufrimiento. Sin embargo, es constatable por todos que el conocimiento científico y técnico en sí mismo, sin una referencia moral superior, no es capaz de eliminar el dolor de este mundo, sino que, de hecho, igual que puede multiplicar los beneficios, puede también multiplicar los males. El progreso científico y técnico no es en sí mismo capaz de darnos una verdadera esperanza acerca de un mundo mejor. Por otro lado, debido a la confianza ilimitada en la capacidad de la razón y a los avances en el conocimiento de la sociedad, se pensó también que una estructura social determinada bastaba para eliminar los males de este mundo. Pero la sociedad no es anterior al hombre, sino al revés. Es el hombre el que forma las estructuras sociales, de modo que ninguna estructura de organización humana es capaz, por sí misma de redimir al hombre y eliminar el mal.

No podemos construir un mundo mejor simplemente creando estructuras más justas, aunque sí es cierto que hay estructuras sociales que favorecen mejor la búsqueda del bien común. Esperar de una estructura social lograda a través de la acción política, la construcción de un mundo mejor, es también una falsa esperanza. La constatación de la falsedad de estas esperanzas tiene hoy principalmente dos efectos. Por un lado, nos ha conducido al relativismo. Cuando no encontramos esperanzas ciertas en la razón, la única esperanza es sentirse un poco mejor. Por eso todo será relativo a lo que me produce ahora un mayor bienestar.

Pero el relativismo se convierte definitivamente en un nihilismo y acabamos por no esperar nada. Por otro lado, estas esperanzas que no lo son, han podido, en ocasiones, llevar a los cristianos a una búsqueda individualista de la salvación. Es necesaria una autocrítica que nos permita descubrir cómo la fe ha de ser la raíz de un verdadero progreso científico, de un conocimiento de la creación conforme a los designios del Creador.

El encuentro con Cristo es también la fuente de donde brota el agua capaz de transformar unas relaciones sociales y unas estructuras que puedan favorecer la búsqueda de una vida verdaderamente plena y bienaventurada. El amor de Jesús nos revela el verdadero amor humano que es la base de las estructuras realmente liberadoras. Es cada hombre quien, siempre de nuevo, en cada generación, debe optar por acoger este amor de Jesucristo que se le ofrece y crear o purificar las estructuras sociales, culturales, económicas, para que estén fundamentadas en la verdadera esperanza.

VER. Partiendo de la vida

1. Hoy la ciencia es capaz de dar soluciones que hace tiempo eran impensables, aunque estas soluciones no siempre respondan a requerimientos morales. Buscar hechos de vida que muestren mi actitud ante estos avances científicos: si me planteo y sopeso las repercusiones morales de un descubrimiento técnico o científico antes de formar mi opinión sobre el tema; o si, por el contrario, me dejo deslumbrar por el hallazgo en sí, sin hacerme más planteamientos, depositando así mi esperanza en la ciencia completamente desligada de Dios.

2. Puedo revisar también mi actitud ante la política: ¿cifro mi esperanza en la consecución de determinado orden social que a mí me parece el idóneo, dejando a Dios a un lado? ¿Contribuyo en la medida de mis posibilidades a lograr una estructura política adecuada pero teniendo claro que Dios es Señor de la historia y que, pase lo que pase, Él siempre estará respaldándome?

3. Son muchas las falsas esperanzas que pueden estar sustentando mi actuar. Puedo contar hechos de vida que dejen ver cuáles de estas falsas esperanzas me tientan con más frecuencia: el éxito en mi trabajo, la valoración que hacen de mí los que me rodean, la opinión de la mayoría aunque sea errónea, etc.

4. La falsa esperanza nos puede llevar fácilmente al relativismo moral: todo vale dependiendo del momento, la persona, las circunstancias particulares. Analizar por medio de hechos de vida hasta qué punto me contamina el relativismo determinando mis actitudes y mis acciones. 5. El papa Benedicto XVI nos indica que las pequeñas esperanzas son necesarias en el día a día, pero ellas solas no bastan para dar sentido a nuestra vida. Expón alguna ocasión en la que hayas experimentado esta realidad en tu propia vida.

JUZGAR. Iluminación desde la fe

A) Sagrada Escritura

• Acerca de la verdadera relación entre la razón y la fe, podemos ver Sab 13,1-9. Especialmente interesantes son los vv. 5 y 9, que nos hablan de la capacidad de la razón de alcanzar el conocimiento de Dios; la sabiduría como cualidad para los gobernantes (Sab 6,1-21).

• Consecuencias de una ciencia separada de la ética (Rom 1,18-32). En 1 Cor 1,17-25, S. Pablo compara dos modos de usar la razón: sabiduría del mundo y sabiduría cristiana.

• Un ejemplo bíblico de cómo las estructuras de gobierno están al servicio del pueblo según Dios, lo podemos ver en la vida de Salomón (2 Crón 1,7-12).

• Los discípulos de Emaús caminaban tristes porque se habían frustrado sus esperanzas y Jesús les muestra dónde deben apoyar su fe (Lc 24,13-25).

B) Magisterio de la Iglesia

• En SpS 16-23, podemos ver cómo se ha desarrollado históricamente la falsa esperanza y en los nn 24-26 encontraremos la respuesta a la pregunta acerca de qué no podemos esperar. Necesitamos tener esperanzas que nos mantengan en el camino (SpS 31). Sobre falsas esperanzas y verdadera esperanza: Card. Rouco Varela, carta pastoral La esperanza y sus exigencias.

• Para entender el modo adecuado de hacer ciencia es imprescindible conocer GS 36, acerca de la justa autonomía de las cosas creadas. El rostro ambiguo de la técnica (CV 69-70); la absolutización de la economía, la política o la ciencia provoca malestar e injusticia (CV 72-73). Sobre relación entre razón y fe (LF 32-34).

• En FR 21-23, encontramos un comentario precioso de los textos de Sabiduría y de la carta a los Romanos y a los Corintios señaladas arriba. • Acerca de la raíz atea de la esperanza en la sola transformación de las estructuras para crear un mundo mejor (CA 13). Esta raíz no está sólo presente en el socialismo, sino también en cierto liberalismo (CA 42).

• La compañía de Dios como fuente de auténtica esperanza, ídolos que dan falsas esperanzas y cristianos como luz de esperanza (Homilía en Ntra. Sra. de Aparecida, JMJ Río 2013). La esperanza cristiana frente a los ídolos del mundo (LF 57).

• Para vencer la tentación de una esperanza individualista es importante recordar la vocación de los fieles laicos (AA 7; GS 43). Apoyado en sí mismo, el hombre fracasa (LF 19). • En EG 78 se nos advierte de una acentuación del individualismo en los agentes pastorales. El papa Francisco nos habla de la falsa esperanza en las tareas pastorales de la Iglesia (EG 82 y EG 96).

ACTUAR. Compromiso apostólico

Como compromiso personal proponemos dedicar un tiempo de reflexión a ver con claridad dónde tenemos puestas nuestras esperanzas y cómo está organizada nuestra escala de valores. Si el trabajo está por encima de la familia, podría ser beneficioso reservar algún periodo de tiempo a lo largo de la semana para dedicarlo exclusivamente a los míos, sin pensar en la oficina y con el móvil apagado.

Si lo que realmente me preocupa es seguir la opinión mayoritaria, podría ser conveniente comprometerme a hacer un ejercicio de afirmación de personalidad y defender mi opinión de cristiano en la próxima ocasión que se me presente. Desprendernos de alguna cosa en la que tengamos puesta una vana esperanza también puede ayudarnos. Si nuestra vida laboral o de estudio está relacionada con el mundo de la técnica, la ciencia o la política, podemos buscar algún compromiso que nos ayude a ver la verdadera esperanza en dicho mundo.

De nuevo, alguna lectura específica sobre la adecuada relación entre la fe y la razón o sobre la relación del pensamiento cristiano y el objeto de nuestro campo de trabajo o estudio, puede ayudarnos. Por ejemplo, las encíclicas Laborem exercens y Fides et Ratio, o el libro del Card. Martini y Umberto Ecco, ¿En qué creen los que no creen? Un posible compromiso de grupo puede ser participar u organizar alguna mesa redonda o conferencia sobre la relación entre la fe y las realidades terrenas, o ver alguna película que hable de la relación entre política o ciencia y moral y hacer un comentario, por ejemplo: El gran dictador, Gattaca… o alguna otra de estilo semejante.

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VIDA ETERNA, VERDADERA ESPERANZA

“Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti, único Dios verdadero” (Jn 17,3)
OBJETIVO

Recuperar el anhelo de la vida eterna con Dios, descentrando nuestro esfuerzo de lo meramente terreno.

INTRODUCCIÓN

Muchas veces hemos tenido la experiencia de hacer un viaje, de trasladarnos a algún sitio por algún motivo: visitar a un familiar, descansar lejos del ajetreo de lo cotidiano, realizar un trabajo, etc. Y seguro que siempre, en esas circunstancias, hemos tenido claro que lo importante era el destino: las personas con las que íbamos a encontrarnos, el trabajo que teníamos que desempeñar, y aunque hayamos disfrutado del traslado, sabíamos que éste era sólo un medio que nos conducía a nuestro fin, que era el punto de llegada y lo que allí íbamos a vivir. Esta realidad, que se entiende fácilmente con ejemplos como el que hemos puesto, sin embargo nos cuesta trasladarla a nuestra vida en la tierra y a la vida futura.

Es verdad que nuestra vida aquí es lo que conocemos y nos puede llegar a parecer lo único importante, verdaderamente un fin en sí misma. Pero no. La vida en el mundo es un traslado, una peregrinación. Es justo que disfrutemos de las alegrías que pueda depararnos el viaje, que nos impliquemos con el mundo tratando de que nuestro paso por él sea para mejorarlo, pero no debemos confundir el fin con el medio, y nuestro fin último no es esta vida sino la que Dios nos ha preparado junto a Él después de los tiempos.

El hombre la tenía en el principio cuando vivía en perfecta unidad con su Creador, pero, aunque la perdió por el pecado, Dios no lo abandonó al poder de la muerte sino que le facilitó la manera de alcanzar nuevamente lo que había perdido: Dios, “después de su caída, alentó en ellos (nuestros primeros padres) la esperanza de la salvación con la promesa de la redención, y tuvo incesante cuidado del género humano para dar la vida eterna a todos los que buscan la salvación con la perseverancia de las obras” (DV 3). Seguro que Adán y Eva, al caer en la cuenta de lo que habían perdido por su ofensa a Dios, anhelaron vehementemente recuperar la vida que Dios les había propuesto y que, entonces lo veían, superaba con mucho cualquier sueño de grandeza al margen de su Señor.

Porque ellos la habían vivido, ellos sabían lo que se estaban perdiendo. Puede que a nosotros nos resulte más difícil porque la única vida que conocemos es la del destierro, la de la peregrinación. Las cosas materiales, los afanes del mundo nos absorben, nublan nuestra vista y nos impiden ver más allá, de manera que centramos muchas veces nuestra esperanza en las cosas terrenas y sufrimos así tantas frustraciones.

Pero, entonces, ¿qué es lo que realmente debemos esperar? ¿Cuál es esa realidad que satisfará plenamente todas nuestras expectativas? Realmente, el desconocimiento de lo que será la vida eterna con Dios puede retraernos e incluso asustarnos hasta hacernos llegar a preferir “lo malo conocido a lo bueno por conocer”. Debemos salir de este razonamiento a ras de suelo. Hemos visto que Dios quiere la vida eterna para nosotros y que se ha ocupado hasta el mínimo detalle de que podamos alcanzarla.

La eternidad con Dios Padre y Jesucristo el Señor no sólo es lo mejor para nosotros, sino lo único que nos dará la felicidad. Sin embargo, no hemos de pensar en ella con criterios temporales puesto que nuestro pensamiento y nuestra lógica se revelan incapaces de aprehenderla. Benedicto XVI nos da pistas en su encíclica Spe salvi. Nos habla de “un momento pleno de satisfacción en el cual la totalidad nos abraza y nosotros abrazamos la totalidad. Sería el momento de sumergirse en el océano del amor infinito, en el cual el tiempo –el antes y el después- ya no existe (…) a la vez que estamos desbordados simplemente por la alegría”. Se nos promete una experiencia sin dolor, sin lágrimas ni preocupaciones, en la que todo es satisfacción plena, amor infinito, alegría profunda; san Basilio nos habla de “cosas maravillosas de que nuestra fe nos asegura que gozaremos un día”.

También S. Agustín, en La ciudad de Dios se atreve a mostrarnos cómo será nuestra vida más allá de esta vida: “Allí reinará la verdadera paz, donde nadie experimentará oposición ni de sí mismo ni de otros. La recompensa será Dios mismo, que ha dado la virtud y se prometió a ella como la recompensa mejor y más grande que pueda existir (…) Él será el fin de nuestros deseos, a quien contemplaremos sin fin, amaremos sin saciedad, alabaremos sin cansancio”. Esperando ese momento de plenitud nos toca ahora esforzarnos y tratar de tener presente el anhelo que nos ayudará a poner las cosas en su justo orden y a vivir la esperanza cristiana que no es otra cosa que nuestra unión definitiva con Dios.

VER. Partiendo de la vida

1. Puedo compartir con el grupo algún momento de mi vida en el que haya dado, frente a los demás, un testimonio tranquilo, valiente y sincero acerca de la esperanza en la vida eterna. Por el contrario, puedo recordar alguna circunstancia en la que preferí, por cobardía, por vergüenza o por respetos humanos, no reconocer frente a mi prójimo que mi fe es fe en la vida futura y eterna con Dios.

2. Presentar hechos de vida que dejen ver mi actitud ante la realidad de la vida eterna: si es de verdadero deseo de ver a mi Señor sin mediación alguna y vivir en la alegría con Él eternamente; o si, por el contrario, vivo centrado en mi vida terrena absorbido por los problemas y las preocupaciones.

3. También puedo contar a mis compañeros aquella vez en que, en determinada circunstancia me di cuenta de que lo que realmente me inspira la vida eterna es miedo: a lo desconocido, a que para llegar a ella haya que pasar por la muerte, miedo porque nadie puede contarme qué es lo que pasa allí…

4. Alguna vez, a raíz de una charla, una oración, unos ejercicios espirituales, he podido sentir que de verdad mi vida es una peregrinación, que mi sitio no es este sino aquel que Cristo ha ido a prepararme. Sería bueno, si no fuerza mi intimidad, contarlo en el grupo.

5. Recordar aquella ocasión en la que desee la vida eterna de verdad como el fin último de mi vida o por el contrario como huida de los problemas de la vida terrenal.

JUZGAR. Iluminación desde la fe

A) Sagrada Escritura

• Conmueve la esperanza de S. Pablo en la vida eterna al final de sus días (2 Tim 4,6-8), y también la de Job (Job 19,25-27). Al salmista, la esperanza en la vida eterna le produce tranquilidad y alegría inmensas (Sal 15,9-11). También podemos contemplar en el relato del martirio de siete hermanos y su madre la fe en la vida eterna para los que mueran por el Señor (2 Mac 7,1-42).

• S. Juan nos habla de la nueva Jerusalén, la Iglesia triunfante, que vivirá eternamente al lado de su esposo, Cristo (Ap 21,1-4). S. Pablo manifiesta que, desde nuestra limitación, no somos capaces de imaginar la infinitud de la gloria eterna (1 Cor 2,9).

• La pasión de Cristo nos conduce a la vida eterna. Así lo confiesa Pedro al final del discurso del pan de vida (Jn 6,68). Cristo nos recomienda perseverar hasta el fin en su seguimiento para conseguir la salvación (Mt 10,22). El Señor nos promete una alegría que nadie podrá quitarnos (Jn 16,22); y volverá y nos llevará con Él a la casa del Padre donde nos va a preparar un lugar (Jn 14,1-3).

• Podemos esperar la gloria del cielo prometida por Dios a los que le aman (Rom 8,28-30). La fidelidad del Señor nos confirmará en nuestra esperanza (1 Cor 1,6-9); de la que debemos dar razón con mansedumbre (1 Pe 3,13-16).

B) Magisterio de la Iglesia

• Recomendamos encarecidamente leer los puntos de la encíclica Spe Salvi que tratan específicamente este tema (SpS 10-12). Y los números 26-27 en los que Benedicto XVI nos recuerda que el hombre es redimido por el amor y que la verdadera esperanza del hombre sólo puede ser Dios que nos ha amado y nos sigue amando “hasta el extremo”.

• Por la perseverancia en el bien se llega a la salvación y a la vida eterna (DV 3; CEC 161). En la vida eterna conoceremos plenamente los caminos de Dios (CEC 324). Sin la esperanza en la vida eterna, el progreso humano pierde sentido (CV 11). Es imposible valorar lo terreno no teniendo en cuenta lo eterno (RN 16; GS 21). La dignidad del hombre se ve menoscabada cuando se niega la esperanza en la vida eterna (GS 21). Los cristianos deben dar testimonio de esta esperanza (LG 10).

• El papa Francisco nos recuerda que el servicio de la fe al bien común es siempre servicio de esperanza que mira al Resucitado (LF 57).

• Preciosa exposición sobre la última eucaristía del cristiano y los sacramentos que lo preparan para volver a Dios (CEC 1524-1525). Algunas descripciones de lo que será la eternidad con Dios (CEC 184; 1023; 2002). La vida eterna como finalidad de la esperanza cristiana (EG 181).

ACTUAR. Compromiso apostólico

Un primer compromiso para este tema podría ser formativo y puede consistir en leer en profundidad todos los textos que aparecen en el apartado “Magisterio de la Iglesia” y algún otro que podamos encontrar por nuestra cuenta o que pidamos a nuestro consiliario o director espiritual. Una buena lectura sería la del Apocalipsis, texto muy importante en la tradición hispana.

También sería interesante leer la Carta a Diogneto donde se habla del papel de los cristianos en el mundo: “viven en la tierra pero su ciudadanía está en el Cielo”. Otro compromiso, esta vez de testimonio, podría ser no dejar pasar ocasión de hacer explícita ante los demás mi firme esperanza en la vida eterna, sin temer risas o menosprecios.

También sería buen compromiso acercarme a este conocido o compañero que ha perdido a un ser querido y tratar de hacerle llegar la esperanza que me sostiene a mí, de la vida con Dios más allá de la muerte. Sería interesante, también, como compromiso de este tema leer el acta de algún mártir, como Sta. Perpetua y Sta. Felicidad o San Ignacio de Antioquía, para descubrir en ellas la fuerza de la fe en la vida eterna.

La fe de la Iglesia en la vida eterna se manifiesta con claridad en la celebración de los funerales. Como grupo podemos ofrecernos en nuestra parroquia para preparar estas celebraciones, ayudando con moniciones, lecturas y cantos, a que adquieran su verdadero sentido.

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ESPERANZA EN COMUNIÓN: LA IGLESÍA

“Todos los creyentes estaban de acuerdo y lo tenían todo en común” (Hch 2,44)
OBJETIVO

Descubrir que la Iglesia es el lugar donde puede llevarse a la vida la esperanza que da el cristianismo, que es siempre y esencialmente, esperanza en comunión.

INTRODUCCIÓN

Cuando dos niños están jugando a la pelota en el salón y por “accidente” se rompe, pongamos por caso, el jarrón preferido de Mamá, casi con certeza podemos decir que se oirán las siguientes frases: “ha sido él”, “¡qué va, la culpa ha sido suya!”. Se trata de eludir la propia responsabilidad echándola sobre los hombros de otro. Pero, sabemos que esto no ocurre sólo entre los niños, es más, los niños seguramente lo hacen porque nos ven hacerlo a nosotros, los adultos. Desde siempre ha sido así, desde el primer pecado: “la mujer que me diste…”, “la serpiente me engañó…”.

La consecuencia más inmediata del pecado es el enfrentamiento, la ruptura de la unidad, una especie de “sálvese quien pueda” que deja fuera a todo el que no sea yo. Desde los Santos Padres se entiende que el pecado provoca la ruptura y la división. Otro ejemplo muy claro de la Sagrada Escritura lo tenemos en el relato de la torre de Babel. El hombre de nuevo sucumbe ante la soberbia, quiere llegar a lo más alto, ser como Dios. El resultado es de todos conocido: la confusión de lenguas, el fin del entendimiento entre los hombres.

“Babel, el lugar de la confusión de las lenguas y de la separación, se muestra como expresión de lo que el pecado es en su raíz. Por eso, la ‘redención’ se presenta precisamente como restablecimiento de la unidad en la que nos encontramos de nuevo juntos en una unión que se refleja en la comunidad mundial de los creyentes” (SpS 14). En efecto, en su designio de salvación, quiso Dios que los hombres se salvaran, pero no individualmente; que alcanzaran la salvación, pero no en solitario.

Y así eligió a un pueblo, Israel, al que paulatinamente se fue revelando, lo fue instruyendo, guiando y santificando a través de la historia. “Pero todo esto lo hizo como preparación y figura de la nueva alianza perfecta que había de establecer, en Cristo, y de la más plena revelación que había de nacer por el mismo Verbo de Dios hecho carne” (LG 9). Este nuevo pueblo del que el anterior es figura, es la Iglesia.

Pueblo nacido de dos pueblos, judíos y gentiles, cuya unidad no radica ya en la sangre sino en el Espíritu; en el que sus miembros tienen la dignidad de hijos de Dios; cuya ley es el amor y cuya misión es la extensión del Reino de Dios. “La congregación de todos los creyentes que miran a Jesús como autor de la salvación y principio de la unidad y de la paz, es la Iglesia convocada y constituida por Dios, para que sea sacramento visible de esta unidad de salvación para todos y cada uno” (LG 9).

La unidad dentro de la Iglesia nace del deseo del mismo Cristo. Él quiso que permaneciéramos unidos, en primer lugar a Él, como los sarmientos están unidos a la vid; pero también entre nosotros: “que todos sean uno” (Jn 17). Según las conocidísimas palabras de san Pablo, la Iglesia puede compararse a un cuerpo. Cristo es la Cabeza, nosotros los miembros.

Los miembros están unidos entre sí y todos ellos unidos a la Cabeza, cumpliendo así el querer del Maestro. El Señor comunica su vida a los que formamos parte de su Cuerpo que es la Iglesia, de una manera misteriosa pero real, a través de los sacramentos: por el Bautismo nos vemos sumergidos en su muerte y su resurrección, por la Eucaristía nos alimentamos de su propia carne, lo cual potencia de forma vertiginosa la unión entre nosotros.

Con la expresión ‘fracción del pan’ “se quiere significar que todos los que comen de este único pan, partido, que es Cristo, entran en comunión con Él y forman un solo cuerpo en Él” (CEC 1329). Pero unidad no quiere decir uniformidad. La Iglesia es rica por su unidad pero también por su diversidad. Jesús quiere que seamos uno pero no el mismo repetido, por eso bendice a su grey con multitud de carismas, entre otras cosas para que cada uno, ser humano único e irrepetible, encuentre su sitio y la mejor forma de servir a Dios según sus talentos.

Por otra parte, las legítimas diferencias hacen florecer la caridad: “Estas diferencias pertenecen al plan de Dios, que quiere que cada uno reciba de otro aquello que necesita, y que quienes disponen de talentos particulares comuniquen sus beneficios a los que los necesitan. Las diferencias alientan y con frecuencia obligan a las personas a la magnanimidad, a la benevolencia y a la comunicación” (CEC 1937).

Esta comunicación de bienes, que es tangible en el mundo, se muestra arcana pero igualmente verdadera en lo tocante a compartir bienes espirituales y no sólo entre los vivos, sino también con los que ya partieron hacia la casa del Padre.Es lo que llamamos comunión de los santos, un tesoro formado por oraciones, buenas obras y sacrificios, en libre circulación y del que todos pueden beneficiarse: “el menor de nuestros actos hecho con caridad repercute en beneficio de todos, en esta solidaridad entre todos los hombres, vivos o muertos, que se funda en la comunión de los santos” (CEC 953).

Mucho pueden hacer nuestras oraciones y nuestros sacrificios por los que han muerto, y mucho pueden hacer por nosotros las intercesiones de los que ya contemplan el rostro de Cristo. Así permanece siempre abierto este canal de comunicación de la gracia, que es la mayor prueba de que en la Iglesia nadie está solo, nadie está aislado. Porque la esperanza que se nos ha dado no es una esperanza sólo para mí; lo es en función de que también lo es para los otros.

“Nuestra esperanza es siempre y esencialmente también esperanza para los otros” (SpS 48). Juntos caminamos hacia una vida verdadera que “presupone dejar de estar encerrados en el propio ‘yo’, porque sólo la apertura a este sujeto universal abre también la mirada hacia la fuente de la alegría, hacia el amor mismo, hacia Dios” (SpS 14).

VER. Partiendo de la vida

1. Presentar hechos de vida que muestren cómo el pecado enturbia mi relación con los demás provocando enfrentamientos y divisiones. Además, ¿soy consciente de que mi pecado contribuye indirectamente a mantener estructuras de pecado? Puedo argumentarlo con algún hecho de vida concreto.

2. Seguro que en mi vida tengo ejemplos concretos de la importancia que doy a la dimensión comunitaria de mi fe: si me preocupa que mis hermanos vivan la verdadera esperanza que es Cristo y hago lo posible para que así sea; o si, por el contrario, me centro en mí mismo, en mis prácticas de piedad, en mis confesiones, etc., y no se me pasa por la cabeza que puedo hacer mucho por mi propia salvación, precisamente trabajando por la salvación de los demás.

3. Puedo contar en el grupo aquella vez en que alguien dentro de la Iglesia, un sacerdote, un catequista, un compañero de asociación, me ayudó con sus palabras, sus actitudes o sus acciones, a comprender, valorar e interiorizar el mensaje de Cristo.

4. Mostrar a través de hechos de vida cómo vivo la comunión de los santos: si tengo en cuenta que mis acciones repercuten a favor o en contra de todo el Cuerpo de Cristo; si soy consciente de que aún puedo hacer mucho por los que amo que ya han muerto; si pido la intercesión de los bienaventurados...

JUZGAR. Iluminación desde la fe

A) Sagrada Escritura

• En el Antiguo Testamento vemos cómo Israel es salvado como pueblo: es un pueblo que tiene la experiencia de pueblo salvado y con un Dios cercano (Dt 4,5-9); reconocen que: “éramos esclavos y el Señor nos sacó de allí con gran poder” (Dt 6,20-25); Moisés recuerda a su pueblo las acciones del Señor: “hay cosas que han sido reveladas a vosotros y vuestros hijos” (Dt 29,1-29).

• Cristo quiso que sus discípulos se mantuvieran unidos a Él (Mc 1,16-20; Jn 15,4-5; 6,56). Les hizo partícipes de su misión (Lc 10,17-20); y de sus sufrimientos (Lc 22,28-30). Prometió estar con ellos hasta el fin del mundo (Mt 28,20); y envió su Espíritu (Jn 20,22; Hch 2,33). • San Pablo nos explica que somos un único cuerpo con Cristo como cabeza (1 Cor 12,12-29); y nos enseña cómo vivir en comunidad, con humildad y caridad (Rom 12,3-21).

• En los Hechos de los apóstoles, se ofrece en varias ocasiones la vida de fe a numerosas personas (2,37-41; 3,25-26; 10,34-43); y se nos muestran ejemplos de vida comunitaria (2,42-47; 4,32-35). La comunión se expresa en la caridad, abriéndome a los demás (Rom 14,7); atendiendo a los que son más débiles (1 Cor 12,26-27); buscando el bien de los otros y no el mío propio (1 Cor 13,5).

B) Magisterio

• En varios números de la encíclica Spe Salvi, se reflexiona sobre la dimensión comunitaria de la salvación. Dios restablece la unidad a través de la Redención; nos hace ser un pueblo unido existencialmente (SpS 14); el papa Benedicto XVI nos habla de cómo unos pocos pueden ser causa de salvación para los demás (SpS 15), y también de que para que mi esperanza sea verdadera esperanza debe serlo igualmente para mis hermanos (28-29). Sobre la comunión de los santos podemos leer el n. 48.

• El Catecismo de la Iglesia Católica explica la comunión de los santos de forma muy clara en sus números 946-962. Sobre unidad y diversidad de la Iglesia y vínculos de unidad (CEC 814-815). La Iglesia es comunión con Jesús (CEC 787-789); en un solo cuerpo (CEC 790-791; 1329); con Cristo como cabeza (CEC 792-795). Cristo es uno con su Iglesia y formamos así el “Cristo total” (CEC 795).

• Sobre la dimensión eclesial de la fe (LF 22); “quien cree nunca está solo” (LF 39); la fe y la esperanza no son posibles desde el individualismo (LF 38). El Señor nos llama a la misión en la comunidad de la Iglesia (Homilía de la misa con los jóvenes JMJ Río 2013); somos llamados a seguir a Cristo en su Iglesia (Discurso en la vigilia de oración JMJ Río 2013).

• El Concilio Vaticano II nos habla también de la Iglesia como Cuerpo místico de Cristo (LG 7); con diversidad de miembros (LG 7; 13); que han de conservar la unidad (LG 32-33; GS 32).

• En SpS 13, Benedicto XVI se pregunta si es individualista la esperanza cristiana. Frente a la búsqueda individualista de la salvación, la fe tiene una configuración eclesial, como comunión (LF 22).

• En Caritas in Veritate 53, el papa Benedicto XVI reflexiona sobre la importancia de la humanidad como familia y afirma que “el hombre se valoriza no aislándose sino poniéndose en relación con los otros y con Dios”. No se puede seguir a Jesús en solitario, sino que seguir a Jesús en la fe es caminar con Él en la comunión de la Iglesia. (Misa de clausura de la JMJ 2011 en Cuatro Vientos, 21 de agosto de 2011); “la existencia del creyente se convierte en existencia eclesial” (LF 22); si el hombre fuera un individuo aislado no podría llegar a Jesús (LF 38); es imposible creer cada uno por su cuenta (LF 39).

• El papa Francisco nos explica que es necesaria la comunión entre los miembros de las comunidades cristianas para la comunión con Jesús (EG 100); ser Iglesia es ser Pueblo de Dios que anuncia el Evangelio (EG 11-121); la Palabra de Dios nos invita a reconocernos pueblo, Pueblo de Dios (EG 268).

ACTUAR. Compromiso apostólico

El compromiso en este tema debe ir dirigido a profundizar en mi vivencia de Iglesia, en mi sentido de Iglesia. Para ello, puedo comprometerme a estar más disponible cuando me pidan que desempeñe una tarea en la parroquia, en nuestras asociaciones, saliendo así de mí mismo y dándome a los demás. Más concretamente, ofrecerme al párroco o al responsable de alguna actividad parroquial para lo que se necesite en la parroquia, o a otros niveles (arciprestazgo, vicaría, diócesis). También puedo comprometerme a acercarme a aquel que sé que se está alejando poco a poco de la Iglesia y que necesita mi empujoncito para volver de nuevo a su sitio. Puedo asumir como compromiso, estudiar qué son las indulgencias y aprender a valorar la oración e intercesión por los difuntos. Como compromiso de grupo, proponemos hacer un vídeo-fórum sobre la película Qué bello es vivir, en la que se muestra el interés de una persona por todos los que la rodean y cómo ese interés inicial suscita correspondencia.

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LA ORACIÓN, ESCUELA DE ESPERANZA

“Pedid y se os dará” (Mt 7,7)
OBJETIVO

Que cada uno vuelva a descubrir la oración, personal y comunitaria, y la renueve como lugar donde Dios mismo alimenta, aumenta y purifica nuestra esperanza.

INTRODUCCIÓN

Muchas veces hemos oído y quizá hemos pronunciado estas palabras: “Ahora sólo queda rezar”. Cuando llegamos a una situación límite, cuando sabemos que no está en nuestras manos lograr la curación de una persona enferma, la solución de un problema difícil o la superación de una crisis matrimonial, el cristiano sabe que siempre le queda recurrir al mismo Dios.

El papa Benedicto XVI lo dice bellamente en su encíclica Spe Salvi: “Cuando ya nadie me escucha, Dios todavía me escucha” (SpS 32). Y no sólo nos escucha, sino que con frecuencia nos ayuda a entender su respuesta. En el diálogo constante con Dios, que siempre escucha, el cristiano aprende verdaderamente lo que es la esperanza. La oración es escuela de esperanza porque en ella la esperanza crece, se alimenta y se purifica.

La esperanza depende de nuestra fe. Y la oración es el ejercicio de nuestra fe en el Dios revelado, que nos ha manifestado su amor, que nos ha adoptado como hijos y quiere que le llamemos “Padre”. Mediante la oración, nuestra esperanza se fija en Dios, aumenta con el trato continuo con el Dios Uno y Trino, con la experiencia de su amor.

Citando a san Agustín, el autor de la Spe salvi nos explica cómo la oración es “un ejercicio del deseo” y ayuda a que el corazón del hombre se haga capaz de acoger el don de Dios: “Si estás lleno de vinagre, ¿dónde pondrás la miel?” Este proceso implica también una purificación de nuestra esperanza, que se libera de las pequeñas esperanzas que a veces nos distraen y nos impiden aferrarnos únicamente a Dios.

“El modo apropiado de orar es un proceso de purificación interior, que nos hace capaces para Dios y, precisamente por ello, capaces también para los demás” (SpS 33). Es necesario aprender a orar pues “no sabemos pedir como conviene” (Rom 8,26). Nuestro gran maestro en la oración es el Espíritu Santo, que habita en nosotros y nos ayuda en nuestra debilidad (cf. Rom 8,26).

Tenemos que saber qué cabe pedir, qué quiere Dios, para unir nuestro querer al suyo: “el hombre ha de aprender qué es lo que verdaderamente puede pedirle a Dios, lo que es digno de Dios.” (SpS 33). No todos nuestros deseos corresponden con la voluntad de Dios y debemos perseverar en este aprendizaje purificador. No podemos, pues, prescindir de la oración. Así lo recordaba Juan Pablo II dirigiéndose a los fieles laicos: “Las formas y los modos de esas pausas de oración pueden ser muy diferentes, pero siempre queda en pie el principio de que la oración es imprescindible para todos, tanto en la vida personal como en el apostolado.

Sólo gracias a una intensa vida de oración los seglares pueden encontrar inspiración, energía, valor entre las dificultades y los obstáculos, equilibrio y capacidad de iniciativa, de resistencia y de recuperación” (Audiencia general del 1 -XII- 1993). La oración tiene dos dimensiones, ambas imprescindibles: la personal y la comunitaria. Es tanto un encuentro cara a cara con Dios, “tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama” (Sta. Teresa de Jesús, Libro de la Vida, 8) como una acción conjunta de “dos o más reunidos” en el nombre del Señor (cf. Mt 18,10).

Una y otra se remiten mutuamente. Orar con la oración de la Iglesia es a la vez un descanso y un ejercicio de comunión. El papa Benedicto XVI nos recuerda la experiencia del obispo vietnamita Nguyen van Thuan, que en su largo cautiverio experimentó la dificultad de orar.

El cardenal van Thuan, en su obra Testigos de la esperanza nos cuenta cómo uno de sus carceleros quiso aprender de memoria un himno latino, el Veni Creator, y lo recitaba en sus ejercicios gimnásticos: “Al principio estaba yo muy sorprendido de esto, pero poco a poco me di cuenta de que era el Espíritu Santo quien se servía de un policía comunista para ayudar a un obispo preso a rezar cuando estaba tan débil y deprimido que no podía hacerlo. Sólo un policía podía cantar en voz alta el Veni Creator”. Esta esperanza que recibimos, aumentamos y purificamos en la oración nos convierte en “ministros de la esperanza” para todos los que nos rodean: “la esperanza en sentido cristiano es siempre esperanza para los demás” (SpS 34). Y el gran reto es mantener el mundo abierto a Dios.

VER. Partiendo de la vida

1. Presentar alguna ocasión en la que mi esperanza se haya visto reforzada en la oración o, por el contrario, algún momento en el que se haya debilitado por falta de oración perseverante. También podría recordar ese momento en el que, ante la adversidad de algún acontecimiento, me he visto impulsado a acercarme a alguna capilla y ponerlo en manos del Señor.

2. A veces experimentamos que Dios no nos concede lo que pedimos; mostrar algún hecho de vida que refleje mi aceptación de la voluntad de Dios o, por el contrario, mi rebeldía ante su silencio.

3. Cuando oramos junto a los hermanos nos sentimos confortados; puedo exponer alguna ocasión concreta en la que la oración comunitaria ha reforzado mi esperanza. Alguna celebración que haya hecho que sea más consciente de la oración comunitaria, de mi pertenencia a la Iglesia que ora en la tierra como la Iglesia que ora en el cielo.

4. La unión con Cristo nos impulsa a comunicar a los demás esta esperanza; seguro que recuerdo algún hecho de vida en el que haya experimentado cómo Dios me envía como “ministro de esperanza”.

JUZGAR. Iluminación desde la fe

A) Sagrada Escritura

• En el Antiguo Testamento encontramos referencias a la oración: Elías en el Monte Carmelo es maestro de oración (1Re 18,41-46); Elías reconoce el paso del Señor en la brisa (1 Re 19); el Señor pide al pueblo que vayan a Él en oración (Jer 29,12).

• Tenemos que aprender a pedir como conviene y nuestro Maestro es el Espíritu Santo (Rom 8,26-27; Sant 4,1-10).

• Jesús, es maestro de oración y como tal, enseña a sus discípulos a rezar el Padrenuestro (Mt 6,9-13). Nos exhorta a orar juntos y a pedir al Padre en su nombre con toda confianza (Mt 18,19-20; Jn 14,13-14; Jn 15,16). Los apóstoles y los primeros cristianos oran unidos en toda ocasión (Hch 4,24-30; 1,24-25; 12,5; 16,25; Sant 5,16-18).

• Es importante orar constantemente (1 Tes 5,17), sin desfallecer y con perseverancia (Rom 12,12; Lc 18,1-8).

• La oración produce confianza en la acción de Dios (Sal 55, 17-18; 91; 123; 125).


B) Magisterio :

• Para este tema es imprescindible leer los puntos de la encíclica Spe Salvi en los que el papa Benedicto XVI nos habla de la oración como escuela de esperanza (SpS 32-34).

• Toda la cuarta parte del Catecismo está dedicada a la oración y sería bueno leerla entera. Destacamos algunos números: la oración de los salmos nos une a la tradición de la oración (2586-2589); el Espíritu Santo nos educa para orar en esperanza (2657-2658); nuestra vida de oración se vive en la Iglesia (2697-2698); nuestra actitud ante la oración no escuchada (2735-2737); la oración siempre es eficaz (2738-2741).

• En la carta apostólica Novo Millennio Ineunte, Juan Pablo II nos recuerda la importancia de la oración en la pedagogía de la santidad (NMI 31-32) y de que nuestras comunidades lleguen a ser “auténticas escuelas de oración” (NMI 33); sin la oración, los cristianos están expuestos al riesgo (NMI 34); la oración nos recuerda la primacía de Cristo (NMI 38).

• El domingo es un día especialmente dedicado a vivir la esperanza cristiana en comunidad (DD 35 y 38). El Concilio Vaticano II exhorta a orar sin tregua (SC 12-13) y recomienda a los laicos el rezo de la Liturgia de las Horas (SC 100) como fuente de piedad (SC 90). La familia constituye el primer ámbito de aprendizaje de la oración, como “iglesia doméstica” (FC 59-61).

• Benedicto XVI nos recuerda cómo la oración no es desperdiciar el tiempo, sino la fuente de la que brota nuestra dedicación a los demás y que nos ayuda a permanecer firmes (DCE 36-38). El papa Francisco dice que urge recobrar un espíritu contemplativo que nos ayude a llevar una vida nueva (EG 264); la oración es necesaria para mantener el ardor misionero (EG 280); nos invita a hablar de todo en la oración con Jesús (Discurso en la vigilia de oración JMJ Río 2013); en la oración del padrenuestro, el cristiano “comienza a ver con los ojos de Cristo” (LF 46); la oración como motivación para la misión (EG 264).

ACTUAR. Compromiso apostólico

Este tema nos impulsa sin duda a profundizar en nuestro compromiso personal de oración, para ver si realmente es encuentro con el Dios de la esperanza. Podemos revisar el tiempo que dedicamos a la oración, el lugar y el modo; la relación que hay en mi vida entre la oración y la virtud de la esperanza.

Buscar que mi oración sea, si no lo es ya, apertura a la relación con Dios, a la acción del Espíritu en mí, de modo que pueda ser comunicador de la esperanza de Dios. A veces necesitamos renovar las fuentes de nuestra oración, especialmente la Palabra de Dios. A ello nos pueden ayudar lecturas adecuadas, cursos de Biblia y de Liturgia, conocer la vida de los santos o acudir a algún taller de oración.

Como grupo podríamos retomar alguna iniciativa de oración comunitaria, como el rezo de las vísperas o alguna vigilia de oración. Si existen estas propuestas en la parroquia podemos participar en ellas; si no existen, podemos organizarlas para ofrecerlas a los demás grupos.

En la Iglesia hay personas especialmente dedicadas a la vida de oración, por ello sería una buena idea visitar alguna comunidad contemplativa, especialmente si pertenece a la parroquia, y participar conjuntamente en alguna oración pública. Personalmente y en grupo podemos revisar cómo vivimos y aprovechamos el retiro espiritual mensual, que es un momento de oración tanto personal como comunitaria, y si hemos hecho ejercicios espirituales.

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EL APRENDIZAJE DE LA ESPERANZA: ACTUAR Y SUFRIR

“Habiendo sido probado en el sufrimiento, puede ayudar a los que son probados” (Heb 2,18)
OBJETIVO

Vivir nuestras obras y nuestra manera de afrontar el sufrimiento como ocasiones para hacer del mundo un lugar más humano y para transmitir esperanza a los que nos rodean.

INTRODUCCIÓN

Un niño en silla de ruedas. Una viuda joven con hijos. Un anciano solo que no puede valerse por sí mismo. Un terremoto que deja tras de sí miles de muertos. La enfermedad, la soledad, el fracaso. Nuestro mundo está marcado por el sufrimiento. Sufrimiento, dolor y muerte están presentes en la vida de cada ser humano y en todas las etapas de la Historia. Es algo inherente a la existencia humana. Muchas veces, sobre todo ante el sufrimiento de los inocentes, nos habremos preguntado por qué.

Por qué existe el mal, por qué tienen que sufrir los niños, por qué las enfermedades no nos dan tregua o por qué de pronto la naturaleza nos muestra su cara más despiadada. La respuesta a este por qué nos la da Benedicto XVI en la encíclica que venimos estudiando: el sufrimiento “se deriva, por una parte, de nuestra finitud y, por otra, de la gran cantidad de culpas acumuladas a lo largo de la historia, y que crece de modo incesante también en el presente” (SpS 36).

No hay que buscar el origen del mal en la obra de Dios, que es buena: “y vio Dios cuanto había hecho y todo estaba muy bien” (Gen 1,31); no hay que buscarlo en el azar que hace que por casualidad se cuele el dolor en el mundo. El origen del mal está en nuestra limitación y en el pecado. Sobrecoge pensar que cada culpa de cada persona a través de los tiempos pueda hacer aumentar el dolor en el mundo.

Y sobrecoge aún más caer en la cuenta de que mi propia culpa contribuya a incrementar el dolor y el sufrimiento. Es terrible, pero no sería una buena opción quedarse contemplando esta realidad paralizados ante su magnitud. De ese modo estaríamos cayendo en el error. Es nuestro deber luchar contra el mal, contra el dolor y el sufrimiento. No nos será posible derrotarlos ya que nunca lograremos acabar con sus causas “porque no podemos desprendernos de nuestra limitación, y porque ninguno de nosotros es capaz de eliminar el poder del mal, de la culpa, que –lo vemos- es una fuente continua de sufrimiento” (SpS 36).

No, no podemos extirpar el mal del mundo aunque sea lo que más anhelemos, pero tenemos una esperanza firme fundada en el hecho de que Cristo sí ha vencido al mal. Él, el que quita el pecado del mundo, ha entrado en la historia, está presente entre nosotros y nos da así la esperanza de la salvación del mundo. Como bien dice el papa Benedicto XVI, es esperanza y no cumplimiento, pero en ella encontramos valor y fuerzas para seguir adelante en nuestra lucha.

Pero, ¿en qué consiste esta lucha? ¿Qué debemos hacer? Ciertamente, nuestra primera reacción podría ser de huida, de cerrar los ojos ante el mal, pero eso no solucionaría el problema en absoluto, al revés, lo agravaría. Porque escondernos de lo que nos atribula o nos asusta sólo nos paraliza y nos debilita. Hemos de mirar al dolor de frente aceptándolo como una realidad que nos acompaña en nuestra vida; aceptándolo en nosotros y en los demás, de forma que nos sirva para nuestra propia maduración personal y encontrando en el sufrimiento un sentido.

La única manera de encontrar algún sentido al dolor propio o de los que más quiero, es uniéndome a Cristo que sufre en la cruz. Él ha pasado por el camino del sufrimiento: por la fatiga, por la traición, por las frustraciones, por el dolor físico y moral mayor que pueda imaginarse.

Ha venido a iluminar el sufrimiento y a dar esperanza al que sufre, porque: “en cada pena humana ha entrado uno que comparte el sufrir y el padecer; de ahí se difunde en cada sufrimiento la con-solatio, el consuelo del amor participado de Dios y así aparece la estrella de la esperanza” (SpS 39).

Vivir el sufrimiento de esta manera, como ejercicio de esperanza, hace al hombre más humano, saca de su interior sus mejores potencialidades y le hace ser luz y esperanza para los demás. Pero no sólo nuestra forma de afrontar el sufrimiento puede llegar a ser signo de esperanza: “toda actuación seria y recta del hombre es esperanza en acto” (SpS 35).

En efecto, cada vez que obramos de manera responsable, tratando de mejorar nuestro ambiente, estamos colaborando a hacer del mundo un lugar mejor. Aunque pueda no parecérnoslo, aunque nuestra aportación sea en realidad pequeña, nuestro actuar incide definitivamente en la marcha de la sociedad.

Y lo hace en el sentido de que aporto mi esperanza, en lo pequeño y en lo grande, pese a que fracase yo en mis pequeños fines o a que presencie una gran frustración a nivel histórico: “es importante saber que yo todavía puedo esperar (…) a pesar de todas las frustraciones, mi vida personal y la historia en su conjunto están custodiadas por el poder indestructible del Amor” (SpS 35).

Nuestro actuar no es indiferente ni para Dios ni para el desarrollo de la historia, por tanto, tenemos la oportunidad de colaborar a hacer posible que la verdad, el amor, el bien, es decir, Dios mismo, irrumpa en el mundo liberándolo de las impurezas e intoxicaciones, acercando el momento de que la esperanza de su salvación se convierta en cumplimiento.

Apoyados en la gran esperanza fundada en las promesas de Dios, “tratamos de llevar adelante nuestras esperanzas, más grandes o más pequeñas; solucionar éste o aquel cometido importante para nuestra vida: colaborar con nuestro esfuerzo para que el mundo llegue a ser un poco más luminoso y humano, y se abran así también las puertas hacia el futuro” (SpS 35).

VER. Partiendo de la vida

1. Mostrar con hechos de vida cuál es mi actitud ante mi propio sufrimiento: si lo afronto con valentía sostenido por la mano de Cristo, o si, por el contrario, me rebelo contra él y dejo que me invada la desesperanza.

2. Muchas veces nos cuesta más aceptar el sufrimiento de nuestros seres queridos que el nuestro propio. Puedo contar algún hecho de vida que ilumine esta afirmación. También puedo compartir con el grupo aquella ocasión en la que el dolor de otra persona hizo despertar en mí un amor desinteresado que me urgía a atenderla.

3. Presentar hechos de vida que dejen ver cuál es el cimiento en el que me baso a la hora de luchar contra el mal y el dolor: si es verdaderamente firme como para sufrir con el que sufre, como para ser capaz de darme a mí mismo como don; o si, olvidándome del sufrimiento de Cristo, no soy capaz de hacer frente a ese dolor y me aplasta su enorme peso.

4. Habitualmente pensamos en los acontecimientos históricos como algo que excede con creces nuestras dimensiones. Puedo traer al grupo algún hecho de vida que me haya hecho consciente de que mi forma de actuar puede hacer del mundo un lugar más luminoso y más humano.

5. También podemos analizar mediante un hecho de mi vida, si mis actuaciones van encaminadas a que en el mundo entre Dios y, por lo tanto, la verdad, el bien y el amor; o si, por el contrario, me encierro en mí mismo o en mi círculo más cercano desoyendo la llamada a colaborar con Dios y a contribuir a la salvación del mundo (cf. SpS 35).

JUZGAR. Iluminación desde la fe

A) Sagrada Escritura

• El Señor, en la parábola de los talentos, nos insta a aportar nuestras capacidades y a trabajar para mejorar nuestro ambiente (Mt 25,14-30); promete la bienaventuranza de ser llamado hijo de Dios al que trabaje por la paz (Mt 5,9); Jesús se afanó siempre por atender las necesidades, tanto del cuerpo como del espíritu (Mt 4,23-25; Mc 1,40-45; Lc 13,28-29); y pasó haciendo el bien (Hch 10,38). El Padre y el Hijo trabajan constantemente (Jn 5,17). Antes de la curación del ciego de nacimiento, Jesús se presenta como la luz del mundo (Jn 9,1-12).

• Job, en medio de sus tribulaciones, tiene esperanza en su Señor (Job 19,25-26); Jesús promete el consuelo a los que lloran (Mt 5,5).

• El sacrificio de Cristo tiene su origen y su razón de ser en el gran amor que siente Dios por el hombre (Jn 3,16); el sufrimiento de Cristo es fuente de esperanza y de salvación (Is 53,10-12); en el momento decisivo de la cruz, Cristo sigue actuando con generosidad y entrega: pide perdón para los que le torturan (Lc 23,34).

• S. Pablo nos enseña cómo vivir nuestros padecimientos con la esperanza de que se asocien a los de Cristo (2 Cor 4,8-11); y nos traigan consuelo (2 Cor 1,5); y cómo nuestro sufrimiento puede ser culto agradable a Dios (Rom 12,1); nos habla de la tribulación como fuente de esperanza (Rom 5,5); y expresa cómo no son comparables los sufrimientos de ahora con la gloria que un día se nos manifestará (Rom 8,18-23).


B) Magisterio

• La lectura de los números 35 al 40 de la encíclica Spe Salvi, que está sirviendo de base a este temario, nos muestra el actuar y el sufrir como escuelas de esperanza.

• Cooperamos en la obra de Dios con nuestras acciones, oraciones y sufrimientos (CEC 307; 1368). La inculturación de la fe puede conducir a una sociedad “más justa y creyente” (EG 68); la fe invita al amor fraterno y al cuidado de los otros (EG 178-180). En cada hermano que sufre abrazamos la carne de Cristo (Discurso en el Hospital de S. Francisco de Asís, JMJ Río 2013).

• El Catecismo de la Iglesia Católica nos muestra las formas de afrontar el sufrimiento y la muerte en sus números 1500-1502. Sobre el origen del mal y el dolor y su relación con el pecado (CEC 385; 1263-1264; SD 14).

• El sufrimiento del cristiano unido a los padecimientos de Cristo, tiene un carácter salvífico (CEC 1505-1506; 1521; LG 41; SD 26-27). Con la cruz, Jesús se une a todo hombre que sufre (Via crucis JMJ Río 2013).

• La cultura del bienestar nos anestesia ante el sufrimiento ajeno (EG 53); las desigualdades sociales provocan sufrimiento y violencia: (EG 55-59). Las pruebas de la vida son preludio de la alegría y la esperanza a las que conduce la fe (PF 15).

• Cristo ilumina el misterio del dolor y de la muerte (GS 22); Dios da a su Hijo al mundo para librarnos del mal mediante el sufrimiento (SD 14); la Virgen María, siempre presente en la vida de Cristo, es protagonista indiscutible del evangelio del sufrimiento (SD 25). En el sufrimiento, la fe nos ilumina (LF 56); la fe impide al cristiano olvidarse de los sufrimientos del mundo (LF 57). En nuestras ciudades hay violencia e injusticia que el Evangelio puede reparar (EG 74-75).

• La fuerza del Resucitado, es una fuerza imparable, como fuerza ante la muerte, la indiferencia, la crueldad… (EG 276); y nos invita a creer en el Evangelio como antídoto ante el mal y la injusticia (EG 278). En el Mensaje de Cuaresma de 2014, el papa Francisco nos habla del Evangelio como el verdadero antídoto contra la miseria espiritual.

ACTUAR. Compromiso apostólico

Como hemos visto en este tema, nuestras obras realmente tienen repercusión y pueden servir para mejorar nuestro ambiente y el mundo. Proponemos como compromiso personal estar más atentos a las pequeñas cosas que pueden dar esperanza a los demás, hacerles más felices: sonreír, tratar con más delicadeza a cualquiera con el que me cruce, que mis palabras sirvan para unir, consolar, animar, sobre todo a aquellas personas que más lo necesitan o cuyo trato me cuesta más.

También podemos asumir como compromiso aceptar el dolor con más serenidad, sin protestas ni exageraciones, tratando de encontrar en él la ocasión para madurar y unirme a Cristo sufriente, y ser así motivo de esperanza para los que estén a mi alrededor. Otro compromiso podría consistir en cambiar la manera en que atiendo a los que sufren y me están encomendados: que lo que me lleve a cuidar de ellos sea el amor desinteresado, el afán de servicio y entrega y dé gracias al Señor por poder atenderle a Él en los más necesitados.

Como compromiso de grupo podemos informarnos de las visitas que se realizan a personas de la parroquia que están enfermas y que viven solas y colaborar en la medida de nuestras posibilidades.

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EL JUICIO DE DIOS ES ESPERANZA

“Ha“He aquí que yo voy a juzgar entre oveja y oveja, entre carnero y macho cabrío” (Ez 34,17)
OBJETIVO

Mirar el Juicio de Dios no con temor, sino con la certeza de que será la máxima expresión de la justicia y la gracia de Dios, y por tanto el cumplimiento de nuestra esperanza.

INTRODUCCIÓN

La forma de mirar los cristianos al Juicio ha ido variando según las épocas de la historia. Ha habido momentos –principalmente los primeros del cristianismo- en los que se puso un mayor peso en Cristo resucitado y glorioso, saliendo a nuestro encuentro. Posteriormente nos forjamos la idea de un Dios poderoso y estricto juzgando a los hombres de una manera implacable, unido a las penas y sufrimientos del infierno.

También ha habido corrientes que han quitado importancia al Juicio y lo han presentado como un mero trámite, casi sin importancia, ya que, según ellos, Dios desde su bondad infinita, no puede llegar a condenarnos. El papa Benedicto XVI, desde su vocación y misión de catequista y pastor, dedica ocho puntos de la encíclica Spe Salvi a mostrarnos el Juicio en su dimensión más profunda y verdadera.

La referencia al Juicio ha influido en la vida de los cristianos, ha servido como criterio para ordenarla, como llamada a su conciencia y, al mismo tiempo, como esperanza en la justicia de Dios (SpS 41). Esta esperanza en la justicia de Dios tiene un calado mucho mayor de lo que en un principio pudiera parecer. No es solo justicia con el individuo, sino con la humanidad y con la historia.

Vivimos en un mundo y en una época en la que la preocupación por la justicia es mayúscula. De hecho, es innegable el enorme avance que en este campo ha realizado el hombre. Pero no hay que olvidar las enormes injusticias que se comenten a la hora de poner en práctica esas directrices teóricas tan encomiables a las que hemos llegado. Ya nos lo decía Juan Pablo II en la encíclica Dives in Misericordia (n. 12).

Allí podemos leer: “La experiencia del pasado y de nuestros tiempos demuestra que la justicia por sí sola no es suficiente y que, más aún, puede conducir a la negación y al aniquilamiento de sí misma, si no se le permite a esa forma más profunda que es el amor plasmar la vida humana en sus diversas dimensiones”.

Así el papa Benedicto nos dice que “un mundo que tiene que crear su justicia por sí mismo es un mundo sin esperanza”. Sólo con Dios y en Dios puede haber verdadera esperanza porque nada ni nadie es capaz de hacerse cargo del sufrimiento acumulado durante siglos. El poder terreno, perdido el horizonte del bien común, seguiría para siempre oprimiendo a los pobres y destruyendo así su esperanza.

Pero Dios se hace garante de la justicia, una justicia a largo plazo pero en la que esperamos satisfacer todos nuestros anhelos. Estas ansias de plenitud, de inmortalidad del amor son, según Benedicto XVI, “un motivo importante para creer que el hombre está hecho para la eternidad” (SpS 43). Es por todo lo anterior por lo que se nos insta a pensar en el Juicio no de manera terrorífica, sino con una imagen de esperanza. Ahora bien, sin caer en algunos pensamientos que ponen todo el protagonismo del Juicio en la bondad de Dios, dejando al hombre como mero espectador, sujeto paciente de la gracia divina.

Se trata, por el contrario, de pensar en ese momento como un momento en el que, desde la justicia, se exigirá nuestra responsabilidad. Porque la gracia no oculta todo cuanto se ha hecho o lo cambia de signo convirtiendo lo malo en bueno. La justicia y la gracia, ambas, tienen su lugar y su momento, la una no excluye a la otra.

Quizá a nosotros nos cueste encontrar este equilibrio delicadísimo pero afortunadamente para nosotros, no le tocará al hombre ejercer de juez: “al final los malvados, en el banquete eterno, no se sentarán indistintamente a la mesa junto a las víctimas, como si no hubiera pasado nada” (SpS 44).

Además de ser injusto se faltaría a la libertad del hombre para optar por su modo de vida. Aunque Dios se entristezca profundamente, no puede abortar la libertad del individuo que quiera negarle, que quiera oponerse a Él, que opte no por el amor sino por el odio, o por la venganza en lugar del perdón.

De igual manera habrá personas virtuosas en las que el brillo de la santidad divina en el amor a los hermanos haga que no podamos poner en duda su presencia en el seno de Dios: son los santos canonizados. Pero, como se nos dice en la encíclica, ninguno de los casos anteriores habrán sido los mayoritarios a lo largo de la historia.

Y en este estado intermedio se abre un nuevo camino para el amor: la petición de clemencia por las almas de nuestros semejantes que están en el camino de la presencia de Dios. Un estado al que nuestra tradición ha llamado purgatorio y en el que es posible que siga habiendo un intercambio de bienes espirituales.

Es importante que seamos conscientes de que desde aquí podemos ayudar con nuestras oraciones y nuestros sufrimientos a nuestros seres queridos que aún necesitan de ellos; y en algún caso, hasta pedir u otorgar el perdón para el que nos faltó tiempo en la tierra.

VER. Partiendo de la vida

1. Buscar un hecho de vida en el que he eludido mi responsabilidad en algún momento, pensando, entre otras cosas, que Dios no nos lo tendrá en cuenta en un futuro.

2. Presentar algún hecho de mi vida en el que la esperanza puesta en el Juicio de Dios, me haya servido para seguir adelante y no abatirme ante una situación dura, difícil o injusta de mi existencia.

3. Mostrar algún momento de mi vida en el que la preocupación por la salvación de alguien cercano a mí me ha llevado a realizar algún hecho extraordinario que no hubiera realizado sin haber reflexionado en el Juicio que nos espera a todos.

4. Presentar un hecho de vida en el que, tras participar en el sacramento de la reconciliación me he sentido tranquilo, a gusto, feliz al ser partícipe de la justicia y la gracia de Dios a través de este sacramento.

JUZGAR. Iluminación desde la fe

A) Sagrada Escritura

• Ya en el Antiguo Testamento podemos encontrar referencias al juicio final, donde se nos dice que Dios vendrá a hacer un juicio al final de los tiempos y Él será el vencedor (Dan 7,9-28).

• Desde la libertad y la “dureza de corazón” el hombre puede no aceptar a Dios, de lo cual responderá en el Juicio (Lc 16,22ss).

• La verdadera recompensa y riqueza nos espera tras el Juicio (Mt 16,26). Jn 3,17-21 es un canto a la esperanza del que obra según Dios. En Lc 23,43 (el buen ladrón) tenemos la promesa del Paraíso, por parte de Jesús, a una persona que implora el perdón a través de la fe.

• El contenido del Juicio será la caridad (Mt 25,31-46); el Señor anuncia la recompensa a cada uno según sus acciones (Ap 22,12-15). El apóstol Santiago nos recuerda que seremos juzgados en la misericordia (Sant 2,12-13).

• Pedro, ante el inminente fin de todas las cosas nos llama a la caridad entre la multitud de pecados (1Pe 4,7-8).

B) Magisterio

• Podríamos decir que dos son los pilares del magisterio para este tema. Por un lado los números 668 al 679 del CEC, cuando se nos explica la parte del Credo que habla del Juicio. Sobre el juicio particular (CEC 1021-1022). Y por otra parte, los números 41 al 48 de la encíclica Spe Salvi que nos habla del Juicio como lugar de aprendizaje y ejercicio de la esperanza. Sobre la verdadera justicia (RMi 12).

• En la exhortación Reconciliatio et Paenitentia, se nos recuerda que el confesor es juez y médico, imagen de Dios y que en el sacramento el penitente entra en contacto con la misericordia de Dios (RP 31).

• Es necesario comparecer ante el tribunal de Cristo antes de reinar con Él (LG 48). El hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente (GS 16); El que cumpla la voluntad del Padre, que es que amemos a Cristo en todos los hombres, entrará en el Reino de los Cielos (GS 93).

• En relación al llamamiento a la caridad que nos hacía S. Pedro en su primera carta, Benedicto XVI nos explica que el compromiso misionero nace de la caridad de Cristo (PF 7); y nos invita a intensificar la unidad “fe y caridad” para subsistir (PF 14).

• El papa Francisco, en su encíclica Lumen Fidei habla de la fe como principio de salvación porque nos refiere a Dios (LF 19); así, el creyente es transformado por el amor para que viva Cristo en nosotros (LF 21).

ACTUAR. Compromiso apostólico

En el compromiso de este tema debemos buscar el ir tomado conciencia de que nuestra forma de vivir será revisada ante Dios. Así pues debemos ponernos a trabajar sin más dilación en asemejarnos cada vez más a Nuestro Señor.

No en vano, en el atardecer de la vida se nos examinará en el amor (S. Juan de la Cruz). Nos puede ayudar el examen de conciencia diario, que la Iglesia recomienda antes del rezo de Completas. Podemos revisar nuestra actitud ante el sacramento de la reconciliación.

Si no lo hemos hecho ya, podemos fijarnos una periodicidad en la confesión. Si ya nos confesamos asiduamente, tal vez haya llegado el momento de plantearnos un paso adelante y pensar en la dirección espiritual. También podemos plantearnos un compromiso que nos lleve a preocuparnos de manera concreta por la salvación de nuestros hermanos.

Para no “perdernos” podemos pensar en alguien en concreto y proponernos hablarle, acompañarle, aconsejarle o aquello que creamos más oportuno para despertar en él la conciencia de su salvación. Como compromiso de grupo podemos proponer a nuestro párroco el organizar desde nuestros grupos una celebración comunitaria de la reconciliación, y ayudar a dar la propaganda, seleccionar los textos, acondicionar el templo, etc.

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MARÍA, ESTRELLA DE ESPERANZA

“No temas, María” (Lc 1,30)
OBJETIVO

Tener a santa María y a los santos como luz de esperanza, que a través del ejemplo de toda su vida, brillan sobre nosotros y nos guían en nuestro camino, enseñándonos a creer, esperar y amar.

INTRODUCCIÓN

Uno de los himnos con los que la Iglesia se dirige desde antiguo a santa María comienza con las palabras Ave Maris Stella (“Salve, estrella del mar”). Para todo cristiano la Virgen María es un faro luminoso que orienta en el camino de la vida. María fue siempre la elegida de Dios. Y ella eligió decir “sí” a Dios, y dio a luz a Jesucristo, y estuvo junto a Él durante todo el trayecto de su vida. Ya desde que Jesús era muy pequeño,

María supo que este camino no iba a ser fácil. El propio Simeón ya le anunció en el templo de Jerusalén: “Este niño está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y como signo de contradicción. ¡Y a ti misma una espada te atravesará el alma!” (Lc 2,35). Pero, pese a saber que sufriría con su misión, esperó con humildad, valentía y fe, con la mirada siempre puesta en Cristo, su Hijo.

Y por supuesto, como María esperaba, Cristo venció a la muerte y ella mejor que nadie conoce ese camino de salvación que trazó su Hijo, junto a ella y los discípulos, y que ahora nosotros intentamos seguir. A menudo en este viaje que es nuestra vida nos encontramos con cuestas y curvas que nos hacen difícil el camino de cada día.

A veces estas cuestas son realmente duras como la enfermedad, la soledad, la muerte de familiares queridos; y otras veces son pequeñas pendientes como el cansancio por el trabajo, la desilusión en los estudios, el enfado con alguien a quien queremos… pero igualmente nos hacen sufrir y perder la esperanza.

Es entonces cuando más necesitamos luz a nuestro alrededor, personas que nos rodean y que portan esta luz de Cristo en su interior, que nos acompañan y nos dan seguridad. Es bueno fijarse en estas personas que saben vivir, pese a las dificultades, con la alegría interior de saberse hijos de Dios.

María es para nosotros la señal más brillante, como esa estrella que siempre brilla, aunque la noche esté nublada, o te encuentres en medio de la ciudad y no puedas ver ninguna otra. María irradia la luz de la bondad, del amor incondicional, de la pobreza, de la confianza en el Señor, y mirándola a ella es imposible perderse, no podemos tener miedo.

En su aparición en el cerro del Tepeyac (Méjico), la Virgen María respondió así a las dudas y temores de Juan Diego: “Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y te aflige, no se turbe tu corazón, no temas esa enfermedad, ni otra enfermedad ni angustia. ¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy yo tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo? ¿Qué más has menester?”.

Y estas tiernas palabras quiere decírnoslas cada día María a cada uno de nosotros, que somos también sus hijos. Junto al modelo de la Virgen María no podemos perder de vista en nuestra travesía a los santos, estrellas indiscutibles, a veces muy cercanas a nosotros en el tiempo y en las condiciones de vida. Nos enseñan a vivir con esperanza en toda circunstancia e iluminan también nuestro caminar.

Benedicto XVI menciona de modo explícito cuatro nombres en la encíclica Spe Salvi. En primer lugar nos habla de santa Josefina Bakhita (1869-1947), esclava sudanesa maltratada hasta la saciedad en su juventud, que llego a conocer a Cristo y terminó su vida como religiosa. Ella, en su biografía, alababa a Dios porque estos años de sufrimiento la condujeron a conocer la esperanza de sentirse realmente libre y amada por Él (SpS 3).

Otro ejemplo es el mártir vietnamita Pablo Le-Bao- Thin, muerto en 1857, que transformó su sufrimiento mediante la fuerza de esperanza que proviene de la fe, aceptó su cruz, la muerte, y la convirtió en una acción de amor (SpS 37). Un santo muy querido por Benedicto XVI es san Agustín de Hipona, que fue transmisor de la esperanza que viene de la fe en tiempos difíciles (SpS 28-29).

El siervo de Dios Francisco Javier Nguyen van Thuan, contemporáneo nuestro (1928-2002), estuvo encerrado 13 años en prisión, 9 de ellos en régimen de aislamiento. Con la gracia de Dios pudo escribir algunas oraciones y mensajes a sus fieles, en los que siempre hablaba de la esperanza. Tras su liberación escribió numerosos libros, lo que le llevó a “ser para los hombres de todo el mundo un testigo de la esperanza” (SpS 32 y 34).

Ellos y muchos otros santos, como María, han llevado su cruz a cuestas, han seguido a Cristo, y hoy son estrellas en el cielo para nosotros, que nos enseñan a creer, a amar y a esperar en el Señor.

VER. Partiendo de la vida

1. Mostrar hechos de vida en los que haya sido luz de Cristo allí donde me encontraba; en mi trabajo, en la facultad, en mi familia…o por el contrario aquel momento en que escondí mi luz interior a los demás.

2. Seguro que alguna vez han sido para mí luces de esperanza personas que tenía cerca como mis padres, mis hijos, profesores, amigos, algún sacerdote…; puedo describir brevemente cómo el testimonio de estas personas ha afianzado mi esperanza.

3. Un hecho de vida puede ser alguno de los momentos en los que haya sentido miedo o haya vacilado, y cómo el apoyo y el ejemplo de nuestra madre la Virgen María me han dado esperanza. Puedo mostrar con algún hecho de vida cómo es mi relación con la Virgen: si recurro a Ella como apoyo a mi esperanza, si la tengo como modelo; si mi devoción es realmente profunda o más bien rutinaria o superficial.

4. También puedo exponer cómo la vida y el testimonio de algún santo ha iluminado algún aspecto de mi vida, en momentos de turbación o dificultad.

JUZGAR. Iluminación desde la fe

A) Sagrada Escritura

• Al comienzo de su misión como Madre de Dios, María es animada a no tener miedo (Lc 1,30). Contra toda esperanza creyó y aceptó el plan de Dios (Lc 1,38). Al pie de la Cruz María recibe a Juan como su nuevo hijo (Jn 19,25-27) y después espera la vuelta de Jesús perseverando en oración junto con los apóstoles (Hch 1,14).

• En el Apocalipsis se nos presenta la figura de la Mujer, amenazada pero victoriosa (Ap 12,1-17), signo de María y de la Iglesia.

• Nos alegramos con la esperanza de tener parte en la gloria de Dios incluso en las pruebas (Rom 5,1-11; Hch 5, 40-42). Jesús invita en muchas ocasiones a no tener miedo a las persecuciones, porque Él está con nosotros en cualquier circunstancia (Jn 14,27; Jn 16,1-4; Jn 16,33). Los mártires son quienes han perseverado con Cristo en la tribulación (Ap 6,9-11; 7,9-17).


B) Magisterio

• En los números 49 y 50 de la encíclica Spe Salvi, Benedicto XVI nos presenta la trayectoria de la Virgen María. Todo el capítulo VIII de la Constitución dogmática Lumen Gentium está dedicado a la Virgen María, quien ocupa “tal vez el lugar más próximo a nosotros” (LG 54). Ella ejerce sobre cada cristiano su maternidad espiritual (LG 61) y nos antecede con su luz (LG 68-69).

• En otros números nos habla de otros testigos de la esperanza (SpS 3. 28-29. 32 y 34. 37). La veneración a los santos supone tomar su vida como ejemplo y pedir la ayuda de su intercesión (LG 49-51).

• La Virgen María es el icono de la Iglesia (CEC 971-972); los discípulos de Cristo debemos recibirla como Madre (RMa 38-41) y cultivar nuestra dimensión mariana (RMa 45-46). María, entre todos los testigos de esperanza, saboreó por la fe los frutos de la Pascua (PF 13).

• Cristo nos lleva a María porque no quiere que caminemos sin una madre (EG 285); como Madre de todos, es signo de esperanza (EG 286); como Estrella de la nueva evangelización, el papa Francisco le pide que interceda por nosotros y nos ayude a resplandecer en el testimonio con nuestros hermanos para que ninguna periferia se prive de la luz del Evangelio (EG 287-288).

• La Iglesia dirige su mirada a María, madre de la esperanza (EE 122-125) y se fija también en el ejemplo de los mártires y los testigos de la fe (EE 13-14), que son portadores de luz en la historia (DCE 40). “Recuperar el tesoro” del rezo del rosario (RVM 43).

ACTUAR. Compromiso apostólico

Este último tema debe ayudarnos a recurrir a la Virgen María para reforzar nuestra esperanza. Podemos asumir como compromiso el rezo del rosario de forma renovada, cambiando la rutina en la que hayamos podido caer por una profunda contemplación de los misterios del Señor mientras rezamos.

Para poder seguir el ejemplo de tantos mártires y testigos de la fe, es necesario conocer sus vidas. Puedo leer sus obras o alguna biografía, que me permita apreciar la esperanza que sostenía su vida. Otro compromiso podría consistir en hacer una lectura reposada de los evangelios de la Infancia, fijándonos en las actitudes de Nuestra Señora en cada momento: de humildad, de total confianza en Dios, de entrega sin reservas, de mantener siempre la esperanza… y pedirle a Ella que nos ayude a hacerlas nuestras.

Como grupo podemos preparar o colaborar en algún acto mariano en nuestra parroquia o vicaría, con el objetivo de profundizar en nuestra relación con la Virgen. Igualmente es bueno ofrecerse para revitalizar actos marianos que ya existen, como romerías o el rezo del rosario, tanto en la parroquia como en Acción Católica.

Muchas veces hace falta dar a conocer la figura de tantas personas que han permanecido fieles a Cristo en medio de la persecución o la dificultad. Podemos organizar en la parroquia el pase de alguna película o documental, o bien alguna charla sobre alguno de estos testigos y ayudar a que los relacionemos con nuestras propias dificultades como creyentes.

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