Temarios de la Acción Católica General de Madrid
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EDIFICADOS SOBRE EL CIMIENTO DE LOS APÓSTOLES - Curso 2011/2012

MOTIVACIONES

A la vuelta de este verano en el que hemos tenido la gracia de celebrar en Madrid la Jornada Mundial de la Juventud, queremos dirigir nuestra mirada hacia la Iglesia, lugar que se nos ha dado para vivir arraigados y edificados en Cristo. Y lo hacemos mirando a su fundamento: los apóstoles.

Los apóstoles son hombres sencillos que en el centro de la historia se encontraron por diversos caminos con Jesucristo. Fueron buscados y elegidos por Él. En ellos se recoge de la manera más excelsa, la voluntad de Dios de hacerse un Pueblo que sea su morada entre los hombres. En este pequeño grupo de hombres encontramos osadía, amor ardiente e inquebrantable fidelidad, junto a intemperancia, juicio de condenación y traición. Muchas veces, pensamos que se ha de ser perfecto para ser “elegido del Señor”. Los apóstoles son la prueba más palpable de la falsedad de esta suposición. Dios sabía a quién llamaba y siendo así, les llamó. En ellos se desarrolla el diálogo del Creador con la libertad de la criatura a la que llama a seguir sus huellas. Es en este seguimiento en el que se va desarrollando la libertad. En la escucha y el diálogo con el Maestro se va formando el corazón del Apóstol. Ellos son testigos privilegiados de la respuesta entusiasta de la multitud ante sus milagros y del rechazo y desaprobación de los doctores y jefes de su pueblo.

La vida de estos amigos de Jesús recibe un contenido fundamental cuando son enviados por Él a ser testigos de los hechos que han visto y de las palabras que han oído. Hasta tal punto quedan configurados por esto, que desde este momento serán conocidos como “Enviados” (Apóstoles, del griego apostello , enviar). Enviados a los hombres para una única misión: que le conozcan y le amen. El sentido de esta vida apostólica es válido no sólo para sus sucesores en el ministerio apostólico (los obispos) y sus colaboradores en este ministerio (sacerdotes y diáconos), sino para todo cristiano, cuya vida ha de ser necesariamente bajo la forma apostólica . Santa Teresa Benedicta de la Cruz lo define de una manera clara y hermosa hablando de su trabajo como profesora en un colegio de Madres Dominicas: «Por lo que se refiere al trato con los hombres: la necesidad espiritual del prójimo rompe todo precepto. Cualquiera otra cosa que hiciéramos es medio para el fin. Pero el amor es el fin mismo, porque Dios es Amor». Desde Pentecostés, movidos por el Amor, el sentido de la vida apostólica será conducir a los hombres hacia el interior del Amor revelado en la carne de Cristo. Esta acción recibe el nombre de testimonio .

La vida de la Acción Católica se define en colaboración directa con el ministerio apostólico. Al ofrecer las catequesis de Benedicto XVI, cabeza del colegio apostólico, sobre los Apóstoles, deseamos ayudar a todos aquellos que se sirvan de estos temas de formación en un doble sentido: por un lado, a que nos reconozcamos en ellos (en debilidades y en esperanzas, en la llamada predilecta del Señor) y, por otro, que a veamos reavivado nuestro deseo de llevar a Cristo a todos los hombres, y a todos los hombres a Él.

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Ver los Temas:

LOS APÓSTOLES, TESTIGOS Y ENVIADOS DE CRISTO

“Vosotros sois mis amigos” (Jn 15, 15)
OBJETIVO

Actualizar y revisar la llamada que Dios nos ha dirigido a cada uno para estar en relación con Él y encomendarnos una misión concreta, dentro de la Iglesia, que se fundamenta en la sucesión apostólica.

INTRODUCCIÓN

Cada uno de los apóstoles fue llamado de forma personal y directa por Jesús, para seguirle y vivir junto a Él. En el temario de este curso vamos a acercarnos a varios de los Doce, por eso en este primer tema es importante ver qué características tiene esta llamada de Jesús.

nos dice el Papa Benedicto XVI en una de sus catequesis dedicadas a los apóstoles, Jesús llama a los Doce a entrar en una relación personal con Él, desde el mismo momento de la llamada, que algunos recuerdan muy exactamente (“sería más o menos la hora décima” Jn 1,39). “Su destino estará de ahora en adelante íntimamente ligado al de Jesús”. Y no de cualquier manera, sino que el apóstol se convierte en “un «especialista» en Jesús” (catequesis del 22-III-2006). Y llegan a ser especialistas a través del trato personal y directo con el Maestro, de la convivencia cotidiana, de observar y compartir su vida, sus andanzas, sus enseñanzas. “Antes de ser enviados a evangelizar, tendrán que «estar» con Jesús y establecer con Él una relación personal” (catequesis del 22-III-2006). Esta relación transforma para siempre la vida del apóstol: ya no volverá a ser el mismo, su vida tiene una orientación nueva, está al servicio de Jesús y de su Reino. Los apóstoles se convierten paulatinamente en compañeros y discípulos, en testigos y enviados, Jesús los llama incluso “amigos” (Jn15,15). Tras los años de convivencia con Jesús y la experiencia de la Pasión, son enviados a anunciar la buena nueva de la Resurrección, a dar testimonio del misterio de la Pascua y a difundir el Evangelio por todo el mundo, construyendo la Iglesia.

Estos Doce, los enviados por Jesús, son el fundamento de la Iglesia, los doce cimientos sobre los que Jesús la quiere construir. Ellos mismos buscaron sucesores para su tarea, nombraron obispos en las iglesias que iban fundando, dando origen así a lo que conocemos como “sucesión apostólica”. “Los doce apóstoles se convierten en la señal más evidente de la voluntad de Jesús en lo relacionado con la existencia y con la misión de su Iglesia, la garantía de que entre Cristo y la Iglesia no hay ninguna oposición” (catequesis del 15-III-2006). Los apóstoles y sus sucesores, los obispos, son por lo tanto, para cada cristiano, la certeza de que Cristo sigue actuando en su Iglesia, “a través de la sucesión apostólica Cristo llega ahora a nosotros” (catequesis del 10-V-2006).

Los apóstoles y sus sucesores son también los garantes de la Tradición. En nuestros días, todo lo que se denomina “tradicional” parece tener un tono negativo, despectivo. Sólo se valora lo nuevo, lo innovador. Sin embargo, los cristianos vivimos gracias a esta Tradición, que es “el río vivo que nos une con los orígenes... y nos conduce al puerto de la eternidad”. La Tradición es mucho más que “la simple transmisión material de cuanto ha sido entregado a los apóstoles”, es “la actualización permanente de la presencia activa de Jesús Señor en su pueblo”. La Tradición es, por tanto, “la comunión de los fieles en torno a los legítimos pastores en el transcurso de la historia” (catequesis del 26-IV-2006).

La cuarta nota que define y distingue a la Acción Católica es precisamente el especial vínculo con la jerarquía, ese sentido eclesial que lleva a los militantes a trabajar en la Iglesia junto a los obispos y a los sacerdotes. Desde aquí podemos reconocer la importancia de nuestra cercanía, interés y obediencia al obispo diocesano y a sus representantes. Como los primeros cristianos que colaboraban en las duras fatigas del evangelio con los apóstoles, los laicos de la AC están llamados a ser colaboradores eficaces del ministerio apostólico.

Un modelo cercano a nosotros de esta conciencia de apóstol, como testigo y enviado, es el recientemente beatificado Manuel Lozano Garrido, “Lolo” (1920-1971). A través de su intensa biografía, de joven de Acción Católica, de enfermo y de periodista, nos deja el testimonio de alguien que se siente llamado a ser apóstol, “porteador de Cristo”, como decía él. “Elegido es el que nota una llamada poderosísima y echa a andar sobre las huellas de Cristo que le invita a que le siga, pero también quien trabaja en un taller de mecánica, guarda la circulación o da clases de Universidad. Se es elegido siempre cubriendo con alegría el hueco que se nos dispuso en la vida y orientando positivamente nuestras características personales... Habrá destinos visiblemente radiantes y otros aparentemente oscuros, pero cada uno tiene su foco prometedor, íntegro y perfecto, sin categorías, porque Dios nos iguala sobre los hechos, en la plenitud de la fidelidad que nos corresponde al final de cada ciclo.” (de su libro Todos somos elegidos).

VER. Partiendo de la vida

1. Los apóstoles anuncian lo que han experimentado, lo que “han visto y oído”. Puedo presentar hechos de mi vida en los que he comunicado a los demás mi experiencia de encuentro con Jesús. ¿Cómo alimento mi relación con Él para que mi anuncio sea auténtico y verdadero?

2. Cada obispo es un sucesor de los apóstoles. Seguro que en mi vida he podido experimentar cómo esta realidad suscita en mí afecto, interés y obediencia hacia el obispo diocesano y me ayuda a ver, más allá de sus cualidades y defectos, la misión que tienen encomendada. O también puedo exponer brevemente cómo en otras ocasiones me ha costado vivir esta realidad.

3. Puedo compartir en mi equipo cómo vivo y comprendo la Tradición apostólica que fundamenta la Iglesia: si la valoro como la presencia actual de Cristo entre nosotros, la acojo con cariño y obediencia; o, por el contrario, me detengo en críticas negativas, en destacar defectos...

4. En mi vida de bautizado he podido conocer y asumir mi misión en la Iglesia; a veces de formas inesperadas. Puedo exponer si esta tarea supone para mí responder a la llamada de Cristo a construir su Reino.

JUZGAR. Iluminación desde la fe

A) Sagrada Escritura • Jesús destaca cómo la elección viene de Él (Jn 15, 16; Mt 10, 1-4) y cómo los apóstoles son más que siervos, los ha convertido en sus amigos (Jn 15, 13-15).

• Los apóstoles son los cimientos sobre los que Cristo, la piedra angular, ha querido edificar su Iglesia: Ef 2, 19-22; 4, 11-13; Ap 21, 9-14;

• Tras Pentecostés, los apóstoles llevan a cabo su misión con valentía: Hch 5, 40-42. Se reconocen como enviados por Cristo, actúan en su nombre: Jn 17, 18; Hch 5, 29-32; 3, 1-9.

• Los apóstoles van nombrando a sus sucesores: 2 Tim 1,6-11; 1 Tim 4,14.

B) Magisterio

• La Constitución Dogmática sobre la Iglesia nos recuerda la institución de los Doce, la sucesión apostólica y el ministerio de los obispos: LG 19-21. 24.

• El Concilio desarrolla en el Decreto sobre el Apostolado de los Seglares cómo todos los miembros de la Iglesia están llamados al apostolado, hay diversidad de ministerios, pero unidad de misión: AA 2

• La Acción Católica se distingue por sus notas, definidas por el Concilio Vaticano II; la cuarta nota expresa la vinculación con los sucesores de los apóstoles: AA 20.

• El Catecismo de la Iglesia Católica nos explica por qué la Iglesia es apostólica (857-865; 1086-1087), qué es la Tradición (76-83), quiénes son los obispos (1555-1561; 1575-1576).

• Hay dos documentos fundamentales para profundizar en el ministerio de los obispos, el decreto conciliar Christus Dominus y la exhortación apostólica Pastores Gregis. Para este tema recomendamos especialmente la lectura de CD 1-3 y de PG 6-7,10-11.

• Buscar Dei Verbum

ACTUAR. Compromiso apostólico

En este tema son muchos los aspectos que hemos podido revisar respecto a los apóstoles, sus sucesores y nuestra propia misión.

Como compromiso formativo podemos profundizar en alguno de los aspectos que hayamos percibido que están menos consolidados, como, por ejemplo el papel de la Tradición o la importancia de la figura del obispo. A ello nos pueden ayudar los textos ya mencionados en el juzgar o también las cartas de San Ignacio de Antioquía.

En nuestra colaboración con el obispo en la tarea de la evangelización destacan la oración por el obispo diocesano y sus intenciones y la atención a sus enseñanzas y llamadas. Podemos retomar estos compromisos de oración, formación y acción, de forma personal o en grupo.

Recordando que “La Eucaristía celebrada por el obispo tiene una significación muy especial como expresión de la Iglesia reunida en torno al altar bajo la presidencia de quien representa visiblemente a Cristo” (CEC 1561) podemos asistir como grupo a una Eucaristía que éste presida, a la que somos convocados con frecuencia y aprovechar, si es posible, para saludarle personalmente.

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PEDRO, ROCA DE LA IGLESIA

“Señor, tú lo sabes todo: tú sabes que te quiero” (Jn 21, 17)
OBJETIVO

Descubrir en la conversión de Pedro un camino de humildad para una misión de servicio a la verdad y a la caridad, camino al que nosotros también estamos llamados.

INTRODUCCIÓN

Simón, hijo de Juan, natural de Betsaida, un pueblo junto al mar de Galilea (cfr. Jn 1, 44), era pescador, al igual que su hermano Andrés, y los hijos del Zebedeo, Santiago y Juan (cfr. Mt 4, 18-21). Judío creyente, con un sincero interés religioso, podría haber sido, junto con su hermano Andrés, seguidor de Juan el Bautista (cfr. Jn 1, 40). Nada nos hace pensar que tuviera una situación económica y personal complicada, y en medio de esa normalidad y comodidad irrumpe el Señor en su vida: “Tú eres Simón, hijo de Juan, pero serás llamado Cefas (que significa: Pedro).” (Jn 1, 42). Con el cambio de nombre, Jesús, ya en este primer encuentro, anticipa a Pedro su misión.

Tras este primer encuentro, el camino que Pedro tendrá que recorrer comienza un día cualquiera. En medio de sus quehaceres diarios, Jesús le llama, le invita a fiarse. Y Pedro se fía: “Maestro, hemos estado trabajando toda la noche sin pescar nada; pero, puesto que tú lo mandas, echaré las redes.” (Lc 5, 5). Pedro es un experto pescador, conoce el lago a la perfección, y sin embargo, Jesús, que es carpintero, le habla con tal autoridad que Pedro hace lo que le dice. En el fondo, lo hace sin creer que vayan a pescar algo, por eso ante la pesca milagrosa se reconoce pecador (cfr. Lc 5, 8). Pedro solo contaba con su experiencia, su conocimiento, su capacidad, sus fuerzas, y no con el poder de Jesús. Comienza a reconocer sus limitaciones, a ver que no es el que más sabe de todo, que es débil, que es pecador. Entonces, Jesús le presenta su plan, y Pedro, valiente, aun sin saber en qué consistía todo aquello, sin entender muy bien las palabras de Jesús, acepta esta nueva aventura (cfr. Lc 5, 10-11).

Pedro, en seguida va situándose en una posición singular respecto al resto de los discípulos: es su barca en la que Jesús se sube a modo de cátedra improvisada (cfr. Lc 5, 3) habla en nombre de todos (cfr. Mt 16, 15-16; Jn 6, 67-69), es el que pide las explicaciones a Jesús de lo que no entienden (cfr. Mt 15, 15; Mt 18, 21). Pero esa importancia particular dentro del grupo de los Doce, que Cristo quiso atribuir a Pedro, unido a su carácter impulsivo, decidido y espontáneo, hace que en ocasiones quiera imponer sus ideas, incluso creyéndose con la autoridad suficiente como para reprender al mismo Jesús.

Pedro se creía capaz de confiar y de seguir a Jesús hasta la muerte si era necesario, pero es débil, y ante el miedo, traiciona al Maestro. Tras el prendimiento de Jesús, Pedro le sigue de lejos, sólo porque teme ser relacionado con Él. Esta es también la historia de nuestros miedos, de ser demasiado diferentes, demasiado galileos, demasiado amigos de Jesús. El miedo cuando Jesús nos involucra en aventuras demasiado comprometedoras. Pedro se ve desbordado por todas partes y le niega por tres veces (cfr. Lc 22, 54-62). Aquel que le había reconocido como “el Cristo el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 16), ahora dice no conocerle, reniega de Él. Entonces, el Señor se vuelve mira a Pedro y éste se acuerda de las palabras que Jesús le había dicho (cfr. Lc 22, 33), a las que él incluso había contestado con palabras soberbias y desafiantes (cfr. Lc 22, 34) y llora. Las palabras de Jesús, el Evangelio, nos hace entrar en nosotros mismos y llorar amargamente de vergüenza por el miedo ante la cruz de Jesús y por el temor de ser confundidos con Él. Las lágrimas no parecen un gesto de valentía, pero son una expresión de fe, una petición de perdón. Con las lágrimas vuelve a florecer la fe en Pedro. El discípulo se hace cercano al Señor cuando llora amargamente como Pedro, porque se da cuenta de lo distante que está de Él. El discípulo del señor es grande en su debilidad, cuando se deja tocar por la mirada del Señor y por sus palabras. Y precisamente en esa mirada de Cristo se opera la conversión de Pedro. Su humillación se transforma en amor. El amor ha curado lo que el temor había hecho.

Si la primera llamada se produce tras una pesca milagrosa (cfr. Lc 5, 1-11), la segunda llamada también (cfr. Jn 21, 1-19). Si la primera confesión de Pedro era una confesión de fe (cfr. Mt 16, 16), la segunda será una confesión de amor: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?” (Jn 21, 15). A la tercera pregunta de Jesús, Pedro no aguanta más y expresa la profundidad y solidez de su amor por Cristo: “Señor, tú lo sabes todo: tú sabes que te quiero.” (Jn 21, 17). Ya no tiene miedo de afirmar su amor a Cristo porque ha reconocido la fuente de amor y de perdón. Al Señor no le importa que Pedro le haya negado tres veces, no es rencoroso, no pasa factura, y le encomienda ser el Pastor de su Iglesia. Ahora ya está preparado para su misión. “Gracias a la humillación de la negación y al llanto incontenible que lo purificó interiormente, Simón se convirtió en Pedro, es decir, en la “piedra”: robustecido por la fuerza del Espíritu, tres veces declaró a Jesús su amor, recibiendo de Él el mandato de apacentar su grey” (Juan Pablo II. Homilía 27 de junio de 2003).)

El recuerdo de la historia de Pedro nos puede entristecer porque habla de nuestra debilidad. Nos da una idea del largo camino que ha recorrido, camino de la cruz, camino de confianza, camino del Evangelio, camino del amor. Un largo camino que nos queda por recorrer, a través del llanto, de la conversión, de la alegría y de la fe. Pero no es un camino que se pueda recorrer de forma triunfal, creyendo y diciendo ser héroes, como Pedro dijo a Jesús. Es preciso sufrir muchos fracasos y conocer la prueba del desierto para que podamos comprender el amor infinito de Cristo para con nosotros. Debemos dejarnos realizar y amar por Cristo. Entonces este amor se derramará en nuestro corazón y podremos decir a Jesús con Pedro: “Señor, tú lo sabes todo: tú sabes que te quiero.”

VER. Partiendo de la vida

1. Puedo revisar algún hecho de vida en el que haya utilizado mi posición dentro del grupo, de la parroquia o de la Acción Católica para imponer mis propias ideas incluso utilizando a los demás, olvidando mi compromiso de servicio en la Iglesia.

2. Nuestro propio camino de conversión, a veces, nos parece que se pone muy cuesta arriba. Puedo contar aquella ocasión en la que he decidido tirar por el camino fácil, olvidando que seguir a Cristo implica cargar con la cruz; o por el contrario, aquella otra situación en la que a pesar de las dificultades he decidido seguir el camino que me indica el Señor por medio de la Iglesia (director espiritual, confesor, consiliario, párroco...) como única manera de seguir creciendo y fortaleciéndome en la fe.

3. Puedo presentar algún hecho de vida en el que, venciendo el miedo a que los demás piensen que soy demasiado raro, demasiado diferente, demasiado amigo de Jesús, he reconocido conocerle y he expresado públicamente mi amor por Él; o por el contrario he renegado de Él, bien diciendo no conocerle o callando y ocultando que le conozco, cediendo al miedo.

4. El Señor es capaz de transformar nuestro llanto en alegría, la alegría del perdón. Por último, puedo compartir algún hecho de vida en el que, acercándome triste a la confesión, me haya sentido tocado por la mirada de Jesús que siempre me perdona, no es rencoroso, seguirá insistiendo conmigo, y como consecuencia me haya reconocido amado por Dios.

JUZGAR. Iluminación desde la fe

A) Sagrada Escritura • Jesús, en su primer encuentro con Pedro, le cambia el nombre (Jn 1, 42), para después subirse a su barca a modo de cátedra improvisada (Lc 5, 1-3). Ante la pesca milagrosa Pedro se reconoce pecador y Jesús le invita a seguirle (Lc 5, 4-11).

• Pedro aparece como uno de los principales entre los doce apóstoles (Lc 8, 51; 9, 28; 22, 8; Mt 26, 37); también, por su posición y porque habla en nombre de los demás, es a quien Jesús se dirige con más dureza (Mt 16, 22; Jn 13, 6-9).

• Pedro se cree fuerte como para seguir a Jesús incluso a la muerte y el Señor le anuncia su triple negación (Lc 22, 31-34); bastan las simples palabras de una criada para infundir terror, cuando hay tanto miedo y tan poca confianza (Lc 22, 54-62). Después de la Resurrección, el Señor le pide por tres veces la respuesta del amor y le invita a seguirle (Jn 21, 15-19), tras la aparición y pesca milagrosa (Jn 21, 1-14).

• Pedro recuerda a los primeros cristianos la grandeza del llamamiento que han recibido de Dios y las exigencias que de él se derivan (1Pe 1, 3-12; 2Pe 1, 3-11) y les trae a la memoria el ejemplo de Cristo (1Pe 2, 21-25; 1Pe 3, 17-18). Nos recuerda que Dios no mide el tiempo como los hombres, por lo que debemos ser pacientes (2Pe 3, 8-9).

B) Magisterio

• Juan Pablo II habla de la misión pastoral de Pedro, y cómo ante la debilidad de Pedro se manifiesta que la Iglesia se fundamenta sobre la potencia infinita de la gracia, en su Encíclica Ut Unum Sint 4 y 88-96.

• El Catecismo dedica varios números al lugar que ocupa Pedro en el colegio de los Doce (552-554); la misión de Pedro como Pastor de la Iglesia y el poder Cristo le otorga, al igual que sus sucesores, dentro de ella (816; 881-885; 1444). El catecismo relaciona la conversión de Pedro con el Sacramento de la Reconciliación (1429).

• El Señor edificó sobre Pedro, como piedra angular, su Iglesia (LG 19).

ACTUAR. Compromiso apostólico

Como hemos visto en el tema Pedro tiene que reconocerse pecador en numerosas ocasiones a lo largo de su camino de conversión, y ese camino culmina en el perdón de Cristo, que le perdona siempre, y especialmente, con la mirada, tras la triple negación. Un buen compromiso para este tema sería coger o recuperar el hábito de hacer una buena confesión periódica, ejercitando así también la humildad. Así mismo, comprometiéndonos a ser más dóciles, a fiarnos, a dejarnos llevar, reconociendo, en la figura de nuestros sacerdotes, a Cristo que nos muestra el camino y nos ayuda a avanzar por la senda de la verdad y la caridad.

Otro compromiso podría consistir en no dejar escapar la ocasión de confesar a Cristo, de señalarnos como sus discípulos sin respetos humanos o miedo a posibles consecuencias.

También podemos comprometernos a asumir como Pedro la misión que Cristo, o la Iglesia en su nombre, nos encomienda, y desempañar con serenidad y constancia nuestro cargo como dirigentes de Acción Católica, o nuestra labor como catequistas, animadores de la liturgia, acción social, etc.

Podemos también hacer nuestras las intenciones general y misionera que mensualmente presenta el Papa.

Como grupo podríamos comprometernos a realizar alguna acción de voluntariado, visitas a enfermos, ancianos, niños... y aprender, como Pedro, junto a Jesús que no vino a ser servido sino a servir.

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SAN ANDRÉS

“Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” Mt 16, 24
OBJETIVO

Descubrir y amar la cruz de Cristo donde todas mis penas, preocupaciones, problemas… son sanados.

INTRODUCCIÓN

Andrés era pescador, hermano de Pedro y discípulo de san Juan Bautista. Un día, estando con este último, pasó Jesús. San Juan Bautista exclamó “¡He aquí el Cordero de Dios”! y Andrés recibiendo luz, entendió sus palabras y empezó a seguir al Maestro. Poco más tarde, llevó a su hermano Pedro a conocerle, demostrando ya, desde el principio, un gran espíritu apostólico. Un tiempo después, mientras pescaban, Jesús les llamó: "Seguidme, y os haré pescadores de hombres" (Mt 4, 18-19) y ellos dejaron todo para seguirlo. La historia de Andrés con Jesús es una historia de amistad. En algunos episodios relatados en los evangelios, aparece la figura del apóstol muy cercana a la de Jesús. Como por ejemplo en el episodio de la multiplicación de los panes y los peces en Galilea, (Jn 6, 8-9) o a la salida del templo en Jerusalén (Mc 13, 1-4). Si por algo se caracterizó este apóstol fue por llevar a su hermano, a los niños y a los griegos que querían verle a la presencia del Señor.

De su propio nombre, Andrés, (griego en vez de hebreo) se puede deducir que pertenecía a una familia culta y relacionada con la comunidad griega que por cierto estaba muy presente en Galilea. Por esta razón, los griegos que seguían a Jesús, se acercaban al apóstol que ejercía de traductor. De esta forma, Andrés, el “Protókletos” (el primer llamado) se convirtió en puente de unión entre la comunidad griega y Jesús. Según Orígenes, san Andrés predicó en Grecia, el Mar Negro y el Cáucaso. Fue el primer obispo de Bizancio, un cargo que finalmente se convertiría en el Patriarcado de Constantinopla. Por ello, es considerado cabeza de la Iglesia Ortodoxa Griega, como san Marcos el Evangelista lo es de la Iglesia Ortodoxa Copta de Egipto y san Pedro de la Iglesia Católica Romana. Estas iglesias particulares, aunque difieren entre sí por sus ritos, están bajo el gobierno pastoral del Romano Pontífice.

La iconografía presenta siempre a Andrés con la cruz, porque por ser amigo de Cristo, es amigo de la Cruz. En nuestra vida no siempre es todo como hemos planeado o como nos gustaría que fuese, pero sin embargo, cuando todo es para el Señor, “nuestras cruces adquieren valor si las consideramos y aceptamos como parte de la cruz de Cristo, si las toca el reflejo de su luz.” (Benedicto XVI, Audiencia General 14-6-06).

Todas las personas tenemos dificultades y problemas, pero los cristianos debemos caracterizarnos por ser personas alegres aún en medio de la dificultad; y esa alegría que transmitiremos, será verdadera en tanto en cuanto nazca de la unión íntima con Cristo, fruto de la oración. Los santos nos muestran con sus vidas que a veces las cruces se hacen arduas pero es impresionante comprobar con qué gozo las llevaron porque sabían que eran el camino para llegar al Señor. Santa Teresita de Lisieux, que no era más que una niña, vivió su enfermedad con alegría, santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein) sonreía y animaba a las personas que murieron con ella en el campo de concentración, incluso el santo Cura de Ars a veces se le hacía ardua su tarea pastoral. Estos son solo una pequeña muestra de todas las personas que han llevado sus cruces con la alegría de Cristo y se la han transmitido a quienes se les acercaban.

Por eso, tal y como san Andrés se entregó a la cruz con alegría porque la veía como un medio para asemejarse plenamente a Cristo, así debemos entregarnos también nosotros cada día, en nuestras pequeñas y en nuestras grandes cruces, para poder rezar con las mismas palabras que recoge la “Pasión de Andrés”, texto de inicios del S.IV:

“¡Salve, oh Cruz, inaugurada por medio del cuerpo de Cristo, que te has convertido en adorno de sus miembros, como si fueran perlas preciosas! Antes de que el Señor subiera a ti, provocabas un miedo terreno. Ahora, en cambio, dotada de un amor celestial, te has convertido en un don. Los creyentes saben cuánta alegría posees, cuántos regalos tienes preparados. Por tanto, seguro y lleno de alegría, vengo a ti… ¡Oh Cruz bienaventurada, que recibiste la majestad y la belleza de los miembros del Señor!... Tómame y llévame lejos de los hombres y entrégame a mi Maestro para que a través de ti me reciba quien por medio de ti me redimió. ¡Salve, oh cruz! Sí, verdaderamente, ¡salve!”).

VER. Partiendo de la vida

1. Buscar hechos de vida en los que mi inquietud por conocer y encontrarme con Cristo me haya llevado a dejar cosas por seguirle o si, por el contrario, al final me ha vencido la pereza o el tener que prescindir de algo o desprenderme de mis comodidades.

2. Mostrar algún hecho de vida en el que mi relación íntima de oración y amistad con el Señor me haya llevado a aceptar con alegría alguna dificultad que haya surgido en mi vida.

3. Presentar hechos de vida en los que pongo mis problemas a los pies de Jesús o, por el contrario, aquellos en los que no me acuerdo de hacerlo. La cruz de Cristo, ¿es para mí un lugar de sanación?

4. En el campo del ecumenismo, en concreto en el conocimiento de las iglesias orientales o el contacto con ellos, ¿he reaccionado con interés por conocer su rito? ¿Me he planteado que son hermanos míos en la fe? Si me he encontrado en la calle con una iglesia griega, ¿se ha despertado en mí una inquietud por entrar a verla? En general, ¿pienso que puedo hacer algo por la unidad de los cristianos (oración, ofrecer sacrificios…)?

JUZGAR. Iluminación desde la fe

A) Sagrada Escritura • Andrés, alegre, le dice a su hermano Pedro que ha encontrado a Jesús y le lleva a él (Jn 1, 40-41).

• A la santidad se llega a través de la renuncia y de la cruz. (2 Tm 4, 2-5; Mt 16, 24).

• Muchas veces nos cuesta desprendernos de nuestras comodidades y costumbres para seguir a Jesús (Lc 14, 25-27).

• San Pablo en este fragmento de la carta a los Efesios les anima a que estén unidos (Ef, 4, 3-6).

• San Pablo habla de la alegría en el Señor que debe tener siempre un cristiano (Flp 4, 4-9).

B) Magisterio

• En CEC 1435 se muestra la cruz como camino de la penitencia. La cruz en nuestro trabajo (CEC 2427). En CEC 853 se dice que la forma de extender el Reino de Cristo es a través de la cruz.

• En LG 31, se nos llama a la unidad a pesar de la diversidad de quienes formamos la Iglesia, puesto que nuestra vocación es la santidad y profesamos la misma fe.

• En LG 61, se muestra a María, nuestra madre como signo de unión de los cristianos.

• En LG 15, se habla del vínculo de la Iglesia con los cristianos no católicos.

• En punto 30 del decreto “Orientalium ecclesiarum” se nos insta a orar occidentales por orientales y viceversa y a estar unidos. Se debe promover la unidad de los cristianos (“Unitatis redintegratio”, 1) y la unidad de la Iglesia (“Unitatis redintegratio”, 2)

• Sobre las razones de la actividad ecuménica: UR 4, UUS 5-8

ACTUAR. Compromiso apostólico

Como compromiso individual podemos reconocer nuestras cruces y afrontarlas uníendolas a la cruz del Señor donde todo es redimido. En este sentido, si nos ha ocurrido algo malo que nos cuesta asumir, podemos comprometernos a contemplar y meditar estos acontecimientos a la luz de la cruz de Cristo e implorar de Él la gracia de aceptarlos y vivirlos con paz, uniendo nuestros sufrimientos a los suyos.

Otro buen compromiso sería esforzarnos en anteponer la alegría y la esperanza cristianas por la resurrección del Señor, al desasosiego que pueden provocarnos nuestras cruces, pequeñas o grandes, y de esta manera, intentar que los demás vean que el cristiano sufre también pero con la vista puesta más allá, en el Señor resucitado. Otra idea como compromiso puede ser leer la Pasión detenidamente y acompañar al Señor en su subida al Calvario.

En cuanto a la relación con otros ritos y la unidad de los cristianos, podemos leer e informarnos sobre la espiritualidad oriental, sobre los ortodoxos. Se puede leer el decreto “Orientalium ecclesiarum” acerca las iglesias orientales católicas o el decreto “Unitatis redintegratio” acerca del ecumenismo, ambos pertenecientes a los textos del Concilio Vaticano II.

Como compromiso de grupo, proponemos profundizar en nuestro conocimiento de los hermanos ortodoxos mediante alguna charla que organicemos en la parroquia o haciendo una visita a la catedral ortodoxa griega de Madrid.

Iniciación

Ver:

¿Pongo todos mis problemas y alegrías a los pies del Señor mediante la oración?

¿He conocido a alguna persona del rito ortodoxo? ¿Sé lo que es el ecumenismo?

Juzgar:

• Andrés, alegre, le dice a su hermano Pedro que ha encontrado a Jesús y le lleva a él (Jn 1, 40-41)

• A la santidad se llega a través de la renuncia y de la cruz. (2 Tm 4, 2-5)

• Muchas veces nos cuesta desprendernos de nuestras comodidades y costumbres para seguir a Jesús (Lc 14, 25-27)

• San Pablo en este fragmento de la carta a los Efesios les anima a que estén unidos (Ef, 4, 3-6)

• San Pablo habla de la alegría en el Señor que debe tener siempre un cristiano (Flp 4, 4-9)

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MATEO, EL PUBLICANO.

“No he venido ha llamar a los justos, sino a los pecadores” (Mt 9,13)
OBJETIVO

Descubrir cómo Jesús ha venido a salvar a todos los hombres y en especial a aquellos que se encuentran más alejados del Reino. Yo soy objeto de esa salvación y yo soy instrumento de salvación para los demás.

INTRODUCCIÓN

Los evangelios nos dicen que al acercarse Jesús a Mateo para pedirle que le siguiera, éste estaba sentado en el telonio (Mt 9,9) es decir, en el despacho de recaudación de impuestos. Mateo era un publicano al servicio del Imperio Romano con un puesto que, si ya de por sí era despreciado por los judíos, era además susceptible de convertirse en una puerta para la extorsión. Los romanos estipulaban una cantidad concreta para la recaudación y muchos de los que ocupaban estos puestos, dilataban esta cantidad para su propio enriquecimiento personal a costa de sus paisanos. Ante esta perspectiva, no es de extrañar que muchos se escandalizaran de ver a Jesús con ellos. Además, en el caso de Mateo, al poco de decidir seguir al Maestro, organiza un gran banquete al que son invitados numerosos publicanos y pecadores junto a Jesús y sus discípulos (Mt 9, 10). Esto sobrepasa a los fariseos que, escandalizados, comienzan a criticar la actitud del Maestro. Es entonces cuando Jesús les responde con una de las frases más determinantes del Evangelio: no tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos; ni he venido yo a llamar a los justos, sino a los pecadores. (Mc 2, 17).

La figura de Mateo y todo lo que representa, la llamada de Jesús y la respuesta radical que le da al maestro, “levantándose, le siguió”, (Mt 9,9) deben llevarnos a una serie de profundas reflexiones sobre nuestra fe y nuestra vida. Jesús llama a todos los hombres. Humildes y sencillos como Pedro o Santiago que son pescadores, ricos, como el joven del que hablaremos más adelante, pecadores públicos como la Magdalena o con una vida muy reprochable, como la samaritana, Mateo al servicio de la potencia invasora extranjera, etc. La Buena Nueva no se propone a unos pocos elegidos, sino que todo ser humano es susceptible de recibirla. Nosotros no podemos decidir a quién debe ser presentada y a quién no. Y, no nos engañemos, llevados por los prejuicios, muchas veces los hacemos. Nos escandalizamos ante la posibilidad de que ciertas personas sean objeto de la evangelización. Juzgamos de forma interna (y a veces no tan interna) quién es digno y quién no. En ese momento es probable que Jesús le esté diciendo al Padre “perdónales porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34), pues lo que hacemos realmente en ese momento es ponernos por encima de la voluntad salvífica de Jesús. San Jerónimo dice que la llamada de Jesús a Mateo es una lección para que todos los pecadores del mundo sepan que, sea cual fuere la vida que han llevado hasta el momento, en cualquier día y en cualquier hora pueden dedicarse a servir a Cristo, y El los acepta con gusto.

Jesús pide que le sigan y le imiten en el camino del amor, de un amor que se da totalmente a los hermanos por amor a Dios (Vs 20). En el instante en que cada uno de nosotros es llamado por Jesús y escuchamos su llamada: “sígueme”, es interpelada nuestra libertad. Esa misma libertad que Dios nos ha dado a cada uno, es la que va a determinar la respuesta. En el Evangelio se nos presentan dos respuestas posibles ante esta situación, encarnadas por Mateo y por el Joven rico. El primero no lo duda ni un instante. Simplemente se levanta y lo sigue. Pero no pensemos que es tan sencillo. Mateo deja atrás la seguridad de un puesto destacado y la posibilidad de enriquecerse. Una seguridad que en tiempos difíciles, como eran los de Judea en tiempos de Jesús, todos valoramos sobremanera. Y desde ese momento es fiel al Maestro. Fiel hasta las últimas consecuencias, pues además de no dejar de predicar la Buena Nueva, parece ser que sufrió el martirio en Nudubaz (Turquía). La otra opción nos la presenta el Joven rico. Curiosamente es él quien, en un principio, busca al Maestro para preguntarle por el camino de la salvación. San Marcos nos dice que, “poniendo en él los ojos, le amó” (Mc 10, 21) y es en este contexto de amor en el que Jesús le pide lo mismo que pidió a Mateo, una opción de total seguimiento. Pero este joven, desde su libertad, da la respuesta contraria. No le sigue. Y podemos leer en ese mismo pasaje de Marcos cómo “se nubló su semblante y se fue triste”. Este hombre intuye que acaba de dejar escapar de su vida la verdadera felicidad, su salvación.

Cada uno de nosotros ha de preguntarse cuál es su nivel de seguimiento de Cristo. Y no es posible dar una respuesta un día para toda la vida. Hoy no puedo responder para el resto de mi existencia y olvidar mi compromiso. Cada mañana debo presentarme ante el Señor y renovar mi firme intención de ser su discípulo, de adherirme a la persona misma de Jesús. Y entonces no estaré triste ni se nublará mi semblante, sino que mi corazón gozará en la presencia de Dios y será el momento de trabajar por el evangelio de Cristo, como hizo san Mateo, llevándolo a aquellos que más lo necesiten. A aquellos a los que a veces hemos denominado los alejados. Deberé pensar junto al Señor quiénes son los alejados a los que yo puedo llegar. Y probablemente estén muy cerca de mí. Porque no olvidemos que muchos hermanos nuestros (cada vez más, desgraciadamente) que han vivido en el seno de la Iglesia, por el devenir de la vida, ahora no practican, no se acercan a Jesús, no se plantean su existencia bajo la mirada de Cristo. Y es seguro que el Señor quiere que seamos nosotros los que presentemos a estos hermanos su mensaje de salvación. El Señor piensa en cada uno de nosotros como el instrumento del que se valdrá para “que todo hombre pueda encontrar a Cristo, de modo que Cristo pueda recorrer con cada uno el camino de la vida” (RH13).

VER. Partiendo de la vida

1. Presentar hechos de vida en los que la preocupación, e incluso la angustia por las cosas materiales, me han impedido vivir más plenamente mi fe.

2. Mostrar algún hecho de vida en el que yo me haya erigido en juez de cuál era el grado de acercamiento o alejamiento de alguien con respecto a Jesús y su mensaje de salvación, sintiéndome con autoridad moral para “hacer o deshacer” con respecto a su vida y obras.

3. Mencionar algún momento de mi vida en el que me he sentido interpelado directamente por Jesús y cuál fue la respuesta que el Señor obtuvo de mí.

4. Presentar hechos de vida en los que he visto de forma clara que yo era un instrumento en manos de Dios para mostrar a alguna persona de mi entorno el camino que podría acercarle a Él y cuál ha sido mi respuesta: ponerme a trabajar por la viña del Señor o posponer mi respuesta de forma indefinida.

JUZGAR. Iluminación desde la fe

A) Sagrada Escritura • Podemos leer el pasaje de la conversión de Mateo (Mt 9, 9- 13, Mc 2,13-22, Lc 5,27-39)), viendo cómo es su reacción a la llamada.

• La salvación es ofrecida a todos los hombres (Mt 8, 11-13) a los pequeños (Mt 18, 10-11) a los cananeos, enfrentados con su pueblo (Mc 7, 24-30) a la samaritana (Jn 4, 1-42).

• Jesús envía a sus discípulos hasta los confines de la tierra (Mt 28, 16-20). Desde muy pronto los discípulos entendieron este mandato (Hch 11, 19-29, Hch 17, 16-26)

• En Mc 10, 17-27 encontramos el diálogo entre Jesús y el joven rico.

• Para ver la relación de Jesús con los pecadores las parábolas de la misericordia son un texto privilegiado (Lc 15).

B) Magisterio

• Sería muy hermosos leer detenidamente el Prólogo de Catecismo, prestando especial atención a los números 1 al 3, donde se nos habla de cómo todos somos llamados a conocer y a amar a Dios.

• El punto 520 del Catecismo es una breve pero profunda muestra de Jesús como modelo a seguir.

• En el capítulo 1 de la Encíclica Veritatis Splendor, Juan Pablo II nos dejó una maravillosa catequesis sobre el pasaje del Joven rico. Sería interesante leer el capítulo completo, pero al menos deberíamos mirar los puntos 19 y 20.

• Para nosotros, los laicos, resultan especialmente concretos en el tema de ser agentes de evangelización. ChL 33-35; AA 8.

ACTUAR. Compromiso apostólico

A lo largo del tema hemos ido reflexionando sobre la llamada que Jesús nos hace y cuál y cómo ha sido mi respuesta. Como compromiso personal podemos tomar conciencia de esa respuesta y dar un paso más tanto en mi espiritualidad como en mis trabajos concretos.

Respecto al trato con los alejados, pensemos en alguien concreto con nombre y apellidos y planteémonos seriamente el propiciar encuentros con esta persona que nos lleven a hablarle de Dios y de cómo el Señor espera pacientemente para tener una relación amorosa con él. Un buen compromiso sería, también, rezar más por aquellos que considero pecadores en lugar de criticarlos.

Podría sopesar el comprometerme más en mi parroquia hablando con el párroco sobre las necesidades existentes y ofreciéndome en aquellos campos que más se pueda necesitar a gente (ropero, Caritas, atención a enfermos y necesitados, grupo de liturgia, organización de retiros, etc) o bien con responsables de la Acción Católica tanto a nivel parroquial como diocesano para saber si puedo trabajar en algún campo concreto en el que hiciera falta un compromiso serio y continuado.

Como grupo podemos plantearnos el realizar un pequeño encuentro, fiesta, ágape con aquellas personas que a lo largo del tiempo han formado parte de nuestro grupo y que en la actualidad ya no participan de el. Seguro que de la lista de personas que confeccionemos muchos estarán en otros grupos y seguirán comprometidos, pero también los habrá que ahora estén en un momento más alejado. Puede ser un buen momento para iniciar un nuevo acercamiento a estas personas y reavivar en su corazón la inquietud de seguir a Jesús.

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FELIPE

“Ven y verás” (Jn 1, 46)
OBJETIVO

Profundizar en el conocimiento y la contemplación de Cristo para conocer al Padre e invitar a otros al encuentro con Jesús.

INTRODUCCIÓN

Sin lugar a dudas, podemos afirmar que el Apóstol Felipe es un hombre del siglo XXI. Posee dos de los rasgos que definen al hombre actual. Es un pragmático. Ante la multitud hambrienta, Jesús les propone que les den de comer y Felipe, realista y práctico contesta: “Doscientos denarios de pan no bastan” (Jn 6, 7). En realidad está constatando lo poco que ellos pueden hacer. La otra seña de identidad es el valor que da a una imagen. “Ven y verás”, le propone a un escéptico Natanael. Y a su vez, el recibirá una contestación parecida cuando le pide a Jesús que les muestre al Padre: “Felipe, quien me ha visto a mi ha visto al Padre”.

Ver a Cristo es ver a Dios y en Él a toda la humanidad. Esa humanidad que nos pide dejar a un lado nuestros miedos y acercarnos a Él con confianza y amor.

El apóstol Felipe nos invita a vivir una experiencia de amistad con Jesús. La vivencia de esta amistad es el auténtico secreto de los santos. Para conocer a Cristo en persona, a Él “en carne y hueso” es necesario caer en la cuenta de que Él existe. Y el único modo de que esto pueda ocurrir es que Él mismo se revele y vaya por su propia iniciativa al encuentro del hombre. Pero hay algo más característico de Cristo y es su deseo de que le reconozcamos no sólo en nuestro interior, sino fuera de nosotros mismos, no sólo en la interioridad de las conciencias sino también en el espacio y en el tiempo. De este modo cumple el requisito esencial de una verdadera amistad que es la humildad. Cristo se acerca a nosotros bajo un aspecto aún más pobre que el de los días de su vida mortal.

¿Dónde ve a Cristo el hombre de hoy?

En la Eucaristía: el que vive en lo más profundo de nuestro corazón se nos ofrece diariamente bajo las humildes especies de pan y vino. Si “aprendéis a descubrir a Jesús en la Eucaristía, lo sabréis descubrir en vuestros hermanos y hermanas” porque “la Eucaristía recibida con amor y adorada con fervor es escuela de libertad y caridad para realizar el mandamiento del amor” (Mensaje para la XIX Jornada Mundial de la Juventud). Así es como Jesús nos educa para encontrarlo en los demás sobre todo en el rostro desfigurado del que sufre. Y por supuesto en la Iglesia. Ella es como la prolongación de su acción salvífica en el tiempo y en el espacio.

La Iglesia (“Donde dos o más están reunidos en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos), los santos, el hombre que sufre, el pecador, el hombre corriente…El Rostro de Cristo se nos hace hoy visible bajo muchas apariencias.

Cuando contemplamos y vemos a Cristo en toda su humanidad, Él nos conduce al corazón de Dios mismo: “Quien me ha visto a Mí, ha visto al Padre”. Es un acontecimiento sagrado en el que la contemplación y la comprensión son una misma cosa y en el que nos preparamos para contemplar la vida eterna. Como dice el papa Benedicto XVI “(…) y únicamente donde se ve a Dios, comienza realmente la vida. Sólo cuando encontramos en Cristo al Dios vivo, conocemos lo que es la vida. No somos el producto casual y sin sentido de la evolución. Cada uno de nosotros es el fruto del pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario. Nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada hay más bello que conocerle y comunicar a otros la amistad con Él.” (Benedicto XVI, Homilía de la misa de inicio de pontificado).

Por esto Felipe no puede sino responder con prontitud a la petición que los griegos le hacen: “Queremos ver a Jesús” (Juan 10, 22) y esto debe ser para nosotros un estímulo y un compromiso de entregar nuestras vidas para ser como el apóstol un camino abierto a Cristo.

VER. Partiendo de la vida

1. Felipe se encuentra con Jesús e invita a otros a conocerle de cerca. Puedo presentar hechos de vida en los que me he sentido impelido a una relación más profunda con el Señor, o por el contrario nos hemos conformado con una relación más superficial.

2. Cristo se hace hoy presente en nuestro mundo y podemos verle. Hechos de vida en los que haya descubierto esa presencia de Cristo bajo sus distintas apariencias.

3. Presentar hechos de vida en los que he sido intermediarios en el encuentro de otras personas con Cristo. También momentos en que haya acogido y orientado las súplicas de otros hacia Jesús o por el contrario no he atendido esa necesidad.

4. Cristo es el Rostro de Dios. Presentar hechos de vida en los que yo haya sido otro Cristo y el Rostro de Dios misericordia para otros, o mi experiencia cuando otras personas lo han sido para mí.

JUZGAR. Iluminación desde la fe

A) Sagrada Escritura • Podemos comenzar repasando los distintos pasajes donde aparece la figura del apóstol Felipe: Jn 1, 43-46; en la multiplicación de los panes y los peces (Jn 6, 1-7); cuando unos griegos se acercan a Felipe porque quieren ver a Jesús (Jn 12, 20-22); Felipe pide ver el al Padre (Jn 14, 8-9).

• Cristo se nos quiere revelar (Mt 11, 25-27). Necesitamos el Espíritu para conocerle (Ef 1, 17-18).

• Cristo es el Rostro de Dios. Moisés desea ver a Dios pero no puede (Ex 33, 18-23). En Isaías se nos habla de Cristo (Is 52, 13 ss); Cristo nos muestra lsu gloria en la Transfiguración (Mt 17, 1 ss); la gloria de Dios es la faz de Cristo (2 Cor. 4,6).

• Ver a Cristo: en la Eucaristía (Lc 25, 34-40); en los Sacramentos (Lc 16, 10); en los otros (Mt 25, 34-40). Eso nos lleva al testimonio (Lc 17, 19-23).

B) Magisterio

• Cristo es el Rostro de Dios: DCE 17 y en el prójimo se hace visible DCE 18

• Participación en la misión profética: CEC 904-905

• Estamos llamados a ser un camino abierto a Cristo ( Ecclesia in europa 49) a través de nuestro testimonio de vida para todos aquellos que quieren ver a Jesús (Id. 45)

ACTUAR. Compromiso apostólico

Como compromiso podemos plantearnos la disposición del apóstol a ser intermediario entre Jesús y aquellos que desean conocerle y pensar en personas de nuestro entorno a los que podemos convocarles a una mayor intimidad con el Señor.

Podemos también buscar compromisos que nos lleven a acoger y presentar al Señor las súplicas de otros como hizo el apóstol Felipe.

Como compromiso de grupo, podemos propiciar una presentación de la AC en nuestra parroquia como camino de un mayor compromiso.

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SANTO TOMÁS, EL ÚLTIMO EN CREER

“Acerca aquí tu dedo y mira mis manos” (Jn 20, 27)
OBJETIVO

Recuperar el asombro y la alegría que debe provocar en un cristiano la resurrección de Cristo y reafirmar así nuestra fe y nuestra confianza.

INTRODUCCIÓN

Tomás es el apóstol que dudó de la Resurrección de Nuestro Señor. Pero no pensemos que entre él y los demás apóstoles había mucha diferencia. En mayor o menor medida, todos ellos desconfiaron de las promesas de Cristo al ver que se lo llevaban para crucificarlo, y cuando dieron la noticia de que había resucitado, ninguno de ellos lo creyó. La verdadera diferencia consiste en que Tomás no estuvo presente en la aparición en el cenáculo y sólo supo de la resurrección de Jesús por los demás apóstoles, y por eso su perplejidad y oscuridad duró más que la de ellos. Ninguno de ellos creyó hasta ver a Cristo, excepto san Juan, que también dudó en un primer momento. Tomás se convenció más tarde porque vio a Cristo más tarde.

Por otro lado, aunque al principio no creyó las noticias de la resurrección, Tomás no seguía a su Señor con un corazón frío, como se demuestra en aquella ocasión en que avisan a Jesús de que los judíos lo buscan para lapidarlo y es Tomás quien anima al resto a ir y morir con Él (cf. Jn 11, 8).

Santo Tomás amaba a su Señor, era un apóstol y estaba dedicado a su servicio; pero cuando lo vio crucificado, su fe se hundió temporalmente, ni más ni menos que la de los otros. Las duras palabras que emplea: «Si no veo en sus manos las marcas de los clavos y no meto mi dedo en esa marca y no meto mi mano en el costado, no creeré» (Jn 20, 25), parecen hacerle más culpable que los demás. Pero, a la vez, nos están dando un dato interesante. Tomás no habla del rostro de Jesús hombre, no cifra el hecho de que aceptará la palabra de sus compañeros acerca de la resurrección de Cristo cuando reconozca su cara, a la que habría mirado tantas veces. No, el apóstol habla de las llagas de la Pasión. Lo que ahora hace reconocible a Jesús son las heridas por medio de las cuales nos ha salvado. Lo importante ya no son unas facciones determinadas sino las huellas del sacrificio que nos ha devuelto la amistad con el Padre.

Y cuando a los ocho días vuelve a presentarse Jesús y se muestra a Tomás, éste le responde con una expresión que le sale directamente del corazón: “Señor mío y Dios mío” y que nos habla de la profundidad de su fe tras la duda. Como nos dice S. Agustín: “veía y tocaba al hombre, pero confesaba su fe en Dios, a quien no veía ni tocaba. Pero cuanto veía y tocaba le inducía a creer en aquello de cuanto hasta el momento dudaba” (In Iohann. 121,5). Y este testimonio espontáneo de Tomás se convierte para nosotros en garantía de nuestra fe, nos da la certeza y la seguridad con que los apóstoles sostienen la fe de la Iglesia (cf. César A. Franco, Cristo, nuestro amigo pp. 53-54). La duda del discípulo, al desembocar en la confesión de fe, constituye para nosotros, que no hemos visto ni oído, la prueba de que verdaderamente, el Señor ha resucitado.

Pero, por otro lado, sus dudas sobre la resurrección no se debieron únicamente a las circunstancias sino que en buena medida vinieron causadas por una disposición interior defectuosa. Otras palabras de este apóstol durante la última cena: «Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?» (Jn 14, 5), ponen de manifiesto que en el corazón de Tomás habita una tendencia a la duda. Le asediaba un ansia de certeza. Como su fe era floja, suspendió el juicio y decidió no creer nada hasta saberlo todo. La fe madura no discute, como santo Tomás en los días de su ignorancia, diciendo «no sabemos a dónde vas, ¿cómo podremos saber el camino?». El hombre de fe está convencido de que, con ver un paso más allá, tiene luz bastante para echar a andar y deja el conocimiento del terreno por donde anda en manos de Dios, que es quien le hace avanzar. La mirada de fe va de sí misma hacia Cristo, y en lugar de buscarse con impaciencia algún asidero seguro, se afirma en la obediencia. La fe auténtica se contenta con la revelación que se le ha hecho.

Los discípulos sirven al Señor de una u otra forma. También le sirven para darle ocasión a decir palabras de gracia. Le sirven incluso en sus debilidades, puestas a la luz frecuentemente en los evangelios, que no las esconde para que podamos sacar de ellas instrucción y consuelo para la Iglesia. Así, la preocupación desmedida de Tomás nos ha ganado una promesa de especial bendición para los que creen sin haber visto. Lo que Cristo le dice a Tomás lo había dado a entender ya a lo largo de su ministerio: la excelencia de un alma que cree con sencillez y prontitud.

VER. Partiendo de la vida

1. Alguna vez he podido estar en una situación parecida a la de Sto. Tomás: la duda me puso cerco y no fui capaz de dar el salto de fe hasta que el Señor me ayudó. Contar algún hecho de vida que muestre cómo reaccioné cuando Jesús me llevó de nuevo a la obediencia de la fe, valiéndose de alguien o de algún acontecimiento o celebración.

2. Narrar hechos de vida en los que se vea cómo mi desconfianza en la palabra de los hermanos o de los sacerdotes me ha llevado a la inseguridad de la duda y a la soledad; o, por el contrario, hechos en los que, por haber confiado en ellos me he sentido arropado y respaldado y he crecido en mi vida espiritual.

3. Puedo contar aquella vez en la que, como Tomás, fui deslumbrado por la resurrección de Cristo, sintiendo especialmente su presencia, su poder o su amor por mí, y reaccioné como el apóstol: confesando mi fe en el Señor.

4. Algo que nos hace mucho bien es recoger la experiencia del bien que nos hecho fiarnos de algún sacerdote que conoce la vida espiritual. Puedo contar cómo cuando me he dejado enseñar he descubierto mis contradicciones o mi falta de verdad o de generosidad.

JUZGAR. Iluminación desde la fe

A) Sagrada Escritura • La misma llamada que Jesús hace a los apóstoles lleva implícita una sencilla confianza, ya que se van detrás de Él sin pedir explicaciones (Mt 4, 18, 22; Mc 1, 16-20; Lc 5, 1-11).

• En la multiplicación de los panes, los apóstoles manifiestan muchas dudas surgidas de las circunstancias (Jn 6, 1-15). Pedro, poco después de este milagro manifiesta a Jesús que es digno de confianza (Jn 6, 67-71).

• En la resurrección de Lázaro, Marta expresa que la presencia de Jesús lo cambia todo (Jn 11, 1-25).

B) Magisterio

• La fe es una respuesta la revelación de Dios en el que el hombre somete completamente su inteligencia y su voluntad, dando su asentimiento (DV, 5; CEC, 143). La obediencia de la fe está motivada por la iniciativa de Dios que habla a los hombres como amigo que apetece su amistad (DV, 2; CEC, 142).

• A la vez, esta fe es una gracia (DV, 5) que se concede al hombre para que entre en verdadera amistad con Dios. Una Maestra en nuestro itinerario es María, la peregrina de la fe (LG, 58; RMa, 18), que sin saber qué camino habría de hacer y por donde se desarrollaría se puso en camino abandonando su vida en las manos del Padre.

ACTUAR. Compromiso apostólico

«Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío». Esta sencilla oración de abandono en la bondad del Señor puede ser un sencillo compromiso. Durante unos días, o cuando algunos esté en momentos de dificultad tentado de desconfiar, puede repetirla desde el corazón. Incluirla en la oración diaria o en algunas de las oraciones del día sería un regalo de lo alto.

Un compromiso sería llamar a la gente a la confianza en la seguridad y la providencia divina. Cuando alguien se nos acerque a hablarnos de algún sufrimiento o alguna dificultad, cuando alguien venga herido por alguna humillación, llamarla a ver todo eso en los designios de Dios, que del mal saca bien. Comprometernos a hablar bien de Dios, a alentar la esperanza de quienes viven conmigo.

Un compromiso podría ser también hacer la obra de caridad de enseñar al que no sabe, porque a veces la desconfianza viene por la ignorancia.

Como pequeño consejo convendría que nos alimentáramos de los que han sido fieles al Señor antes que nosotros, es decir, de los santos. La lectura de la vida de los santos es un alimento espiritual de primer orden. Se trataría de escoger alguno de los grandes (Ignacio de Loyola, el cura de Ars, Teresa de Jesús,…) y adentrarnos en sus vidas, para leer en la historia de personas como nosotros que Dios nunca falla.

El compromiso de grupo puede ser redactar una oración entre todos en la que se pida por adquirir una fe sencilla y confiada, y rezarla todos los días unos por otros.

Otro buen compromiso sería aprovechar el tiempo de Pascua para vivirlo con plenitud, dando un claro testimonio de que mi alegría se debe a que, verdaderamente, el Señor ha resucitado.

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JUDAS ISCARIOTE, EL QUE LO ENTREGÓ

"…con la tentación, os dará el modo de poderla resistir con éxito" (1Co 10,13)
OBJETIVO

Estar atentos para detectar las tentaciones del Demonio, desenmascarar con calma la mentira que encierran y elegir con valentía el bien que Dios nos propone.

INTRODUCCIÓN

Además de Bruto y otros vendidos a los que Roma no paga, la Historia ha conocido grandes traidores, hombres en los que alguien depositó su confianza o en cuyas manos puso su vida y se vio abandonado, entregado, traicionado. Entre ellos, el que a nosotros como cristianos más no atañe es, por supuesto, Judas Iscariote. Podríamos decir que es el traidor por antonomasia. De hecho, ha pasado a la Historia con el sobrenombre de “el traidor” (Jn 18, 2). Dejando aparte el hecho de que no pudo traicionar a nadie más alto: entregó al mismo Dios.

Lo primero que llama nuestra atención al acercarnos a la figura de Judas es que es un apóstol, es decir, alguien directa y personalmente llamado por Jesús para pertenecer a su círculo más íntimo, el de sus más cercanos colaboradores. El Señor sabía mirar en el interior de las personas y conocer sus más hondos motivos, todas sus preocupaciones y aspiraciones. Entonces, ¿por qué elige a aquel que sabe que le va a fallar? Desde nuestra pequeñez no podemos entenderlo. Nadie en su sano juicio querría tener cerca, en una misión importante a alguien que parece no ser de fiar. Pero Cristo no mira desde nuestros cortos puntos de vista, por algo lo haría, tendría sus razones. Razones que nosotros no podemos aspirar a comprender. Lo que sí debemos hacer es no cuestionarle, aceptar su decisión como un misterio al que no podemos acceder. Esto debemos hacerlo no sólo en el caso de la elección de Judas, sino también en todos esos momentos en los que no entendemos los designios de Dios, en los que nos preguntamos: “¿cómo habrá podido Dios consentir esto?”. No nos toca a nosotros juzgar las decisiones de Dios, que desde nuestra ignorancia no podemos entender. Debemos aceptarlas haciendo un acto consciente de confianza en el Altísimo y en el hecho de que lo que Él quiere o consiente será lo mejor para nosotros.

Mucho se hablado y escrito acerca de los motivos de la traición de Judas. Lo más recurrente: estaba desilusionado porque Jesús no era el mesías que él esperaba. En efecto, el mesianismo de Cristo no es de carácter político. La liberación que Él trae no es la del yugo del pueblo romano que oprimía a Israel. No, la bandera del Señor es la obediencia, la humildad, el amor incluso a los enemigos. Y Judas no entendió este mensaje. Pudo ser éste el motivo o el desacuerdo en cualquier otra materia, en el uso que debía darse al dinero, u otra cosa cualquiera. Pero, fuera cual fuera la gota que colmó el vaso y provocó su opción fatal, el hecho indiscutible es que Judas Iscariote fue tentado por el Maligno y cedió.

Desde el principio de los tiempos, cuando por primera vez engañó a una persona para enfrentarla con Dios, el Diablo sigue sometiendo a la Humanidad a la tentación. Se disfraza de amigo, lobo con piel de cordero, y ataca al que ve más desprevenido. No debemos engañarnos, detrás de la tentación está siempre el Padre de la mentira, aquel que quiere nuestra perdición, arrancándonos de los brazos amorosos del Padre.

En la raíz de todo esto está la libertad del hombre. Dios ha hecho al hombre libre porque quiere que le amemos de forma auténtica y voluntaria, no forzada por una ausencia de autonomía. Por lo tanto, nuestra libertad nos capacita para optar por Dios aceptando sus designios o, por el contrario, oponernos a Él pretendiendo conseguir nuestro fin fuera de Él (cfr. GS 13). Nuestra libertad es amplia pero no ilimitada: “De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás” (Gen 2, 16-17); no nos hace aptos para decidir sobre el bien y el mal, si así fuera, “la libertad humana podría crear valores y gozaría de una primacía sobre la verdad, hasta el punto de que la verdad misma sería considerada una creación de la libertad” (VS 35). La libertad tiene como fruto la responsabilidad y la responsabilidad nos hace vernos como lo que realmente somos, es decir, criaturas salidas de las manos de Dios y no aspirantes a “dioses”, que es lo que quiere hacernos creer el Maligno cuando trata de alejarnos del Padre. Sus tentaciones son peligrosas porque siempre son medias verdades. No actúa de frente, enseñando sus cartas, sería demasiado evidente y, en la mayoría de los casos, no nos dejaríamos embaucar. Pero esa no es su forma de actuar. Nos presenta la tentación como algo bueno y no se cansa de darnos motivos loables para que aceptemos su lance, enmascarando el mal para hacernos caer en su trampa.

Y en este momento, en el que tenemos ante los ojos la tentación, es cuando, con serenidad, debemos realizar un discernimiento. Un discernimiento que desenmascare “la mentira de la tentación: aparentemente su objeto es ‘bueno, seductor a la vista, deseable'(Gen 3,6), mientras que, en realidad, su fruto es la muerte” (CEC 2847). Un discernimiento que nos permita ver con claridad dónde está el mal para poder así elegir el bien. Qué bonitas son las dos últimas peticiones del Padrenuestro: “no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal”. Le pedimos al Padre su ayuda para poder salir airosos del trance que supone ser tentado, para que la decisión de nuestro corazón signifique siempre renovar nuestra opción por Dios y demuestre que nuestro tesoro y nuestro corazón están allí donde Dios está. Aquí es donde posiblemente estuviera el error de Judas: el Diablo le llevó a la ruina porque su corazón ya no estaba con el Señor .

VER. Partiendo de la vida

1. Narrar hechos de vida que muestren cómo es mi actitud ante algún designio de Dios que no logro entender: si es de aceptación y abandono en lo que Dios ha querido o permitido; o, si por el contrario, me rebelo anteponiendo mi humana razón a las decisiones del Altísimo.

2. Puedo analizar cómo es mi reacción ante la tentación: ¿la reconozco como tal? ¿Lucho contra ella con mis solas fuerzas o pido ayuda al Padre para volver a renovar mi opción por Él? ¿Me esfuerzo por desenmascarar la mentira de la tentación o me dejo seducir pronto por la habilidad del Diablo para presentar las cosas como en realidad no son?

3. ¿Soy consciente de que cada vez que cedo a una tentación estoy volviendo la espalda al Señor, como dejándole abandonado en el huerto de los olivos? ¿Caigo en la cuenta de que, cuando me dejo arrastrar por el mal, renuncio al proyecto de vida y felicidad que Él me propone, a cambio de una entelequia?

4. También puedo profundizar en mi actitud tras la tentación. Contar hechos de vida en los que se vea que, tras haber vencido una tentación, mi vida espiritual se ve fortalecida tras la prueba; o, por el contrario, hechos que muestran si mi actitud tras haber caído en la trampa del Maligno, es de desesperación por el error cometido, como en el caso de Judas, o de asumir mi culpa y mi responsabilidad y pedir perdón, como san Pedro.

JUZGAR. Iluminación desde la fe

A) Sagrada Escritura • Dios hizo al hombre libre, de modo que pueda hacer su elección: con el Señor, o contra Él (Eclo 15, 14-17; Mt 12, 30). Y cada cual dará cuenta de sus opciones (2 Co 5, 10)

• La ley que Dios nos ofrece es “descanso del alma” y “luz de los ojos” (Sal 19(18), 8-11) y sus preceptos son justos (Dt 4, 7-8); sin embargo, la tentación nos muestra algo deseable cuando lo que esconde es la muerte (Gen 3, 1-19), y nos hace servir “a la criatura en vez de al Creador” (Rom 1, 21-25).

• También el Señor fue tentado por el Diablo en el desierto (Mt 4, 1-11) y en el último momento, en su agonía en Getsemaní (Mt 26, 36-44). Debemos resistir al Tentador, firmes en la fe (1P 5,8; 1 Co 16-13; Col 4, 2).

• La oración como forma de vencer la tentación (Lc 22, 40-46; Mt 6, 13). No seremos tentados por encima de nuestras fuerzas y se nos dará la gracia para salir airosos de la tentación (1 Co 10-13). Cristo pide al Padre que nos proteja del Maligno (Jn 17, 12-15).

B) Magisterio

• Dios, respetando la libertad del hombre, permite el mal y sabe sacar bien de él (CEC 309-314).

• Cristo, en sus tentaciones permaneció fiel allí donde Adán sucumbió (CEC 538-540). Desde que el hombre pecó, está inclinado al mal, pero Cristo, por su Pasión, hace posible elegir el bien (CEC 1707-1709).

• La libertad del hombre exige una elección consciente y libre del bien (GS 17). La luz de la razón natural nos posibilita distinguir entre el bien y el mal (VS 42). Juan Pablo II nos presenta al pecado como un “acto suicida” ya que supone la ruptura con Dios (RP 15).

• Sobre la conciencia como “santuario del hombre”, voz que aconseja el bien moral y sobre la importancia de formarla debidamente, se puede leer, y lo aconsejamos vivamente aunque sea un poco largo, VS 54-64.

ACTUAR. Compromiso apostólico

En este tema de marcado carácter moral, proponemos en primer lugar un compromiso de formación, ya que es imprescindible estar bien formado para poder tomar decisiones consecuentes con la fe. Consistiría en leer atentamente los puntos que la encíclica Veritatis Splendor dedica a la conciencia y a la necesidad de formarla rectamente: VS 54-64.

Probablemente, todos tengamos una tentación concreta con la que el Diablo nos ataca frecuentemente, tipo enjuiciar a la familia política, criticar al jefe o a los compañeros, dejarse arrastrar por la pereza, etc. Proponemos estar especialmente alertas ante ella, pedir la ayuda del Espíritu y batallar con decisión.

Siempre, a lo largo de la historia de la Iglesia, ha habido cristianos indignos que, como Judas Iscariote, han traicionado al Señor. Sugerimos otro compromiso que consistiría en ofrecer a Dios sacrificios o acciones concretas que compensaran los pecados de esos cristianos que no merecen tal nombre. Esto mismo hizo san Matías al sustituir a Judas para completar de nuevo el número de los Doce y contrapesar así, con su obediencia y su esfuerzo, el pecado de aquel.

Como compromiso de grupo, podríamos organizar un cine-fórum sobre la película “Un hombre para la eternidad”, en la que se muestra la lucha y a la vez la firmeza de Sto. Tomás Moro, cuya coherencia con el Evangelio le costó la vida, al no optar por la salida más fácil y cómoda.

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SAN PABLO, FIEL A LA IGLESIA

"Nos tendieron la mano en señal de comunión a mí y a Bernabé" (Rom 8, 26)
OBJETIVO

Reavivar nuestro sentido de Iglesia depositando de nuevo nuestra confianza en ella y en los cristianos que nos han precedido.

INTRODUCCIÓN

Con frecuencia se conoce a San Pablo como el evangelizador de los gentiles o paganos, como un gran apóstol e incluso como un gran teólogo. Estas afirmaciones son todas verdaderas, pero para que sean posibles es preciso que caigamos en la cuenta de que San Pablo ante todo es un cristiano, un hombre de Iglesia que ha confiado en ella, porque en ella encuentra al mismo Señor, Cristo Jesús.

Cuando San Pablo salió de Jerusalén hacia Damasco con autorización para apresar cristianos, lo último que se imaginaba es que fuera a encontrarse con Jesús de Nazaret en persona. Aquel encuentro singularísimo con Jesús, no sólo fue una llamada, una vocación, sino también una revelación por parte de Jesús de qué es la Iglesia. Jesús le dice “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” (Hch. 9, 4). Hay que ver bien que Jesús no le dijo “¿por qué persigues a los cristianos?”. ¿Por qué le dice esto Jesús? Porque le estaba revelando que Él mismo está vivo y presente en la Iglesia, de tal modo que, perseguir a los cristianos –independientemente de las virtudes y pecados de estos cristianos- es perseguir al mismo Jesús. Esta verdad ya la había revelado Jesús a sus apóstoles cuando les dijo “quien a vosotros os recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado” (Mt. 10, 37).

En este momento nos podríamos preguntar ¿es ya San Pablo cristiano?¿le falta algo? El relato de los Hechos de los apóstoles nos esclarece todas estas preguntas. Jesús continúa diciéndole “levántate, entra en la ciudad y te dirán lo que debes hacer” (Hch. 9, 6). Por otro lado, Jesús mismo le da órdenes a Ananías, un cristiano de Damasco para que vaya al lugar de la ciudad en que se hospeda Pablo (en la calle Recta, en casa de un tal Judas) y le imponga las manos (cf. Hch. 9, 10-17). Por el relato del libro de los Hechos se puede concluir que a Pablo se le habría revelado que iba a ser visitado por Ananías (cf. Hch. 9, 12). Pues bien, llega Ananías, le impone las manos, recupera la vista, es bautizado y se llena de Espíritu Santo (cf. Hch. 9, 17-18). Es decir, Pablo fíandose del Señor, confía en la vida de la Iglesia porque es allí donde está Jesús. Es en la Iglesia donde es bautizado y se llena del Espíritu Santo, de la vida de la gracia, de la vida en comunión con Jesús. Sin esta confianza en que en la vida de la Iglesia se encuentra el Señor y actúa a través de los cristianos, en este caso Ananías, San Pablo habría escuchado una llamada, pero no habría pasado a estar en comunión con Jesús, no habría recibido el Espíritu Santo, la vida de la gracia.

Éste no es el único momento en que San Pablo se fía de la Iglesia. Hay otros más, de los que conviene destacar la visita a Jerusalén con Bernabé y Tito para ver a los apóstoles. En este visita, cuenta San Pablo: “subí movido por una revelación y les expuse a los notables en privado el Evangelio que proclamo entre los gentiles para ver si corría o había corrido en vano” (Gal. 2, 2). Es decir, San Pablo está reconociendo que hay cristianos anteriores a él, que han convivido con Jesús de los que se fía para confrontar sus enseñanzas. Este encuentro termina con que “Santiago, Cefas y Juan, que eran considerados como columnas, nos tendieron la mano en señal de comunión a mí y a Bernabé”.

De estos dos momentos de la vida de San Pablo que acabamos de ver, se puede concluir que San Pablo fue un hombre de Iglesia, que se fiaba de la misma porque en ella recibía al mismo Jesús. En el fondo, lo que le sucedió a San Pablo es que se encontró con la Tradición viva de la Iglesia, es decir, con aquello que los cristianos transmiten de generación en generación unos a otros, al mismo Jesús, su presencia en los sacramentos, en la comunidad de los creyentes, en la caridad de los cristianos… Y acudió a aquel lugar en el que podía seguir encontrándose con Cristo. Casi 2000 años después, el Vaticano II en Dei Verbum 8 afirma lo siguiente acerca de la Tradición viva de la Iglesia: “ lo que enseñaron los Apóstoles encierra todo lo necesario para que el Pueblo de Dios viva santamente y aumente su fe, y de esta forma la Iglesia, en su doctrina, en su vida y en su culto perpetúa y transmite a todas las generaciones todo lo que ella es, todo lo que cree”. Por lo tanto, como San Pablo, estamos llamados a confiar en que Cristo nos espera detrás de cada recoveco de la vida de la Iglesia, en sus sacramentos, en la caridad, en el amor fraterno, el la Palabra de Dios… para que vivamos santamente en comunión con Cristo.

VER. Partiendo de la vida

1. Pablo muestra en sus cartas un amor entrañable por la Iglesia y por sus miembros. Puedo contar hechos de vida que dejen ver cómo son mis sentimientos en este campo: si siento un amor filial por la Iglesia y fraternal por mis compañeros de parroquia, de asociación, etc.; o si, por el contrario, vivo alguna de estas dos relaciones con distancia o frialdad.

2. También puedo compartir hechos de mi vida que muestren cómo mis padres, maestros, catequistas, familiares o amigos me han ayudado en el camino de la fe y han hecho que crezca mi amor por la Iglesia.

3. Puedo presentar aquel hecho de vida en que me fié de un criterio que la Iglesia me proponía para tomar una decisión.

4. El Señor se sirve de la dirección espiritual para ayudarnos a saber si estamos dejándonos guiar por el Espíritu Santo. Puedo llevar al grupo aquel hecho en el que confié en alguna indicación del director espiritual y cómo me acerqué más al Señor.

JUZGAR. Iluminación desde la fe

A) Sagrada Escritura • San Pablo se deja guiar por el Espíritu Santo, pero lo que Dios le transmite, lo confirma con la Iglesia, como en su vocación Hch. 9, o cuando va a ver a los apóstoles Gal. 2, 1-10.

• San Pablo invita a no salirse de la obediencia de la Iglesia yéndose tras doctrinas extrañas Gal.3, Col 1, 21-24, Col 2, 6-8 sino a permanecer en la sabiduría de Dios 1 Cor 2, 6-9.

• El mismo San Pablo nos pide que estemos unidos, sin desconfianzas, ya que uno solo es Cristo 1 Cor 10-16, Ef. 4, 1-16. De hecho, ésta es la petición de Jesús al Padre, que seamos uno en Jn 17, 21-23. A esto estamos llamados (Jn. 17, 24).

• Sin duda el testimonio de los cristianos con el amor mutuo es fundamental para que otros se fíen de la Iglesia, como hace Jesús cuando ama a los pecadores (señal de ello es que come con ellos Mt. 9, 10-13). Él mismo nos exhorta a este amor (Lc. 10, 30-37, Mt. 5, 8-48) que se refleja en la vida de los primeros cristianos Hch. 2, 42-47).

B) Magisterio

• El Vaticano II en Lumen Gentium 7 nos explica cómo es en la Iglesia donde vivimos de Cristo (cf. también Ad gentes 5 sobre su misión).

• El amor es la mejor forma de testimonio para que otros se confíen en la Iglesia, llegando incluso, si es necesario, a dar la vida ( Catecismo de la Iglesia Católica 2471-2474). El santo padre en Deus Caritas est 18 nos recuerda en qué consiste el amor cristiano y en Caritas in veritate 79, nos recuerda la urgencia de acoger el amor de Dios .

• La Iglesia reconoce la dirección espiritual como un buen instrumento para discernir que si mi vida está siendo dirigida por el Espíritu Santo o no en el Catecismo de la Iglesia Católica 2690.

ACTUAR. Compromiso apostólico



El hecho de que militemos o estemos cerca de la Acción Católica debe suponer nuestra vocación eclesial, pero siempre podemos profundizar en esta realidad. Para ello, proponemos como compromiso cuidar con mayor esmero nuestras comunidades: preocupándonos especialmente por sus miembros, atendiendo a aquel que está atravesando un momento difícil, acompañando de forma especial al que está solo, etc. También podemos esforzarnos por confiar en los que van delante de nosotros en el camino de la fe (compañeros de asociación, sacerdotes, dirigentes de A.C.) y nos aconsejan en cualquier aspecto de nuestra vida.

Otro buen compromiso sería arrojar luz sobre algún error que pudiéramos detectar en cuanto a la doctrina o la misión de la Iglesia. Y un magnífico compromiso sería buscar la reconciliación si tengo alguna diferencia con algún amigo o familiar

Como compromiso de grupo, podemos intentar acercarnos a aquellas personas que conocemos de coincidir en misa pero que no participan de la vida parroquial, e invitarlas con prudencia y respeto a integrarse de forma más profunda en la vida de la Iglesia.

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