Temarios de la Acción Católica General de Madrid
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LITURGIA: LA VERDAD REVESTIDA DE ORACIÓN - Curso 2013/2014

MOTIVACIONES

El 4 de diciembre de 1963 se aprueba la Constitución Apostólica Sacrosanctum Concilium. En ella, los padres conciliares se proponen "acrecentar de día en día entre los fieles la vida cristiana, adaptar mejor a las necesidades de nuestro tiempo las instituciones que están sujetas a cambio, promover todo aquello que pueda contribuir a la unión de cuantos creen en Jesucristo y fortalecer lo que sirve para invitar a todos los hombres al seno de la Iglesia." (SC 1). La liturgia es la acción del Pueblo Santo que, presidido por los Apóstoles en el nombre del Señor, realizan la salvación que predican.

Con motivo de los 50 años de la promulgación de esta Constitución Apostólica, desde el Consejo Diocesano de la Acción Católica General de Madrid, queremos proponer el estudio de la misma como medio para renovar nuestra vida cristiana, siempre necesitada de conversión. Santificación, renovación, comunión y misión; en estos cuatro términos podemos resumir la finalidad marcada en el primer número de la Sacrosanctum Concilium citado arriba. Estas cuatro finalidades, expresadas por los padres conciliares, nos hablan también del fruto que nosotros esperamos alcanzar con la campaña de este año.

En primer lugar, que se acreciente en nosotros día a día la vida cristiana. Esta vida es Jesucristo mismo, nuestro Señor, vivo y lleno de gloria, sentado a la derecha del Padre. Él, lejos de olvidarse de los hombres, permanece a nuestro lado. La acción litúrgica es un lugar privilegiado para reconocer esta presencia. La liturgia marca los hitos fundamentales de nuestra vida: nuestro Bautismo, seguido del resto de la iniciación cristiana con la Confirmación y el acceso a la participación plena en la Eucaristía; el Matrimonio o el Sacerdocio de tantos que nos han acompañado; la Reconciliación y la Unción por la que el Señor nos ha fortalecido y sanado. En la liturgia renovamos cotidianamente Su Vida: en la Eucaristía dominical y cotidiana, en la frecuente Reconciliación, en el rezo de la Liturgia de las Horas...

En segundo lugar, esperamos que crezca el conocimiento que cada uno de nosotros tiene de los ritos y su significado y de nuestras tradiciones. En ellas podemos encontrar un gran tesoro que nos lleve a una participación cada vez más activa y fructuosa. La liturgia no puede ser para nosotros un lenguaje incomprensible. Conocer la liturgia, sus ritos y expresiones no nos ha de llevar a formalismos sino, por el contrario, a una conciencia más profunda del Misterio que se revela en ella.

En tercer lugar, la liturgia es lugar de comunión. Llevándonos a Cristo nos une en un solo cuerpo y un solo espíritu. Siendo la acción del Pueblo Santo, la liturgia va configurando dicho pueblo uniendo a él nuevos miembros y haciendo de nosotros templo del Espíritu Santo. La liturgia es la acción de Cristo, esta acción es Caridad y crea la caridad de Cristo en nosotros. El mandamiento del amor, no nace de una decisión personal o de un entrenamiento ascético, sino que se recibe del mismo Señor, por el don del Espíritu Santo. El estudio de este tema ha de unirnos a la Caridad de Cristo para que la comunión en la Iglesia, en nuestras parroquias, entre nosotros, sea signo de la verdadera vida cristiana.

En cuarto lugar, la liturgia refleja la gloria del Padre y es, por sí misma anuncio del Evangelio para los que están lejos. La belleza de la liturgia es expresión del misterio del que es la misma Belleza y mueve al hombre al asombro por bienes espirituales tan grandes que nos han sido dados. Acercar a los hombres a los Misterios y ayudarles a conocer lo que en ellos se realiza es conducirles a Él, para que vean a Jesús (cf. Jn 12,21). De la liturgia salimos con el corazón encendido tras escuchar el envío misionero: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio” (Mc 16,15).

Ponemos el fruto de esta campaña en manos de nuestra Madre, la Virgen María. “En Ella, la Iglesia admira y ensalza el fruto más espléndido de la Redención y la contempla gozosamente, como una purísima imagen de lo que ella misma, toda entera, ansía y espera ser” (SC 103).

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LA LITURGIA, OBRA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

“Pues de su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia” (Jn 1,16)
OBJETIVO

Reconocer la acción trinitaria en la liturgia y aprender a vivir su dimensión de misterio.

INTRODUCCIÓN

Desde antiguo el hombre tiene necesidad de comunicarse con Dios. Las primeras civilizaciones ofrecían sacrificios a los dioses para ganarse su favor y obtener buenas cosechas o librarse de peligros. En el trance de la muerte, en la batalla ante los enemigos y en todos los momentos importantes, aparecen seres superiores que dan explicación al misterio de la vida y sus avatares y, sobre todo, aparece en germen una cierta idea de “reparación”, el hombre necesita ponerse a bien con dios. Estas civilizaciones generaron una “liturgia”, una forma de celebración de estos encuentros con los dioses.

Israel, el pueblo escogido por Dios, va recibiendo la revelación por medio de su palabra y de los acontecimientos históricos y los textos sagrados van anticipando progresivamente la verdad de Dios y del hombre. El hombre anhela la comunión con Dios, tiene ansia de eternidad y no hay sacrificio válido que ofrecer al Señor a cambio. Muchas escenas del Antiguo Testamento recuerdan esta realidad. Abrahán subiendo al monte para entregar a su hijo, que es sustituido por un carnero, que el mismo Dios provee para indicar que no es el hombre quien está capacitado para ofrecer la víctima agradable a Dios. También es un símbolo recurrente el lugar del encuentro con Dios, primero la tienda y después el templo, que no pueden contener la inmensidad de Dios (“…no habita en templos construidos por manos humanas”, Hch 17,24)

Con el paso del tiempo, se va prefigurando lo que será la auténtica liturgia que tiene su fuente y su destino en la verdad trinitaria de Dios. La vida de la Trinidad divina es el origen de la creación y fuente de todos los dones. La vida trinitaria es el origen del plan de salvación, de la verdadera Redención. Toda celebración litúrgica, y sobre todo la Eucaristía, manifiesta la voluntad amorosa del Padre que dona a su Hijo, la actualización del misterio de Cristo y la acción del Espíritu Santo. Se trata de un camino de ida y vuelta: el Padre por amor a su criatura dona al Hijo, que se hace uno de nosotros, hasta la muerte. Por su Resurrección, abre las puertas al don del Espíritu Santo, que actúa en nosotros haciéndonos comprender el misterio de Cristo, para adherirnos a Él (por la liturgia) y llegar así a la gloria del Padre. Los antiguos anhelos del hombre son así colmados.

Este es el único culto razonable, no puede haber otra víctima, no puede haber otro sacrificio, no puede haber otro templo que el mismo Cristo. “Jesús contestó: Destruid este templo y en tres días lo levantaré” (Jn 2,19). En la liturgia cristiana es Dios quien toma la iniciativa, y comunica sus dones a sus criaturas, consistentes en su propio Hijo encarnado, que a su vez es Verbo Divino, comunicación activa, y su Espíritu Santo, que acompaña al hombre en su caminar. El misterio pascual de Cristo: su sufrimiento, su muerte, su sepultura y su resurrección no son acontecimientos del pasado. Sucedieron en un momento de la historia, pero trascienden el tiempo y se mantienen presentes hasta la consumación de los tiempos. La Iglesia recibe el Espíritu Santo en Pentecostés con el encargo de anunciar el acontecimiento Pascual, pero sobre todo de hacer presente a Cristo por el poder del Espíritu en las acciones litúrgicas de las comunidades cristianas. La liturgia, como obra del Espíritu Santo, es “fuente y cumbre de toda la vida cristiana” (LG 11).

La alusión a la Trinidad en todas las celebraciones litúrgicas y en especial en los sacramentos es constante. Al comienzo de la misa se entona el Gloria, himno trinitario y la plegaria eucarística termina con la doxología “por Cristo… a ti Dios Padre…en la unidad del Espíritu Santo…”. En el Bautismo se derrama el agua “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, y así en toda ocasión.

Asistimos, pues, al mayor misterio de nuestra vida, el Espíritu nos capacita para unirnos a la Pascua de Cristo y ser parte de su Cuerpo, la Iglesia, y nos anticipa así nuestro verdadero destino, la contemplación del rostro del Padre, “éste es el misterio de nuestra fe”.

Sin embargo muchos cristianos a menudo participamos en las celebraciones litúrgicas de forma anodina y rutinaria, porque no comprendemos la profundidad del misterio en el que penetramos, que nos hace partícipes de la comunidad trinitaria de amor. Este sentido de “misterio”, de estar participando en algo muy grande, de acudir a la presencia de Dios, que tenían los hombres primitivos en sus ritos, lo hemos perdido los conocedores de la verdadera liturgia. Tenemos, pues, que volver a los fundamentos de nuestra fe, y recuperar la actitud de los conversos para que nuestros frecuentes encuentros con Dios en las celebraciones litúrgicas no nos arrebaten la capacidad de asombro, de emoción, de “temor de Dios”, de comunión con los hermanos que participan con nosotros y la necesidad urgente de comunicar nuestra experiencia a los demás.

La participación en la vida trinitaria (misterio de amor) debe llevarnos también a vivir este amor en nuestra actividad cotidiana. Cada celebración litúrgica debe conducirnos al amor a nuestros familiares, compañeros de trabajo, vecinos y a todos los hombres. Pero también amor a nuestro trabajo, a nuestras dificultades cotidianas.

VER. Partiendo de la vida

1. Presentar hechos de mi vida en los que he participado en celebraciones litúrgicas desganado o ausente, evadiéndome del misterio y de la trascendencia de la celebración. Por el contrario, hechos de vida en los que he podido disfrutar de la celebración con auténtico asombro y verdadera emoción por sentirme invitado a este encuentro con el Señor, comprendiendo la trascendencia del misterio en el que estaba participando.

2. ¿Soy consciente de que todo en la eucaristía gira en torno a la Trinidad: al Padre, en el Hijo, por el Espíritu Santo? ¿Rezo el himno del Gloria como auténtica alabanza al Dios uno y trino, o me limito a recitar una oración aprendida? Ilustrar con hechos de vida.

3. Puedo contar hechos de mi vida en los que he podido transmitir a otros la grandeza de participar en celebraciones litúrgicas y he animado a que me acompañaran a alguna de ellas.

4. Mostrar con hechos de vida cuál ha sido mi actitud cuando he participado en celebraciones centradas en lo accesorio o superficial, como alguna boda, primeras comuniones o funerales.

JUZGAR. Iluminación desde la fe

A) Sagrada Escritura • El misterio de amor trinitario se comunica al hombre (Jn 14,23-26).

• Jesucristo se hace presente en las celebraciones litúrgicas (Mt 18,20).

• El hermoso himno de la carta a los Efesios que rezamos en las vísperas nos recuerda el plan de salvación de Dios y cómo nos da a conocer su misterio (Ef 1,3-10).

• El Génesis nos narra el sacrificio de Abrahán (Gén 22,1-14).

• Sobre la construcción y significado del templo en Israel podemos leer 2 Crón 2,1-9.

• El salmo 40 anticipa la idea de que la ofrenda agradable a Dios es hacer su voluntad, y evoca todo él la figura de Cristo.

• Cristo se nos revela como el verdadero lugar de encuentro con el Padre (Jn 2,19-22).

B) Magisterio

• Los puntos 2, 5 y 10 de SC sitúan la liturgia en relación a Cristo y su obra redentora.

• Los puntos 1077 a 1112 del CEC indican específicamente la acción trinitaria en la liturgia. Son especialmente significativos los puntos 1082 y 1085.

• La carta encíclica Ecclesia in Europa del beato Juan Pablo II en sus puntos 69 a 71 nos introduce en el sentido trinitario de la liturgia y en la dimensión mistérica de la celebración.

• También será aconsejable repasar la encíclica del beato Juan Pablo II Ecclesia de Eucharistia. El punto 8 resume admirablemente la dimensión trinitaria y cósmica de la eucaristía.

ACTUAR. Compromiso apostólico

Individualmente podemos comprometernos a considerar especialmente la dimensión trinitaria en nuestras celebraciones litúrgicas, poniendo especial atención a cómo hacemos la señal de la Cruz o recitamos el “Gloria” al comienzo de la misa.

Otro compromiso podría consistir en intentar tener la actitud de los recién bautizados de las primeras comunidades cristianas: asombro y agradecimiento por poder participar en la liturgia, y valorar todas y cada una de las eucaristías que celebramos.

También podemos asumir alguna actividad que muestre cómo el amor de Dios, del que participamos en la liturgia, nos impulsa a amar a los demás, por ejemplo: acompañar a ancianos o enfermos que de otra manera no podrían ir a misa o llevar un grupo de oración dirigida al término de alguna eucaristía.

Como compromiso de grupo, podemos proponer en la parroquia dar una charla a los grupos de preparación a los sacramentos (Matrimonio, Bautismo, etc.) para explicarles toda la trascendencia de la celebración.

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LA LITURGIA, EJERCICIO DEL SACERDOCIO DE CRISTO

“Por medio de Él, ofrezcamos continuamente a Dios un sacrificio de alabanza” (Heb 13, 15)
OBJETIVO

Unir el sacrificio de la vida del cristiano a la oblación de Cristo al Padre, siendo conscientes de que ésta se actualiza en la Santa Misa.

INTRODUCCIÓN

Para adentrarnos en lo que significa nuestra participación en el único sacerdocio y sacrificio de Cristo tendremos que quitar algunas ideas preconcebidas que tal vez tenemos como asumidas y normales; por ejemplo, pensar que un sacrificio implica de un modo u otro una privación o que la liturgia es básicamente incienso, rúbricas y casullas.

La palabra “sacrificio” proviene del latín y significa ‘hacer santo’, sacrum facere. Por lo tanto, hacer santo algo no implica una pérdida sino que la cosa sacrificada tiene a partir de entonces una significación nueva. Este valor añadido, sin embargo, no se lo puede dar el oferente, sino que necesariamente proviene de aquel a quien se ofrece el sacrificio. Es Dios quien convierte la ofrenda en un sacrificio, en algo santo. En el Antiguo Testamento, la oblación presentada a Dios tenía que ser consumida por un fuego venido del cielo que se custodiaba celosamente (cf. Lev 9,24; 1 Re 18,38; 2 Crón 7,1), fuego venido del cielo que sacrifica lo que toca y que velada y proféticamente aludía al don del Espíritu Santo, como se manifiesta en el Nuevo Testamento.

Pero, ¿qué se sacrifica en el Nuevo Testamento y quién lo hace? Jesús, designado como Sumo Sacerdote en la carta a los Hebreos (cf. Heb 3,14), no provenía de linaje levítico y los evangelios no testimonian que ofreciera sacrificios. Sin embargo, según refiere Heb 10,5ss fue auténtico y verdadero sacerdote; es más, el único sacerdote real, porque lo propio del sacerdote de cualquier religión es ofrecer dones y sacrificios a Dios y hacer de mediador entre Éste y los hombres y eso es precisamente lo que hizo Jesús a lo largo de toda su vida y el único que lo hizo de modo eficaz y de una vez para siempre por medio de su cuerpo (cf. Heb 10,10).

La obra sacerdotal de Cristo, adquiere una eficacia nueva con la Encarnación – que le prepara un cuerpo (cf. Heb 10,5) – y se prolonga durante toda su vida, teniendo como culmen y consagración su Pasión, Muerte, Resurrección y Ascensión. Lo que Jesús ofrece en su ministerio sacerdotal es toda su vida en obediencia al Padre, traduciendo así el misterio divino a categorías humanas y reconciliando nuestra carne, herida por la desobediencia del pecado. Como dice SC 5: “en Cristo se realizó plenamente nuestra reconciliación y se nos dio la plenitud del culto divino”. Cristo sacrifica, por lo tanto, la naturaleza humana, que deja de ser débil, imperfecta y herida por el pecado, al ser llevada a la plenitud a la que estaba llamada desde el principio de la Creación: Jesús asume nuestra naturaleza para poder elevarla con la acción transformadora del Espíritu Santo y poder así hacernos a todos los bautizados partícipes de ese sacerdocio.

Sólo Jesús es capaz de realizar ese sacrificio porque sólo Él es puro e inmaculado, requisitos imprescindibles de cualquier oblación. A diferencia del sumo sacerdote judío que tenía que separarse del resto del pueblo con abundantes y específicos ritos de consagración y pureza para poder acercarse a Dios (cf. Lev 8), Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, se asemeja en todo a sus hermanos (cf. Heb 2,17), asumiendo nuestra carne, para que nos podamos beneficiar de los frutos de su sacrificio, sobreabundante y solidario con los hombres.

El sacrificio de Cristo purifica y libera, transformando desde el interior y permitiendo así, no una purificación temporal del pecado sino, la posibilidad de liberarnos del pecado ante futuras tentaciones. Es también un sacrificio de acción de gracias y de acción de gracias anticipadas, algo novedoso hasta ese momento. Cristo, en la Última Cena, da gracias a Dios, con la confianza plena de que será librado del peligro y de un modo admirable. Esta actitud de Jesús es algo que todo bautizado debe buscar ya que abrirnos así a Dios, con esa confianza y obediencia filial, hace que nuestra vida pueda ser un sacrificio continuo de acción de gracias.

La carne gloriosa de Cristo, que ha vencido la muerte, es el verdadero y único templo de Dios (cf. Ap 21,22). De esta carne, participa todo bautizado en la Eucaristía y nos capacita para hacer que nuestra vida sea un continuo sacrificio de acción de gracias a Dios: “todo cuanto hagáis, de palabra y de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por su medio a Dios Padre” (Col 3,17).

Por último, los bautizados participamos del sacerdocio de Cristo en la celebración de los sacramentos, la oración y acción de gracias y llevando una vida santa en el mundo (cf. LG 11). Somos consagrados por la unción del Espíritu Santo en el Bautismo, convirtiéndonos así en casa espiritual, llamados a ofrecernos como hostia viva, santa y grata a Dios, dando en todo momento testimonio y razón de nuestra esperanza (cf. LG 10). Esto se concreta en la docilidad filial a Dios y en la solidaridad fraterna con las personas ya que la alianza tiene dos dimensiones: vertical con Dios y horizontal con los hermanos.

Por eso, la liturgia para los primeros cristianos era la vida después del Bautismo, guiada por el Espíritu Santo. Toda la vida de Jesús y por lo tanto toda la vida del cristiano es una liturgia, por medio de la cual se santifica el propio cristiano y la misma creación. Y es que, la Eucaristía transforma e impregna toda la Creación: “el mundo nacido de las manos de Dios creador retorna a Él redimido por Cristo” (EdE 8) en la Eucaristía, que es el sacrificio que “un día ofreció el unigénito Verbo de Dios encarnado, ofrecido, hoy como entonces, por Él, siendo el mismo y único sacrificio” (DC 9).

VER. Partiendo de la vida

1. Puedo compartir con el grupo si, una vez que salgo de la iglesia, me olvido de lo que hemos celebrado hasta el domingo siguiente; o si vivo la misa de forma que me impulsa a hacer de mi vida una “ofrenda agradable a Dios” y es algo que me impregna toda la semana.

2. El Espíritu Santo es el que sacrifica. Puedo relatar situaciones en las que he vivido la acción del Espíritu Santo en mi vida, dinamizándola, animándola, liberándola, fortaleciéndola en circunstancias adversas, o por el contrario cómo, según dice el Papa Francisco, la tercera persona de la Trinidad es el gran ignorado en mi vida de fe.

3. Puedo mirar qué considero un sacrificio y como lo he reducido simplemente a hacer cosas que me cuesten o si entiendo como sacrificio todo lo que dé gloria a Dios con una concepción más amplia y rica.

4. Contar hechos de vida que muestren si vivo la Eucaristía como la verdadera actualización del sacrificio de Cristo y como un encuentro apasionante con una persona que transforma mi vida.

JUZGAR. Iluminación desde la fe

A) Sagrada Escritura

• La carta a los Hebreos contiene abundantes referencias: el sacerdocio de Cristo es el sacerdocio eterno (Heb 7,18-28); Cristo es la nueva alianza (Heb 8) y el nuevo templo (Heb 9).

• La novedad del sacrificio de Jesús es la acogida de la voluntad del Padre (Heb 10; Sal 39,6).

• Unida a Cristo, la existencia cristiana es radicalmente nueva (Col 3,1-17).

• El culto del cristiano es un culto espiritual que agrada a Dios (Rom 12,1-2).

• Cristo ha hecho de nosotros sacerdotes para Dios (Ap 1,6; 5,9-10; 1 Pe 2,4-9).

B) Magisterio

• La Lumen Gentium ofrece abundantes textos sobre este tema. En 10-11 habla del sacerdocio de los cristianos a partir del Bautismo, mientras que del 31 al 36 habla de la misión de los laicos, siendo especialmente interesante el punto 34.

• Cristo, con el único y definitivo sacrificio de la cruz, comunica la misión de ser sacerdotes de la nueva alianza a sus discípulos, formando un pueblo sacerdotal, que es la Iglesia (PDV 13).

• El Catecismo da luz sobre este tema en los números 783-786.

• La salvación se realiza en Cristo, que fundó la Iglesia para que todos se salven (SC 5-8).

ACTUAR. Compromiso apostólico

Como primer compromiso para profundizar en el tema del sacrificio y el sacerdocio de Cristo, sería bueno leer en profundidad la Carta a los Hebreos y pedirle a nuestro consiliario que nos explique algún pasaje que no se entienda bien. O puedo leer algún libro de Albert Vanhoye para profundizar en el tema del sacerdocio de Cristo, por ejemplo, Sacerdotes antiguos, sacerdote nuevo según el Nuevo Testamento.

El estudio o el trabajo están llamados a convertirse en sacrificios de alabanza. Puedo comprometerme a vivir “sacerdotalmente” esta tarea, dando incluso gracias anticipadas al Padre cuando se me presente alguna dificultad, como hiciera el Hijo en la Última Cena.

Como grupo, podemos ir a visitar a las Oblatas de Cristo Sacerdote, quienes viven toda su vida como un sacrificio íntimamente ligado al Sacerdocio de Cristo.

A semejanza de los justos de Sodoma (cf. Gén 18,23-33), podríamos concretar un día a la semana (o al mes) en el que todo lo que hagamos sea un sacrificio por la evangelización de nuestra diócesis.

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LA ACCIÓN DE LA IGLESIA EN LA LITURGIA. LA ASAMBLEA LITÚRGICA

“Vosotros sois sacerdocio real, pueblo adquirido para anunciar las alabanzas de Aquel que os ha llamado” (1 Pe 2,9)
OBJETIVO

Ser conscientes de que Cristo da a la Comunidad eclesial el privilegio de ser actores de la celebración, para participar de una forma activa, plena y fructuosa.

INTRODUCCIÓN

La palabra “iglesia” significa “asamblea reunida para dar culto a Dios”. Comunidad que es sacramento de salvación y que ejerce su función sacerdotal en medio del mundo y en favor de los hombres; y cuyo culto tiene como función principal celebrar la obra de Cristo. Él es el sujeto de la celebración o el actor principal de la acción litúrgica, ya que es su obra la que se actualiza. Y para realizar esta obra tan grande “Cristo asocia siempre consigo a su amadísima esposa la Iglesia” (SC 7). Por tanto, cuando afirmamos que la Iglesia es sujeto de la acción litúrgica, decimos que la Iglesia es sujeto asociado a Cristo. Cristo nos da el privilegio de ser actores de la celebración, sujetos de la misma.

Asimismo, cuando hablamos de la Iglesia como sujeto —cabeza y miembros— que celebra, ora y ofrece, nos referimos a la Iglesia local que celebra con su Obispo y al pueblo de Dios en su totalidad: es el “pueblo reunido por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (LG 4), “el Cuerpo de Cristo” (SC 26); que incluye, no sólo a los reunidos en cuanto conjunto de personas, sino también a todos los demás miembros de la Iglesia que no están presentes.

Esta es también la razón por la que los nuevos textos litúrgicos, a partir del Vaticano II, no hablan del sacerdote como del “celebrante”, sino de “celebrantes”, en plural, estableciendo una estructura dialogal, que no es sólo vertical (Dios-comunidad) sino también horizontal (presidente-lector, cantor, pueblo). Este poder celebrar, mejor dicho, “concelebrar”, brota o es virtud del Bautismo. Desde el Bautismo, el pueblo cristiano es “linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido” (1 Pe 2,9). Por ello, tiene “derecho y obligación de participar plena, consciente y activamente en las celebraciones litúrgicas” (SC 14). Lo exige "la misma naturaleza de la liturgia" (SC 14), que es acción del pueblo. De otra forma no sería acción litúrgica, sino devoción de uno o varios.

Ahora bien, la Iglesia no quiere que los fieles asistan a la liturgia “como meros espectadores”, sino que se dé una participación activa, plena y fructuosa de todo el Pueblo de Dios, una actuosa participatio (cf. SC 48), de tal manera que en la asamblea litúrgica no haya espectadores, sino sólo actores que toman conciencia del misterio que se celebra y de su relación con la vida cotidiana.

Cuando hablamos de participación activa corremos el peligro de pensar que tomar parte en la eucaristía consiste en hacer cosas, “poner en marcha al mayor número posible de gente y con la mayor frecuencia” (J. Ratzinger, El espíritu de la liturgia), e incluso crear nuestros propios símbolos e introducirlos en la liturgia, como si tuviéramos que hacerla entretenida o divertida. Si caemos en esta trampa estaremos cometiendo un error. La liturgia, lo hemos visto ya, es obra de la Trinidad y el Señor nos concede el privilegio de entrar en ella, pero no para deformarla a nuestro antojo o reducirla a nuestra medida. La liturgia no tiene como fin entretener o divertir sino introducirnos en el misterio pascual de Cristo. Participar en el culto litúrgico es ofrecer el sacrificio de nuestra obediencia al Padre, sometiéndonos a los diez mandamientos y a los consejos evangélicos; es centrarse en Cristo desde cada situación particular para encontrar en Él la respuesta. Participar en la liturgia es dejarse “instruir por la Palabra de Dios, reparar fuerzas en el banquete pascual, dar gracias a Dios y, en fin, ofrecerse uno mismo al ofrecer la Hostia inmaculada” (SCa 48).

También para que haya una fructuosa actuosa participatio, es necesaria cierta disposición interna que nos lleve a un estado de conversión continua. A esto pueden ayudarnos determinados actos externos como, por ejemplo, unos minutos de silencio interior antes de las celebraciones, guardar el debido ayuno, y por supuesto, siempre que lo creamos necesario, reconciliarnos con Dios a través del sacramento del Perdón. “Y, sin duda, la plena participación en la Eucaristía se da cuando nos acercamos también personalmente al altar para recibir la Comunión” (SC 55).

Los medios de comunicación social, especialmente radio y televisión, juegan un papel muy importante a la hora de brindar a enfermos, discapacitados o ancianos impedidos, la oportunidad de participar en la liturgia. Gracias a las retransmisiones de las misas dominicales, estas personas pueden tomar parte en la liturgia aun no pudiendo salir de casa. Pero, no debemos engañarnos, esta forma de participación sólo está indicada para las personas que, de ninguna manera, pueden desplazarse a la iglesia. En cualquier caso, ver la misa por televisión no suprime la obligación de asistir al templo a quien esté en condiciones de hacerlo (cf. SCa 57).

VER. Partiendo de la vida

1. Puedo presentar hechos de vida en los que haya experimentado la diferencia de cuidar o no la disposición interior antes y durante la celebración. Si he vivido la celebración con recogimiento, si he cuidado el ayuno y también si he revisado la necesidad de confesarme ante de participar en la comunión. O, por el contrario, ocasiones en las que la falta de disposición interior me ha impedido experimentar la gracia que Dios me transmitía a través de esa liturgia.

2. Puedo narrar un hecho de vida en que, a pesar de no sentirme preparado para recibir el Cuerpo de Cristo, me he acercado a recibirlo, y la razón que me ha llevado a hacerlo.

3. Mostrar con hechos de vida cómo la participación activa en la eucaristía no depende de lo que me mueva o de las cosas que me encarguen hacer, sino de formar verdadera y conscientemente parte del Misterio a través de la Palabra y del rito.

4. Puedo compartir con el grupo mi interés por conocer la simbología de las palabras, gestos y ritos litúrgicos, con el fin de gozar con mayor profundidad de la grandeza del misterio de Dios en su diálogo con el hombre, que se celebra en la liturgia.

5. Puedo llevar al grupo algún hecho de vida que explique por qué motivo colaboro o no en la celebración litúrgica, y en qué medida esto me ayuda a sentirme más sujeto y actor en la celebración.

JUZGAR. Iluminación desde la fe

A) Sagrada Escritura

• En virtud del Bautismo, el pueblo de Dios es parte activa en la celebración litúrgica (1 Pe 2,9).

• La Iglesia reúne en la asamblea litúrgica, no una élite de puros y perfectos, sino un pueblo de pecadores. Esto hace que cada miembro de la asamblea tenga que adoptar una actitud penitencial. Además, este culto debe ser un factor de unidad, que acoge por igual a todos, sin hacer acepción de personas (1 Jn 1,8-10; Rom 10,12; 1 Cor 11,30; 12, 4-11; Gal 3,28; Ef 4,11-16; Sant 2,1-4).

• El contenido esencial del culto cristiano es la Sangre de Cristo, la cruz, la Eucaristía, la acción de gracias, que invita a la adoración. La liturgia es opus Dei, es el amor infinito de Dios que salva a su pueblo (Jn 13,1; 2 Cor 5,19).

• Siguiendo a san Pablo, san Agustín afirma que quien come el pan consagrado y bebe el vino consagrado, sin adorarlos previamente, peca y recibiría la Eucaristía para su muerte y no para su vida eterna (1 Cor 11,26-29).

B) Magisterio

• Cuando hablamos de la Iglesia que celebra, ora, y ofrece, nos referimos a la Iglesia pueblo de Dios en su totalidad. La Iglesia es el pueblo reunido por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y el Cuerpo de Cristo (LG 4; SC 7 y 26). Por ello, el pueblo cristiano tiene "derecho y obligación de participar plena, consciente y activamente en las celebraciones litúrgicas" (SC 14).

• En el Magisterio podemos leer cómo todos los miembros de la asamblea litúrgica tienen parte activa en la celebración, cada uno según su función (LG 11; CEC 1140-1144, 1348).

• La participación en la liturgia es, más que una actitud externa, una toma de conciencia del Misterio y su relación con la vida cotidiana (SCa 52); la comunión sacramental comporta la plena participación (DD 44); pero puede haber participación fructuosa aunque no se pueda comulgar (SCa 55).

• La asamblea dominical es el lugar privilegiado de la unidad de la Iglesia (DD 36); en la liturgia, el misterio de la Iglesia es anunciado, gustado y vivido (DD 32).

• Los padres, ayudados por los catequistas, deben educar a sus hijos para la participación en la eucaristía (DD 36).

ACTUAR. Compromiso apostólico

Un buen compromiso sería enriquecer mi formación litúrgica, para poder gozar más del misterio que se celebra y, también, para poder ayudar a los demás a comprender el significado de tantos gestos y ritos.

Otro posible compromiso, podría ser prepararme antes de ir a la Eucaristía, no sólo las lecturas, sino también las oraciones y antífonas que se van a leer. Y, aún mejor, si reflexiono sobre alguno de los prefacios y plegarias eucarísticas.

Si soy catequista o padre de familia, un buen compromiso sería inculcar en los niños el deseo de ir a la iglesia, no a jugar o a “soportar” la misa, sino a estar con el Señor, que es su amigo; hacerles entrar poco a poco en el misterio, en el enorme don que para ellos es poder estar allí, ayudándoles con explicaciones y con mi propio deseo de ir a misa.

El papa Benedicto XVI nos invita a leer las vidas de los santos, para entrar en una visión completa del misterio de la Cruz y, por lo mismo, del misterio de la Liturgia. Como compromiso de grupo, podemos proponernos investigar sobre cómo celebraba algún santo, por ejemplo Sta. Teresa de Jesús, el misterio de la liturgia y, en la próxima reunión, exponer cada uno lo que más le ha llamado la atención.

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LA CELEBRACIÓN DE LA EUCARISTÍA

“Haced esto en memoria mía” (Lc 22,19)
OBJETIVO

Profundizar en el conocimiento de la celebración eucarística y reavivar el valor de la fidelidad a la tradición recibida.

INTRODUCCIÓN

La última encíclica que escribió el Beato Juan Pablo II tenía por nombre Ecclesia de Eucharistia, es decir, "la Iglesia (vive) de la Eucaristía". Ciertamente esta es una gran verdad, aunque para comprender plenamente la importancia que tiene la Eucaristía en la vida de la Iglesia es necesario contemplar las tres dimensiones o realidades de la celebración eucarística. Estas tres realidades se suceden, de modo que cada una lleva a la siguiente, de modo natural pero también necesario. La primera es el misterio, aquello en lo que creemos. Le sigue la acción, lo que celebramos, que nos pone en comunión con aquello en lo que creemos. Por último, la vida, ya que lo que celebramos nos da las fuerzas necesarias para transformar nuestro día a día.

San Pablo describe, en su primera carta a los Corintios, cuál es la fuente de la espiritualidad cristiana: que el Señor Jesús, la noche en que iba a ser entregado, partió el pan y dio a beber del cáliz, y se dio Él mismo en ellos, instituyendo la Eucaristía y haciéndola Sacramento de vida (cf. 1 Cor 11, 23-26). He aquí el misterio, la primera realidad de la celebración eucarística, y de la que brotan las demás. Las palabras de Jesucristo en la Última Cena ("Haced esto en memoria mía") inician un movimiento que los cristianos hemos sido llamados a continuar en el transcurso de los siglos. La naturaleza sacrificial de la Misa, expresada en las palabras del Señor, ha sido recogida claramente en la Instrucción General del Misal Romano. "Nuestro Salvador, en la Última Cena, instituyó el sacrificio eucarístico de su Cuerpo y de su Sangre, con el cual iba a perpetuar por los siglos, hasta su retorno, el sacrificio de la cruz y a confiar así a su Esposa, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección" (IGMR 2).

De este modo, la Iglesia recoge el mandato de su Esposo y se convierte en la encargada de velar para que la celebración cumpla su cometido: poner a los cristianos en comunión con aquello en lo que creemos, o más exactamente, ponernos en comunión con Aquél en quien creemos. Esta comunión es posible porque, en la Eucaristía, Cristo está verdaderamente presente; no nos da "algo", sino que "se da a sí mismo, ofrece su cuerpo y derrama su sangre, y entrega así toda su vida, manifestando la fuente originaria de su amor divino" (SCa 7). La incorporación a Cristo, que tiene lugar por el Bautismo, se renueva y se consolida continuamente con la participación en el Sacrificio eucarístico, sobre todo cuando ésta es plena mediante la comunión sacramental. Podemos decir que no solamente cada uno de nosotros recibe a Cristo, sino que también Cristo nos recibe a cada uno de nosotros. Él estrecha su amistad con nosotros: "Vosotros sois mis amigos" (Jn 15,14). Más aún, nosotros vivimos gracias a Él: "el que me coma vivirá por mí" (Jn 6, 57). En la comunión eucarística se realiza de manera sublime que Cristo y el discípulo "están" el uno en el otro: "Permaneced en mí, como yo en vosotros" (Jn 15,4). A través de la celebración eucarística Cristo nos da la comunión con Él, y por eso la Iglesia la considera como el "culmen" de la vida espiritual (cf. LG 11).

Forma parte también de la labor de la Iglesia garantizar que la celebración se mantenga siempre fiel a la tradición recibida. Puesto que la liturgia eucarística es esencialmente una acción de Dios que nos une a Jesús a través del Espíritu, su fundamento no está sometido a nuestro arbitrio ni puede ceder a la presión de la moda del momento (cf. SCa 37). En esto también es válida la afirmación indiscutible de San Pablo: "Nadie puede poner otro cimiento fuera del ya puesto, que es Jesucristo" (1 Cor 3,11). En ese sentido, cobran especial importancia las normas litúrgicas, que favorecen el sentido de lo sagrado y el uso de las formas exteriores que educan para ello, como, por ejemplo, la armonía del rito, los ornamentos litúrgicos, la decoración y el lugar sagrado. Todos estos elementos quedan ordenados en el Misal Romano, instrumento privilegiado por la gran riqueza de su contenido (cf. SCa 40), en el que se establecen no solo las oraciones que se deben rezar durante la Eucaristía sino también los ritos que el celebrante y los fieles deben llevar a cabo. Esto se recoge en las indicaciones escritas en color rojo, llamadas rúbricas. Es de vital importancia para el cristiano conocer y comprender qué se hace, quién lo hace, cuándo lo hace y por qué lo hace, para poder participar plenamente de la celebración eucarística.

Por último, la tercera dimensión de la celebración eucarística hace referencia a la transformación de la vida del cristiano. La exhortación apostólica Sacramentum Caritatis lo expresa con gran claridad: "La Eucaristía, al implicar la realidad humana concreta del creyente, hace posible, día a día, la transfiguración progresiva del hombre, llamado a ser por gracia imagen del Hijo de Dios" (SCa 71). El canal para la conversión de nuestra vida es la gracia, y no hay mayor fuente de gracia que la celebración eucarística, y la comunión del cuerpo y la sangre de Cristo. De este modo, aquello en lo que creemos es celebrado, dándonos la fuerza para ser cada día más fieles en el seguimiento e imitación de Jesucristo.

VER. Partiendo de la vida

1. Narrar hechos de mi vida que muestren con qué actitud acudo a la Eucaristía, si soy consciente de que ésta responde a una petición del propio Cristo y es fuente de gracia, o si voy por costumbre o rutina.

2. Puedo analizar cuál es mi formación sobre la celebración eucarística: si conozco la liturgia y me formo para entenderla mejor o si, por el contrario, le doy poca importancia porque en misa simplemente "me dejo llevar".

3. También es de gran importancia la fidelidad a la tradición que hemos recibido. Podría recordar algún momento en el que he descubierto que la Eucaristía no se estaba celebrando correctamente, según lo que la Iglesia nos enseña; o aquella situación en la que he participado en la preparación de la Eucaristía, y he tenido que preocuparme por este aspecto de la misma.

4. La Eucaristía nos ayuda a transformar nuestra vida. Puedo comentar en el grupo aquel momento en que me hice consciente de este cambio en mí, por mi asistencia asidua a la misma. También puedo exponer si en alguna etapa de mi vida mi alejamiento de la Eucaristía se ha reflejado en una mayor tristeza o sequedad espiritual.

JUZGAR. Iluminación desde la fe

A) Sagrada Escritura

• En el Antiguo Testamento encontramos varias prefiguraciones de la Eucaristía: el maná que alimenta al pueblo de Israel en el desierto (Éx 16,1-36), Melquisedec, que ofrece pan y vino como acción de gracias (Gén 14,17-24), Abraham ofreciendo a su propio hijo como sacrificio (Gén 22,1-19) y el cordero pascual que libra de la muerte al pueblo de Israel en Egipto (Éx 12,1-34).

• A lo largo de todo el discurso del pan de vida vemos a Jesús anticipando el sacrificio de la última cena a través de su propia persona (Jn 6).

• Las diversas lecturas sobre la institución de la Eucaristía pueden ayudarnos a profundizar en el misterio de la celebración eucarística (Lc 22,14-20; Mt 26,26-28; Mc 14,22-24; 1 Cor 11,23-29).

• Tras la Resurrección de Cristo, también encontramos referencias a la Eucaristía: los discípulos de Emaús le reconocieron "al partir el pan" (Lc 24,13-35) y los primeros cristianos siguieron fielmente el mandato de Jesús, llevando a cabo la "fracción del pan" (Hch 2,46-47).

• La carta a los Hebreos habla de la importancia de la nueva alianza frente a la ineficacia de los sacrificios antiguos (Heb 10,1-10).

B) Magisterio

• El Catecismo de la Iglesia Católica explica la institución de la Eucaristía en los números 1337 al 1440, y el mandato de Cristo para celebrarla en los números del 1341 al 1344.

• La Eucaristía es "misterio de fe" (SCa 6), en ella alcanza su máxima expresión la naturaleza sacramental de la fe (LF 44) y contiene en sí misma todo el bien espiritual de la Iglesia (EdE 1). Por ello, debe ser celebrada con gran dignidad y fidelidad a la tradición recibida (IGMR 16-18).

• La celebración eucarística permite al cristiano entrar en comunión con el propio Cristo, a través de su Cuerpo y de su Sangre (SCa 8.36). Y esto es así porque Cristo está siempre presente en su Iglesia, pero sobre todo en la acción litúrgica (SC 7). A través de la comunión eucarística, Cristo y el discípulo están "el uno en el otro" (EdE 22-23).

• El cristiano debe esforzarse por corresponder personalmente al misterio que se celebra, para lo cual debe conocer los ritos y su significado (SCa 64). Del mismo modo, debe valerse de una serie de expresiones externas que le ayuden a alcanzar la comunión con Cristo (EdE 49).

• Toda la vida cristiana se ve transformada por la asistencia frecuente a la Eucaristía: (SCa 70-71. 77). Ésta nos constituye en pueblo de Dios, llamado a dar testimonio (SCa 79. 85-86).

• La fidelidad a las normas litúrgicas demuestra un profundo amor a la Iglesia (EdE 52) y no admite cambios (SC 22).

ACTUAR. Compromiso apostólico

El compromiso de este tema puede ir dirigido a aumentar nuestro conocimiento y comprensión de la celebración eucarística. Podemos hacerlo asistiendo a algún curso o charla sobre liturgia, o leyendo algún libro sobre liturgia como por ejemplo, la exhortación apostólica Sacramentum Caritatis o la encíclica Ecclesia de Eucharistia.

También puede ser un buen momento para intentar mejorar nuestra vivencia de la Eucaristía, o bien aumentando la frecuencia con la que asistimos a la misma o bien mejorando nuestra disposición en ella o también haciéndonos conscientes de que lo que celebramos nos pone en comunión con lo que creemos, nos pone en comunión con Dios.

Otro compromiso podría consistir en renovar la forma en que me acerco a comulgar y darme cuenta cada vez de que ese es el momento en que Cristo y yo estamos el uno en el otro de una manera sublime.

A nivel de grupo, tal vez podamos asumir alguna responsabilidad en la celebración de la Eucaristía a la que asistimos habitualmente, ayudando al grupo de liturgia, al coro o al propio sacerdote en su preparación, para contribuir a que sea cada día más rica.

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LITURGIA Y BELLEZA

“Pablo y Silas oraban cantando himnos a Dios” (Hch 16,25)
OBJETIVO

Despertar la sensibilidad para valorar la importancia de lo bello y lo elegante en nuestras celebraciones y procurar que siempre estén presentes en ellas.

INTRODUCCIÓN

Liturgia y belleza. Dos términos que parecen hechos el uno para el otro, aunque pocas veces pensemos en ello. Nos hemos acostumbrado a la liturgia, es para nosotros algo tan habitual que no nos damos cuenta de cómo es. La liturgia en sí es bella. Su belleza deriva de “su capacidad de dejar transparentar el gesto de amor cumplido por Jesús” (P. Marini, Liturgia y belleza). No hay nada más bello que el amor y en la liturgia celebramos la locura de amor de Dios por el hombre. Todo es bello en la liturgia, cuidada por la Iglesia con tanto mimo a lo largo de los siglos, y todo ha de seguir siendo bello en la liturgia. Nos referimos ahora, no al misterio de amor y belleza que se nos acerca hasta tocarnos durante las celebraciones eucarísticas, sino a lo que el Señor deja en nuestras manos al invitarnos a formar parte de su alabanza.

Los detalles que dependen de nosotros, en la celebración litúrgica, han de estar, debemos procurarlo así, a la altura del acontecimiento. Los lectores no deben limitarse a leer sino que deben ser auténticos proclamadores de la Palabra y valorar el hermoso encargo que han recibido de anunciar a sus hermanos lo que el Señor dice. Los movimientos en el presbiterio deben ser medidos y discretos, llevados a cabo desde el más profundo respeto al espacio sagrado: “Quítate las sandalias de tus pies, pues el sitio que pisas es terreno sagrado” (Éx 3,5). Nos encontramos en el lugar concreto al que el Señor va a bajar en el momento cumbre de la celebración y en el que se quedará durante un tiempo: no podemos profanarlo con prisas, gestos bruscos, o lo peor de todo, indiferencia. De la misma manera, cuidar el estado de los ornamentos, los libros litúrgicos, los cálices… Reservar lo más bello, lo más limpio, lo mejor que tenemos para el Señor.

La música, por otra parte, es un capítulo importante al tratar de subrayar la belleza de la liturgia. Ante el misterio nos quedamos sin palabras. Lo inefable suscita el silencio y, cuando no es posible callar, el canto. El canto nos conduce de la profundidad del silencio a las alturas, es lo propio del cielo y nos une a la alabanza celestial. La música ha sido litúrgica desde siempre. Ya en el libro del Éxodo aparece como medio para alabar a Dios después de la hazaña del Señor en el mar Rojo contra los egipcios: “los israelitas entonaron este canto al Señor” (Éx 15,1). El rey David compuso el libro de los Salmos, verdadero cancionero litúrgico de la Biblia. El propio S. Pablo nos habla numerosas veces del canto en la asamblea litúrgica. “Y en la Iglesia, fundada por el divino Salvador, ya desde el principio se usaba y se tenía en honor el canto sagrado (…) Ni siquiera en tiempo de persecución cesaba del todo la voz del canto de la Iglesia” (Pío XII, Musicae sacrae). El canto gregoriano (verdadero tesoro de la música sacra, recopilado por san Gregorio Magno en el siglo VIII) es, según S. Pío X, la música que mejor responde a las exigencias de la liturgia. A la par está la polifonía clásica con maestros tan insignes como Palestrina o nuestro Tomás Luis de Victoria.

En nuestras celebraciones cantamos pero, ¿cómo debería ser la música litúrgica? Ante todo, eso mismo, litúrgica, sin recurrir a músicas de inspiración profana, esas que nos hacen pensar en cantautores o dibujos animados…La música litúrgica tiende al mismo fin de la liturgia, es decir, la gloria de Dios y la santificación y edificación de los fieles. La gloria de Dios en primer lugar. No cantamos para entretenernos durante el rato que dura la comunión, ni para rellenar un momento silencioso de la ceremonia, ni siquiera para que resulte más bonita o más solemne. Cantamos para dar gloria a Dios. Dios nos ve y nos escucha. Ofrezcámosle lo mejor que tengamos, un canto digno, que hable de Él, con una música de calidad que deje entender el texto. Decía S. Cipriano: “Cuando nos reunimos con los hermanos y celebramos con el sacerdote de Dios el sacrificio divino, no podemos azotar el aire con voces amorfas ni lanzar a Dios con incontinencia verbal nuestras peticiones, que deben ir recomendadas por la humildad, porque Dios… no necesita ser despertado a gritos”.

En segundo lugar, la santificación y edificación de los fieles. Un canto que salga del corazón para llegar al corazón. Un canto que sea realmente la oración del que lo canta. Se multiplican así las probabilidades de que también se convierta en la oración de quien lo escucha. Un canto que disponga los corazones para recibir gracias del Señor. El canto es un instrumento privilegiado para entrar en contacto con el Misterio. Tanto cantando nosotros mismos como escuchando lo que otro canta, podemos experimentar casi palpablemente la presencia del Señor. Lo expresa de una forma muy bella S. Gregorio Magno cuando dice: “Si el canto de la salmodia sale del corazón, a través de él el Señor todopoderoso encuentra acceso al corazón, para derramar en los sentidos atentos, los misterios de la sabiduría o la gracia de la contrición”.

La belleza de la liturgia nos ayuda a adentrarnos en el misterio pascual, por medio del cual, Cristo nos congrega y nos atrae hacia sí. “La belleza, por tanto, no es un elemento decorativo de la acción litúrgica; es más bien un elemento constitutivo, ya que es un atributo de Dios y de su revelación. Conscientes de todo esto, hemos de poner gran atención para que la acción litúrgica resplandezca según su propia naturaleza” (Sacramentum caritatis 35).

VER. Partiendo de la vida

1.- Presentar hechos de vida que muestren mi actitud en las celebraciones eucarísticas: si voy con prisa y me contrarían cosas como utilizar incienso, hacer aspersión de agua en Pascua, un mayor número de cantos, porque alargan “tontamente” la misa; o si, por el contrario, vivo esos ritos con profundidad, como medio de acercarme más a Dios a través de los bellos gestos de la liturgia.

2.- ¿Procuro en mi parroquia que todo esté bien dispuesto para celebrar la Eucaristía: micrófonos enchufados y en buen estado, buenos lectores que proclamen la Palabra de Dios, velas encendidas? ¿Me presto enseguida para leer y lo hago con claridad y unción? Explicar con hechos de vida.

3.- Puedo analizar con hechos de vida mi actitud ante el canto litúrgico: “como no tengo oído ni buena voz, que canten otros”; me distraigo pensando lo bien o mal que se está haciendo, si están afinadas las guitarras; canto más fuerte o por delante de los demás… O bien, me uno al canto y lo convierto en mi oración; y si no puedo cantar, escucho en mi corazón y me uno de esa forma a la oración.

4.- ¿Pongo al servicio de la liturgia y de mi comunidad los dones que me ha dado Dios: canto si tengo buena voz, leo si lo hago bien, me ofrezco para ser acólito, para disponer las flores? Si sé coser o bordar, ¿he pensado alguna vez que puedo hacer un mantel, un purificador o un corporal? Ilustrar con hechos de vida.

JUZGAR. Iluminación desde la fe

A) Sagrada Escritura

• Al principio, vio Dios que todo era bello, que todo era bueno (Gén 1,31); el salmista expresa la gloria de Dios en clave de belleza: “te vistes de belleza y majestad” (Sal 104,1-2); la belleza de Cristo (Sal 45,33) es a la vez la del Varón de dolores ante el cual se ocultan los rostros (Is 56,2).

• El pueblo de Israel, liberado milagrosamente por Dios de los egipcios, canta un himno de alabanza a su Señor (Éx 15,1-20); los cantos con instrumentos acompañaron al Arca de la Alianza cuando fue conducida a la ciudad de David (2 Sam 6,5).

• En el libro del Éxodo, Dios explica a su pueblo los detalles acerca de la construcción del Templo, indicando la belleza y armonía de todo lo relativo al culto. (Éx 25).

• S. Pablo nos habla en sus cartas del uso de la música en el culto, en las primeras comunidades cristianas (Ef 5,18ss.; Col 3,16); alude en concreto a los que cantan el salmo (1 Cor 14,26).

• Los niños hebreos saludaron a Jesús como Mesías con cantos que han cristalizado en el Sanctus de la liturgia de la misa (Mt 21,9); también el texto del canto del Agnus Dei procede de la Escritura (Jn 1,29). Jesús mismo, en la Última Cena cantó los salmos (Mt 26,30).

B) Magisterio :

• El Concilio Vaticano II habla de la belleza como “la que pone la alegría en el corazón de los hombres”, “fruto precioso que une generaciones en un coro de admiración” (Mensaje del Concilio a los artistas 4). La constitución Sacrosanctum Concilium dedica un capítulo al arte sacro (SC 122ss) y otro a la música sacra (SC 112-121).

• Juan Pablo II considera al canto especialmente adecuado para la liturgia (DD 50). En su Carta a los artistas habla de que toda vida es una obra de arte (nº 2); de la relación entre bondad y belleza (nº 3); del arte como acercamiento muy válido a la fe (nº 6); de la belleza como clave del misterio y llamada a la trascendencia (nº16).

• En la exhortación Sacramentum caritatis, Benedicto XVI habla en varias ocasiones de belleza y música: relación entre belleza y liturgia (SCa 35 y 41); el arte al servicio de la celebración (SCa 41); la verdadera belleza es el amor de Dios y no es algo decorativo sino constitutivo de la liturgia (SCa 35); el pueblo canta las alabanzas de Dios (SCa 42).

• Pío XII en su encíclica Musicae sacrae, considera a la música como uno de los “grandes dones con que Dios ha enriquecido al hombre” (MS 2); la dignidad de la música litúrgica por su cercanía al culto (MS 8); la música hace más vivas y fervorosas las oraciones (MS 8). El artista cristiano, “impelido por el amor de Dios”, expone por medio de su arte las verdades en las que cree (MS 7).

ACTUAR. Compromiso apostólico

Puede ser este un tema muy favorable para asumir compromisos activos, dejando para otros temas los de formación y oración. Como primer compromiso, proponemos el gesto de quitarse el reloj al entrar en la iglesia para oír misa. Dejando fuera el tiempo mundano y las prisas, podemos concentrar toda nuestra atención en lo que se celebra.

Otro compromiso podría ser llegar a misa con diez o quince minutos de antelación y ofrecer mis servicios para las lecturas, para acolitar, para el canto o para que todo esté a punto. También puedo ofrecerme para enseñar a quienes puedan estar dispuestos para que aprendan a hacerlo.

Mi compromiso puede consistir en buscar canciones bonitas (y proponerlas al coro en caso de que existiera), de textos de la Escritura, litúrgicos o de oraciones de santos para aprenderlas y enseñarlas al resto de la feligresía.

Como compromiso de grupo, proponemos hacer una pequeña colecta para comprar un afinador electrónico que mantendrá nuestras guitarras siempre afinadas. Otro compromiso de grupo, extensible a todo el centro, puede ser empezar a aprender la llamada Misa de Angelis, de texto latino y música gregoriana, preciosa y que suele cantarse en celebraciones diocesanas o internacionales. De esta manera, subrayaremos la universalidad de la Iglesia, que toda ella unida canta a su Señor en una sola lengua (Aportamos en los apéndices textos, partituras).

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LA LITURGIA DE LAS HORAS

“Es necesario orar siempre, sin desfallecer” (Lc 18,1)
OBJETIVO

Profundizar en el rezo de la Liturgia de las Horas, como participación en la oración de Cristo ante el Padre, que orienta toda nuestra existencia hacia Él.

INTRODUCCIÓN

Si hemos tenido la oportunidad de participar en el rezo de alguna de las Horas con una comunidad de monjes o monjas en un monasterio, es fácil, por medio de las oraciones calmadas, los cantos gregorianos, que hayamos imaginado o nos hayamos preguntado cómo será la oración, la alabanza que la Iglesia del cielo reza permanentemente. Esa alabanza a Dios desde la Encarnación “resuena en el corazón de Cristo con palabras humanas de adoración, propiciación e intercesión: todo ello lo presentó al Padre, en nombre de los hombres y para bien de todos ellos” (IGLH 3). Jesús, al hacerse hombre, introdujo esa plegaria en la tierra y nos ofreció ejemplos de su propia oración. “Su actividad diaria estaba tan unida con la oración que incluso aparece fluyendo de la misma, como cuando se retiraba al desierto o al monte para orar levantándose muy de mañana, o al anochecer… el Divino Maestro mostró que era la oración lo que le animaba en el ministerio mesiánico y en el tránsito pascual.” (IGLH 4). Es decir, Jesús, en su vida mortal, es modelo y maestro de la oración, para pasar a ser, tras la Resurrección y en la gloria, intercesor de la plegaria y destino de la misma, Señor que recibe la alabanza en el cielo y en la tierra.

Ahora Cristo intercede por nosotros ante el Padre, donde ascendió después de resucitar, dando inicio al tiempo de la Liturgia. Sigue siendo el orante principal desde el cielo y nosotros somos los intérpretes y actores en la tierra. Somos, por nuestra participación en la liturgia, la continuidad de su oración en el tiempo y en el espacio, como lo fue, a partir de su Ascensión a los cielos, la primera comunidad cristiana. Estos primeros cristianos, tras la Ascensión de Jesús, entendieron el mandato del Señor de “orar siempre, sin desfallecer” (Lc 18,1), que consiste en hacer visiblemente lo que Cristo hace de forma invisible. En el libro de los Hechos de los Apóstoles podemos leer que se reunían siempre para orar (cf. Hch 1,14) reflejando, desde el principio, la realidad de la Iglesia, que es comunidad orante: “la oración pública y comunitaria del pueblo de Dios figura con razón entre los principales cometidos de la Iglesia” (IGLH 1). En los primeros tiempos de la comunidad apostólica existía un estrecho vínculo entre la oración cristiana y las llamadas “plegarias legales”, es decir, las prescritas por la Ley de Moisés que se rezaban a determinadas horas del día en el templo de Jerusalén. Las “plegarias legales” eran la de la mañana, cuando se disipa la noche con la luz del sol, y la de la tarde, cuando se hace de noche y se encienden lámparas. Los primeros cristianos no se limitaron a perpetuar la tradición judía, sino que fueron añadiendo elementos que fueron caracterizando su oración. Por ejemplo, asumieron el ritmo solar para el rezo de las horas pero con una nueva referencia: Cristo, la verdadera “luz del mundo”. Además de rezar el padrenuestro, por la mañana y por la tarde, los discípulos fueron descubriendo algunos salmos particularmente adecuados para determinados momentos del día, de la semana o del año, y reconociendo en ellos su relación con el misterio cristiano.

La Iglesia, cuando reza de esta forma, se asocia a la oración de Cristo, y continúa el canto de alabanza a Dios que “resuena eternamente en las moradas celestiales” (IGLH 3). Es decir, que la plegaria eclesial refleja en la tierra lo que el Hijo realiza ante el Padre en la gloria. La oración cristiana, de esta manera, tiene que reconocerse a sí misma como participación en la oración de Cristo. En palabras de San Agustín: “Cuando es el cuerpo del Hijo quien ora, no se separa de la cabeza, y el mismo salvador del cuerpo, nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, es el que ora por nosotros, ora en nosotros y es invocado por nosotros. Ora por nosotros como sacerdote nuestro, ora en nosotros por ser nuestra cabeza, es invocado por nosotros como Dios nuestro”. Cuando la Iglesia reza la Liturgia de las Horas, “es en verdad la voz de la misma Esposa que habla al Esposo, más aún, es la oración de Cristo con su Cuerpo al Padre” (SC 84). Es decir, en comunión con la Iglesia celestial, la Iglesia “que cree y ora” (DV 8) manifiesta su naturaleza propia, al ser sacramento universal de salvación (cf. LG 1).

Por lo tanto, en la oración de las Horas la Iglesia recibe la gracia santificante de Cristo, nos la comunica para nuestra salvación, y ejerce su sacerdocio bautismal. Y así, somos santificados, puesto que “la santificación humana y el culto a Dios se dan en la Liturgia de las Horas de forma tal que se establece aquí aquella especie de correspondencia o diálogo entre Dios y los hombres, en que «Dios habla a su pueblo... y el pueblo responde a Dios con el canto y la oración»” (IGLH 14). Es decir, la santificación del cristiano es obrada por el Espíritu Santo, cuya presencia en la Liturgia de las Horas es inefable y segura, precisamente por su carácter sacramental.

Por eso, cuando rezamos la Liturgia de las Horas, orientamos nuestra vida y sus quehaceres hacia el encuentro con el Señor, nos recuerda que nos dirigimos hacia Él. La Liturgia de las Horas contribuye a dar sentido a la vida humana, de forma que cada instante del día o de la noche se convierte en un signo de la presencia y del encuentro con el misterio de la salvación. De esta forma, la vida del cristiano se convierte en una vida que acoge la salvación en la historia y hace de la historia un tiempo propicio de santificación. Como escribe Pablo VI en la constitución apostólica Laudis Canticum, “la Liturgia de las Horas es santificación de la jornada”. Santificar la jornada, el tiempo, es dedicarlo al servicio de Dios, y por eso la Iglesia, reconociendo en el tiempo un don de Dios, lo ordena y lo regula hacia la santificación del hombre y la glorificación del Padre, poniendo en dependencia de Él toda nuestra existencia. Toda la vida del cristiano puede y debe ser un culto espiritual, una leitourghía (cf. Laudis Canticum), de forma que en los que celebran la Liturgia de las Horas, vida y plegaria van unidas. Así, ¡el día es memoria del misterio de Cristo!

Pero, además, la oración de las Horas es también una oración que asume y abarca en Cristo las plegarias de toda la humanidad. La oración de la Iglesia no conoce fronteras, porque no las conoce la mediación de Cristo: “La obra de la redención de los hombres y de la perfecta glorificación de Dios es realizada por Cristo en el Espíritu Santo por medio de su Iglesia, no sólo en la celebración de la Eucaristía y en la administración de los sacramentos, sino también con preferencia a los modos restantes, cuando se desarrolla la Liturgia de las Horas” (IGLH 13). Por eso, podemos decir con propiedad que en el rezo de las Horas hay liturgia: los hombres dan gloria a Dios y Dios santifica a los hombres por el Espíritu Santo que envía sobre ellos (cf. SC 5).

Tal y como nos indica Pablo VI, la Liturgia de las Horas “es oración de todo el pueblo de Dios”, no solo de clérigos y religiosos, sino también de los laicos. Por tanto, perseveremos en la oración de la Liturgia de las Horas, haciendo visible la plegaria que Cristo hace permanentemente ante el Padre, para que toda nuestra vida aprenda a ser oración. Como escribe Orígenes: “Ora sin cesar quien une oración a las obras y obras a la oración”.

VER. Partiendo de la vida

1. Recordar hechos de vida en los que el rezo de la Liturgia de las Horas me ha servido para reorientar una jornada, o un día mal llevado, o un disgusto, y para tomar conciencia de que hago las cosas para el Señor; o bien, hechos de vida en los que la Liturgia de las Horas me ha servido para sentirme unido a la Iglesia, para experimentar que pertenezco a un Cuerpo, que me anima, me acompaña, me alimenta.

2. En muchas ocasiones rezamos sin saber lo que estamos diciendo, pasamos por encima de lo que leemos… ¿me ha pasado con la Liturgia de las Horas que no la he vivido con una actitud sacramental, consciente de que hago presente a Cristo, de que hago visible el misterio de Cristo ante el Padre?

3. El elemento central de la Liturgia de las Horas son los salmos. Puedo recordar alguna ocasión en la que he reconocido a Cristo en algún salmo, y me he sentido muy unido a Él, o en la que he podido reconocer el sufrimiento o la alegría de alguien cercano en la oración de algún salmo.

4. El principio y el fin de cada día están marcados por dos actos de confianza en Dios que nacen de la Liturgia de las Horas: “Abre, Señor, mis labios” y “A tus manos encomiendo mi espíritu”. ¿Recuerdo algún momento en que empezar o cerrar así la jornada me ha servido para tranquilizarme y poner mi confianza en el Señor, para hacer un acto de fe y creer en Aquel que orienta mi vida?

JUZGAR. Iluminación desde la fe

A) Sagrada Escritura

• Desde antiguo el Señor pide al pueblo que vayan a Él en oración (Jer 29,12). Asimismo, podemos encontrar en el Antiguo Testamento referencias a la oración comunitaria: Salomón se pone delante del Señor en presencia de toda la comunidad Israelita (1 Re 8,22-53) y Esdras reza al Señor en nombre de todo el pueblo (Esd 9,6-15).

• En los salmos se hace referencia a la oración al comenzar el día (Sal 5,1-3), a la oración continua (Sal 119,164) y se nos invita a la alabanza (Sal 117).

• El Señor en su vida terrena fue modelo de oración, iba al templo al que llamó casa de oración (Mt 21,13) y a la sinagoga los sábados (Lc 4,16-19). Jesús, como maestro de oración, enseña a los discípulos el Padrenuestro (Mt 6,9-13), que deben orar siempre (Lc 18,1-8), les invita a estar en vela, orando en todo momento (Lc 21,34-36; Mt 26,40) y que Él está en medio de la oración comunitaria (Mt 18,19-20). Ahora intercede por nosotros ante el Padre (Rom 8,34).

• Los primeros cristianos, tras la ascensión, se reunían para orar (Hch 1,14; Hch 2,42; Hch 12,5), iban al templo a orar (Hch 3,1) y rezaban a determinadas horas (Hch 10,9; Hch 16,25). Pablo también nos llama a orar en todo momento (1 Tes 5,17-24; Ef 6,18-20; Col 4,2-5), con salmos, himnos y cantos (Ef 5,19-20), por medio de Cristo (Col 3,16-17) y por toda la humanidad (1 Tim 2,1-8).

B) Magisterio

• De la constitución apostólica Laudis Canticum de Pablo VI podemos destacar los párrafos en los que habla de “El cántico de alabanza de la Iglesia”, “La Liturgia de las Horas, complemento de la Eucaristía”, “El Oficio Divino es oración de clérigos, religiosos y laicos” (números del 1 al 3), “Oración sin interrupción”, “Oración de toda la familia humana”, “Oración de Cristo y de la Iglesia”, “Conocimiento de la Escritura” y “Relación entre la oración de la Iglesia y la oración personal”.

• La Introducción General de la Liturgia de las Horas (IGLH) dedica todo su Capítulo I a explicar la importancia de la Liturgia de las Horas u Oficio Divino en la vida de la Iglesia.

• El Catecismo habla de la Liturgia de las Horas destacando que es la oración pública de la Iglesia (CEC 1174), oración de todo el pueblo de Dios (CEC 1175), memoria del misterio de Cristo (CEC 1177), prolongación de la Eucaristía (CEC 1178), unión a Cristo por la oración (CEC 1196) y oración continua (CEC 2698).

• La Constitución Sacrosanctum Concilium muestra el Oficio Divino como la oración de la Iglesia con Cristo Sacerdote (SC 83-85), ordenada a santificar el día y la noche (SC 88-89), oración pública de la Iglesia, fuente de piedad (SC 90). En su número 100 recomienda a los laicos que recen el Oficio Divino.

• Juan Pablo II en la carta apostólica Novo Millennio Ineunte explica la importancia de aprender a orar para la pedagogía de la santidad (NMI 32) y de que nuestras comunidades lleguen a ser “auténticas escuelas de oración” (NMI 33).

ACTUAR. Compromiso apostólico

Como hemos visto en el tema, el rezo de la Liturgia de las Horas orienta toda nuestra existencia hacia Dios, por lo que podemos proponernos rezar alguna de las Horas mayores tranquilamente, siendo conscientes de que en ese momento estamos rezando unidos al resto de la Iglesia. Así nos ayudará a tomar conciencia de que todo lo que hacemos se dirige a Dios.

En caso de tener ya el buen hábito de rezar la Liturgia de las Horas, tras haber revisado en el transcurso del tema nuestra oración, podríamos mejorar esos aspectos que no van bien en nuestra oración, siendo más conscientes de que hacemos visible lo que Cristo hace ante el Padre.

Cristo “luz del mundo” es la lámpara encendida durante la oración de vísperas. Los cristianos al caer la tarde encendemos luces para recordarlo, por lo que se llama también lucernarium. Una muy buena costumbre es encender velas para el rezo de vísperas, por lo que un sencillo compromiso sería encender esas luces cuando rezamos al caer la tarde.

Puede ser un buen momento para una lectura espiritual sobre los Salmos, por la importancia que tienen en el rezo de las Horas. Hay multitud de libros, e incluso Juan Pablo II y Benedicto XVI nos han dejado preciosos comentarios en sus catequesis: Juan Pablo II, Laudes con el Papa y Juan Pablo II y Benedicto XVI Vísperas con el Papa.

Si ya tenemos alguna práctica en el rezo de la Liturgia de las Horas podemos ofrecernos a enseñar a alguna persona más o menos cercana.

Como compromiso de grupo podríamos asistir o promover alguna celebración de la Liturgia de las Horas, preferiblemente vísperas, siguiendo la recomendación de la SC 100 referente a que se procure celebrar comunitariamente los domingos y fiestas más solemnes. También podemos organizar o favorecer el rezo de vísperas en la parroquia especialmente en los tiempos litúrgicos fuertes.

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EL AÑO LITÚRGICO

“Hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús” (Col 3,17)
OBJETIVO

Descubrir la maravillosa catequesis que para cada cristiano supone el Año Litúrgico, realidad donde se hace presente la historia de la salvación centrada en el misterio de Cristo.

INTRODUCCIÓN

La Iglesia, Madre y Maestra, nos propone a todos los creyentes un ciclo de celebraciones a lo largo del año, a través de las lecturas de la Sagrada Escritura cuidadosamente elegidas para las celebraciones eucarísticas, centro de nuestra vida de fe. La vivencia que cada creyente hace de esta realidad, se convierte en la celebración y proclamación de la historia de la salvación constantemente actualizada en unión con todos sus hermanos.

“El tiempo litúrgico celebra sólo y siempre el misterio de Cristo como centro de la historia de la salvación” (El año litúrgico, Jesús Castellano). En efecto, estemos en la celebración anual que estemos, los cristianos no podemos desviar nuestra atención de esta verdad. No debemos buscar una simple “cronología de la salvación”. La organización cíclica a la que responde el año litúrgico se ha ido fraguando a lo largo de muchos años de experiencia viva atendiendo a numerosas realidades, como la atención cósmica, su raíz bíblica, algunas celebraciones del Antiguo Testamento o su dimensión cristológica y eclesial, y todo ello con el deseo del pueblo de Dios de celebrar su fe, fijar y precisar sus contenidos e incorporar los actos de inculturación que se han ido sucediendo.

De este modo, en un largo período de tiempo, se ha ido estableciendo la organización actual del año litúrgico. Se comenzó por la celebración del domingo y de la primera Pascua. Alrededor de la Pascua surgirá la celebración de Pentecostés y la Ascensión, así como la Cuaresma. Estamos en los siglos III y IV. También en este siglo se fijará la fiesta del Nacimiento de Nuestro Señor. Surgen en el siglo VI las fiestas de la Virgen, y en la Edad Media, la Trinidad y el Corpus. Será en el pasado siglo XX cuando se sumen las celebraciones del Sagrado Corazón, la Sagrada Familia o Cristo Rey del Universo.

Comienza el Año Litúrgico con el Adviento, celebración de la espera del Señor. Debe ser un tiempo de expectación piadosa y alegre durante el cual vayamos preparando nuestro corazón para celebrar la primera venida del Señor, en Belén de Judá, pero sin olvidarnos de su segunda venida, la Parusía, ante la cual todos nosotros debemos estar anhelantes. Debe ser el Adviento también un tiempo penitencial, precisamente para preparar adecuadamente nuestro corazón. Un tiempo misionero, en el que anunciemos a todos la venida del Salvador. Es el tiempo mariano por excelencia. Debemos tener como imagen en este tiempo a la Virgen María, maestra de todos en la vela y la espera, que en ella culmina con el canto del Magnificat.

En la fiesta de la Navidad recordamos, celebramos y hacemos presente que Dios irrumpe físicamente en la historia. Es un momento de paz, alegría y gloria. Nace el Príncipe de la Paz, como profetizó Isaías. El ángel saluda a los pastores con un saludo de paz y nosotros prolongaremos esta realidad hasta el 1 de enero (octava de Navidad). Es un momento de alegría plena. El Mesías, el Señor, esperado desde antiguo, ya está con nosotros. Y es un momento de Gloria, que envuelve a los pastores y que se posa sobre el Verbo Encarnado. En medio de nuestra sociedad, que ha convertido la Navidad en una celebración pagana de consumismo y alegrías infundadas, tenemos un mensaje claro que dar a nuestros contemporáneos: Dios se ha hecho hombre.

Se prolonga esta celebración del Tiempo de Navidad con la Epifanía y el Bautismo del Señor. En la Epifanía celebramos la manifestación del Señor, luz del mundo, a todos los pueblos, representados por los Magos venidos de Oriente. La salvación es posible para los gentiles. La salvación es posible para nosotros. En el Bautismo se manifiesta la Trinidad en todo su esplendor, y Juan, que había sido testigo misterioso de la Encarnación desde el vientre de Isabel, es ahora precursor y quien bautiza a Cristo, y vuelve a ser testigo de la presentación de Jesús como Mesías e Hijo Amadísimo.

La Cuaresma es camino de la Iglesia hacia la Pascua. Si durante cuarenta días el Señor ayunó y oró en el desierto, durante cuarenta días los creyentes nos preparamos para la Pascua. Es un tiempo de renovación y conversión interior, basado en la oración, el ayuno y la caridad. “La oración nos devuelve la comunión con Dios; la limosna y la caridad nos reconcilian con los hermanos; el ayuno…nos reconcilia con nosotros mismos” (El año litúrgico, Jesús Castellano).

Y llegamos al punto más importante de este tema y de nuestra vida de fe: La celebración anual de la Pascua del Señor. Nos dice la Congregación para el Culto Divino: “La Iglesia celebra cada año los grandes misterios de la redención de los hombres desde la Misa vespertina del Jueves «en la Cena del Señor» hasta las vísperas del domingo de Resurrección. Este período de tiempo se denomina justamente el «triduo del crucificado, sepultado y resucitado». En esta celebración…la Iglesia se une en íntima comunión con Cristo su Esposo”. San Jerónimo nos recuerda que “El Salvador de los hombres celebró la Pascua en el Cenáculo cuando dio a sus discípulos el misterio de su cuerpo y de su sangre, entregándonos así a nosotros la fiesta eterna del cordero inmaculado”.

El Viernes Santo es el día de la inmolación del Cordero. Celebramos la Pasión. Adoramos la Cruz. Se cumplió la profecía de Isaías acerca del Siervo del Señor. Después de un día de silencio, el sábado, la Vigilia Pascual es la Pascua del Señor y de la Iglesia, origen y raíz del año litúrgico (El año litúrgico, Jesús Castellano). Todo cobra sentido. Cristo ha vencido a la muerte y nos abre las puertas de la vida eterna.

Hasta Pentecostés, en que recibamos el Espíritu, celebramos de forma constante la Resurrección del Señor. El Aleluya resuena constantemente en nuestros labios y en nuestro corazón. Es un tiempo de alegría y júbilo: ¡Cristo ha resucitado!

Por último, el tiempo ordinario marca la presencia del Señor en el camino de la Iglesia. Para todos nosotros es tiempo de perseverancia, de profundización, de santificación, con el ejemplo concreto de los santos, celebrados de forma destacada, o con el ejemplo de la Virgen, a quien celebramos junto a su Hijo o de forma singular en las fiestas que dedicamos a nuestra Madre.

VER. Partiendo de la vida

1. Puedo presentar hechos de vida que muestren cómo vivo yo cada tiempo litúrgico. Si medito y rezo de la mano de las lecturas de las eucaristías, o si se me “escapan” esos tiempos por el torbellino que suponen los quehaceres de cada día.

2. La Pascua, nuestra mayor celebración, está unida a unos días de vacaciones al final del primer trimestre del año. ¿Influye esta circunstancia en mi vivencia del Triduo Pascual? ¿Estoy más pendiente de la agencia de viajes que de dónde y cómo voy a vivir estos misterios? Mostrar hechos de vida que ilustren este momento.

3. La repetición anual del Año Litúrgico puede envolvernos en una cierta rutina. ¿Caemos en ella o aprovecho esta vuelta cíclica para profundizar en aquellos aspectos que no viví con la suficiente intensidad el pasado año? Presentar hechos de vida que muestren mi realidad personal en este sentido.

4. El denominado Tiempo Ordinario es un largo período que transcurre durante la mayor parte del año. Sería bonito compararlo con los años “ocultos” de Jesús en Nazaret. El crecía en sabiduría, estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres (Lc 2,52). ¿Aprovecho yo este tiempo que me brinda el Año Litúrgico para crecer en mi fe? Presentar algún hecho de vida que muestre mi vivencia de este período de tiempo.

JUZGAR. Iluminación desde la fe

A) Sagrada Escritura

• Para el tiempo de Adviento, podemos meditar numerosos textos del profeta Isaías: 11,1-10; 40,1-5.9-11; 7,10-14; o la anunciación a María (Lc 1,26-38). Sobre la Navidad (Jn 1,1-18; Lc 2,1-14. 15-20).

• Los textos de Cuaresma nos hablan del perdón (Jn 8,1-11; Lc 15,1-3.11-32), la glorificación de Cristo (Mc 9,1-9; Jn 2,13-25) o el camino bautismal de la Iglesia (Jn 4,5-42).

• De la Pascua, el kerigma de la Resurrección (Mt 28,1-10; Mc 16,1-8 y Lc 24,1-12).

• En Pentecostés escuchamos: Jn 20,19-23. 15,26-27 ó 14, 15-16. En referencia a nuestra Madre: Lc 1,26-38 y 1,39-56.

B) Magisterio

• Para entender toda la teología que rodea al Año Litúrgico, debemos leer la Constitución Sacrosanctum Concilium del Concilio Vaticano II, números 102 al 111.

• En el Catecismo encontramos la vivencia eclesial del tiempo litúrgico (1166-1167); el año litúrgico y el santoral (1168-1173).

• El recuerdo de las maravillas de Dios que nos propone el Año Litúrgico debe ser motor de la vida religiosa del hombre (DD 16); el ritmo litúrgico de los domingos nos encamina hacia el domingo que no tiene fin (DD 37); y es alimento de la esperanza cristiana (DD 38).

• En el tiempo de Pascua celebramos ?Resurrección del Señor, los encuentros con el Resucitado, la Ascensión y la venida del Espíritu Santo (DD 20).

• La Iglesia ha distribuido a lo largo del año los misterios de Cristo (DD 77); también, durante el ciclo anual de la liturgia, recordamos a la Santísima Virgen María, a los santos y a los mártires (DD 78).

ACTUAR. Compromiso apostólico

Es este un tema muy amplio y los compromisos pueden ser de muy distinta índole. Por ejemplo, proponemos leer y meditar el evangelio de cada día, con uno de esos libritos que recogen e indican el tiempo litúrgico, la semana correspondiente del salterio, el santoral. Puede ayudarnos mucho a vivir las distintas etapas del año. También podemos comprometernos a asistir a alguna vigilia de Pentecostés, para celebrar la fiesta con más plenitud.

Además, podemos asumir un compromiso, un poco a largo plazo, concerniente a la vivencia del Adviento y la Navidad del próximo curso. Podría consistir en conocer más de cerca el proyecto del sector de jóvenes: “Redescubre la Navidad”, hacerlo nuestro y tener así una vivencia más auténtica de estos dos tiempos fuertes. O difundir con materiales sencillos lo esencial del año litúrgico (un ejemplo lo tenemos en el número 186 del YOUCAT).

Otro buen compromiso de formación sería leer la carta apostólica Misterii paschalis, de Pablo VI (aportamos este documento en los apéndices).

Como compromiso de grupo, proponemos organizarnos para preparar bien la próxima Navidad, por ejemplo, montando un belén parroquial que haga que pequeños y grandes penetren más en el misterio; o encargarnos de la decoración del templo y la parroquia para esos días. Esto también es posible en los tiempos de Adviento, Cuaresma y Pascua.

Otro compromiso de grupo podría ser ir todos juntos a la Vigilia Pascual y animar a nuestros familiares y amigos a acompañarnos, ya que es la gran celebración anual de los cristianos.

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EL DÍA DEL SEÑOR

“Este es el día que hizo el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo” (Sal 118,24)
OBJETIVO

Descubrir la radical importancia del domingo como día del Señor y todo lo que esto significa en la vida de la Iglesia más allá del precepto.

INTRODUCCIÓN

“Pasado el sábado, al rayar el alba, el primer día de la semana” (Mt 28,1) fueron las mujeres al sepulcro y se encontraron con que el cuerpo de Jesús no estaba. “Aquel mismo día” (Lc 24,13), Jesús se apareció a los discípulos que iban camino de Emaús y a los Apóstoles. El día de Pentecostés, cincuenta días después de la Resurrección también era domingo. Grandes acontecimientos ocurrieron pues, en este día de la semana y también ocurrirán: “El domingo es el día en que Cristo vendrá en su gloria” (Hch 1,11).

Desde los tiempos de los Apóstoles, cada ocho días los cristianos nos reunimos para celebrar el misterio pascual y así recordar la Pasión y la Resurrección de Jesucristo, dando gracias por ello. De esta forma, el domingo se diferencia del resto de los días constituyéndose como “fundamento y núcleo del año litúrgico” (SC 106) y como plenitud del sábado judío.

Los romanos llamaban a este día “el día del sol”. En distintas citas de los Evangelios se pueden encontrar referencias a Cristo en este sentido: “luz del mundo” (Jn 9,5), el “sol que surge para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte”. (Lc 1,78-79), “luz para iluminar a las naciones” (Lc 2,32). También en la liturgia se canta “Oh, día primero y último, día radiante y espléndido del triunfo de Cristo”. El domingo es el día en el que celebramos la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte; el día en que se cumple la primera creación y, al mismo tiempo, se inaugura la nueva creación.

El domingo la comunidad cristiana se reúne formando un solo cuerpo en Jesucristo. Como afirmaba Tertuliano, “nosotros celebramos cada semana la fiesta de nuestra Pascua” (De sollemnitate paschali, 7). Los primeros cristianos notaron desde el principio el efecto que ejercía la Eucaristía dominical sobre su estilo de vida. San Ignacio de Antioquía hablaba de aquellos que viven según el domingo: iuxta dominicam viventes (Carta a los Magnesios, 9,1-2). Esto quiere decir, que viven “conscientes de la liberación traída por Cristo y desarrollan su propia vida como ofrenda de sí mismos a Dios.” (SCa, 72). De esta forma, la celebración de la Eucaristía, lejos de ser una obligación impuesta, es un deseo que nace de lo más hondo de nuestro corazón. Más aún, es una exigencia interior que tenían los primeros cristianos. Ellos deseaban ardientemente reunirse para celebrar la Resurrección de Jesucristo. Una señal clara de que nuestra vida de fe se tambalea es el no sentir deseo de participar en la Eucaristía.

El domingo es día de descanso, pero no de inactividad. En muchos casos, nuestro día a día no nos permite detenernos el tiempo suficiente como para tener una relación cercana y de amistad con el Señor. Los domingos debemos interrumpir nuestro ritmo cotidiano para tomar conciencia de la creación y para dar gracias a Dios. Él descansa el séptimo día de la creación tras un trabajo bien hecho. Del mismo modo, nosotros también estamos llamados a hacerlo después de una semana de trabajo. Es precisamente el domingo el momento de descansar en Él y así santificar el día. Gracias a esta jornada de descanso, el hombre puede ser capaz de comprender el sentido de su vida y también de su actividad laboral. Es de este día de donde nace “el sentido cristiano de la existencia y un nuevo modo de vivir el tiempo, las relaciones, el trabajo, la vida y la muerte” (SCa, 73). Gracias al descanso dominical el hombre se vuelve consciente de que “toda criatura de Dios es buena” (1 Tim 4,4). Es importante caer en la cuenta de que así como debo respetar este descanso en mi vida, también es mi deber favorecer que los demás puedan guardar el día del Señor.

No sólo asistiendo a la Eucaristía y prescindiendo de la actividad laboral se santifica el domingo, el resto del día debe estar orientado en este sentido: pasar tiempo con la familia, realizar obras de misericordia, catequesis, oración… Por todo ello, el domingo debe ser “día de alegría, descanso y fraternidad” (Dies Domini capítulo 4) y se hace necesario vivirlo correctamente para vivir bien el resto de la semana. Cada domingo tenemos la oportunidad de que nuestros ojos se abran y de reconocerle como lo hicieron los dos discípulos de Emaús.

Por último, la importancia de vivir el domingo santamente celebrando la pascua semanal, es el modo de ir preparando el domingo sin ocaso, la Pascua eterna, “el domingo sin fín del cielo” (Youcat 187). Dice Benedicto XVI en su mensaje al cardenal Francis Arinze: “el domingo es, por decirlo así, un fragmento de tiempo impregnado de eternidad, porque en su alba el Crucificado resucitado entró victorioso en la vida eterna.” (27 noviembre 2006).

VER. Partiendo de la vida

1. Buscar hechos de vida en los que haya participado en la Eucaristía dominical con verdadera devoción o aquellos en los que la haya vivido como una mera obligación. ¿Cómo ha repercutido en mi vida haberla vivido de una forma u otra?

2. Presentar hechos de vida en los que haya vivido el domingo como otro día más de la semana con la única diferencia de que he acudido a misa.

3. Mostrar hechos de vida en los que, cuanto más cerca he estado del Señor, mayor necesidad he tenido de vivir bien el domingo en todas sus dimensiones (eucarística, fraternal, caritativa…) y viceversa.

4. ¿Respeto el descanso dominical? Presentar hechos de vida en los que he considerado muy importante alguna tarea o actividad y no he prescindido de llevarla a cabo, dejando de realizar otras propias del domingo. O si he facilitado el descanso dominical de otras personas: trabajadores a mi cargo, familiares…

JUZGAR. Iluminación desde la fe

A) Sagrada Escritura

• Ya en el éxodo se dice que “el día séptimo será día de descanso completo, consagrado al Señor” (Éx 31,15). Oseas habla de este día en un precioso texto: Os 2,20-22.

• En el Génesis se relata cómo Dios, después de terminar su obra creadora “descansó” (Gén 2,2). Más adelante, se dice que “Dios bendijo el día séptimo y lo santificó” (Gén 2,3).

• Desde los tiempos de los Apóstoles, la reunión dominical fue para los cristianos un momento para compartir fraternalmente con los más pobres (1 Cor 16,2).

• En Hch 20,7 se resalta que es el primer día de la semana cuando se reúnen para partir el pan.

B) Magisterio

• En Dies Domini 1, se hace una preciosa introducción de lo que es el día del Señor; la importancia de la Eucaristía dominical queda reflejada en CEC 2177; en el Día del Señor, el hombre comprende el sentido de su vida (SCa 74).

• En CEC 2180 y SCa 73, se explica la obligación del precepto dominical, que es “expresión irrenunciable” de la relación del cristiano con Dios (DD 13). Nos ayuda a vivir el resto de la semana lo que hemos celebrado el domingo (SCa 73). Perder el deseo de participar en la eucaristía dominical hace peligrar la fe (SCa 73).

• El Código de Derecho Canónico es claro en el sentido del descanso instando a no trabajar el domingo (CIC, canon 1247). En este sentido, el Catecismo destaca la importancia del descanso (CEC 2184 – 2188).

• El descanso de Dios tras la creación es descanso por el trabajo bien hecho y contemplación de la belleza de lo creado, en especial, del hombre (DD 11); el descanso como algo sagrado (DD 16).

• Santificar el domingo es recordar las maravillas de Dios, dar gracias por ellas y alabar al Señor (DD 17); y también, hacer memoria de la liberación que Cristo nos ha traído (SCa 72).

ACTUAR. Compromiso apostólico

En primer lugar, puedo leer el mensaje que dirigió Benedicto XVI al cardenal Francis Arinze con ocasión de la jornada de estudio organizada por la congregación del culto divino y la disciplina de los sacramentos (27 noviembre 2006), donde se explica muy claramente el sentido del domingo.

Habiendo tomado conciencia de la importancia del descanso dominical, se puede dirigir hacia este punto el compromiso procurando reducir las tareas domésticas, los estudios… o al menos reservando la mañana o la tarde del domingo expresamente para el Señor.

También puedo enfocarlo a realizar una obra de caridad como por ejemplo, visitar a alguien conocido que esté enfermo o pasar el día con mi familia más cercana o con aquella a la que no veo tan frecuentemente.

Como compromiso de grupo, podemos tomar la iniciativa de preparar alguna actividad en la parroquia para los domingos, como por ejemplo, algún taller de oración, juntarse un rato después de misa para compartir y charlar; también podemos ir a estar con los que están solos o más necesitados, a alguna residencia de ancianos o algún comedor que haya por nuestro barrio.

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